Arturo A. Muñoz
Me declaro perdedor, derrotado. Me cansé de luchar década tras década sin lograr siquiera una mísera victoria. No soy un guerrero de lucha cuerpo a cuerpo, ni de floretes de espadachín, ni héroe de trincheras bélicas. Solo soy un simple escritor que usa su exiguo don para mostrar a los lectores una cara de la verdad. Pero ello no ha servido. Vea usted el por qué.
Como sabemos, el neoliberalismo es una etapa avanzada del viejo capitalismo, y surgió a finales del siglo XX como reemplazo del estado de bienestar que descansaba sus reales en Europa, y tengo serias sospechas de que esta inefable etapa del capitalismo parece decirnos que se ha convertido ya en una civilización.
Negra y dolorosa perspectiva.
¿Seguir escribiendo? ¿Para qué? ¿Sobre qué? Las vestales de la vieja curia cumplieron a placer su cometido. Incluso su antiguos y decididos enemigos se han incorporado graciosamente a sus filas. Ya no hay guerrilleros defendiendo las vías, ni poetas endulzando el duro quehacer de los sometidos.
¿Dónde están aquellos indomables que salían a cara desnuda a enfrentar al poderoso? ¿Dónde los valientes? ¿Dónde los audaces?
Todos duermen el sueño del derrotado, del superado no por la rueda de la Historia, sino por el codiciado aceite fenicio ofrecido por el feudal.
¿Dónde están, ya herrumbradas, las históricas lanzas de las viejas tiendas políticas populares? ¿Existen siquiera rezagos de aquellas organizaciones de trabajadores que iluminaron y enderezaron el país años ha? ¿Dónde descansan, abatidos y aislados, aquellos insignes maestros del saber y la cultura, del arte y la bonhomía? ¿Aún viven o fallecieron tragados por la voracidad de un sistema que les negó sal y agua?
Cuán solos estamos todos.
Desamparado, y sin protector eficaz, el pueblo se obnubila con la pleitesía de la fiesta sin fin; baja la cerviz y sonríe al descubrir las migajas que sobre el piso descansan luego de caer desde la mesa del iluminado. Y agradece por ello. Y defiende esa causa como si fuera el motivo principal de su agradecimiento, de su esencia vital.
Ya no hay opositores a la arremetida feroz del bandidaje ilustrado en la denominación del dinero. Ni hay esperanza de alguna expiación futura. Se ha ingresado a territorio oscuro, y aunque se sospecha el devenir, se sigue aceptando dócilmente ser sombra en las sombras.
Por ello, amigo mío… ¿Escribir, para qué? ¿Y para quién?

