Por Alfredo Astorga
Los gobiernos autoproclamados de izquierda coparon Latinoamérica hasta hace pocos años. Hoy el péndulo se mueve. El azul de la derecha se impone, con contadas excepciones.
El cambio de mando en Perú y Colombia marca el comienzo de un nuevo momento político para la región. En los dos casos, y más en Perú, el margen con el segundo —Socialismo Siglo XXI— fue estrecho. En ambos, se gritó fraude —consigna común de los perdedores—, sin pruebas sólidas. Pese a todo, los dos países culminaron con éxito sus procesos democráticos.
Hace una década y algo más, el mapa político de la región lucía el color rojo como insignia. El Socialismo XXI inspiraba a muchos países, aunque varios no representaban una identidad de “izquierda”. Esta tendencia nació en el Foro de Sao Paulo, años 90, por iniciativa de Brasil y Cuba, de Lula y Fidel. Buscaban articular la resistencia al modelo neoliberal que avanzaba y a la dependencia con EU.
Copaban el mapa colorado —con variantes de tiempo y de intensidad del color— Brasil, México, Venezuela, Colombia, Nicaragua, Perú, Bolivia, Ecuador, Cuba, Chile, Argentina… Sus líderes y caudillos, carismáticos y pintorescos, atraían los reflectores. Sobresalían las figuras de Chávez, Maduro, los Kirchner, Castro, Correa, Lula, Evo…
Crearon dos organismos regionales —CELAC y UNASUR— sin EU. Levantaron una agenda antimperialista y una política exterior orientada al multipolarismo y la cooperación Sur-Sur. No lograron sostener la propuesta. En la actualidad permanecen en ese casillero, Brasil (con elecciones en octubre), México y Uruguay. Y Nicaragua y Cuba como dictaduras en situación de asedio y crisis. Venezuela, continúa con su transición extraña y tutelada.
Actualmente, el azul conservador domina. Muchos países han girado hacia él. Las promesas incumplidas, los resultados económicos, la falta de mano dura contra los narcos y la contaminación con el virus de la corrupción, explican el viraje del electorado. Figuran ahora Chile, Argentina y Paraguay en el sur. Ecuador, Bolivia, Colombia y Perú en el mundo andino. Honduras, Costa Rica, Panamá, El Salvador, República Dominicana en América Central. Aunque los matices persisten, todos oscilan entre la derecha y la ultra derecha. Entre los ultras aparecen por ahora Colombia, Chile y El Salvador.
La nueva derecha, hoy en proceso de integración desde la ideología, comparte la necesidad de combatir las expresiones de Socialismo XXI que quedan. Aunque en la mayoría de países ya se ha debilitado, en Colombia, Chile y Perú tiene fuerte presencia. La derecha atribuye al Socialismo XXI casi todos los males, sobre todo el debilitamiento de la democracia, la corrupción, la permisividad frente al crimen organizado y el fracaso de los programas económicos y sociales.
Aparte del mencionado combate, las derechas tienen en la seguridad su sello mayor. Todos declaran sus intenciones de lucha radical a las estructuras criminales. Estructuras que se expresan —en medio de luchas por el territorio— en el tráfico de droga, el sicariato, las desapariciones, los secuestros, la extorsión. Intentan atacar, sobre todo, la producción y el comercio ilícito. No se han pronunciado frente al consumo y la demanda.
El crimen organizado que asola la región, supera las fronteras nacionales. Integran redes en varios países, con ramificaciones en otros continentes. Crímenes transnacionales demandan, en consecuencia, políticas de seguridad regionales. Para quebrar las redes, apresar a sus líderes, confiscar el comercio ilícito, agilitar deportaciones, intervenir en sus cuentas. Colombia y Ecuador han iniciado procesos articulados para bloquear los corredores de la droga en la frontera común.
Vale la pena consignar características adicionales de esta agenda común. La primera, enfrentar la corrupción en sus distintas facetas, que genera condiciones favorables para el desarrollo del crimen y la impunidad. Y la segunda, atacar el lavado de activos, complemento esencial para blanquear las riquezas sucias.
Los especialistas del tema suelen destacar dos grandes riesgos. Uno, el tema de derechos humanos que pueden verse amenazados si se desbordan los poderes de las fuerzas del orden. Cabe anotar que las concepciones sobre los derechos atraviesan también un momento de redefiniciones.
El segundo riesgo alude a los niveles de dependencia de EU y las amenazas a la soberanía nacional. El liderazgo de EU tiene detractores. Más cuando Trump se ha involucrado en conflictos en varios frentes. Y más, cuando concibe a los países latinoamericanos como piezas de “su” continente. La iniciativa de “Escudo de las Américas” se orienta en esa línea.
Queda mucho por debatir y la nueva unidad apenas empieza. En una segunda entrega abordaremos otras dimensiones —económicas y sociales— de esta conjunción de países. Por ahora, es importante seguir de cerca los fenómenos regionales. La vida y la política no terminan en nuestras fronteras.
(Publicado en Revista FORBES, agosto 2026)

