Arturo Alejandro Muñoz
Quizás, el título de esta nota debió llevar la palabra “decadencia” y no la que usted lee (‘desgracia’). O, tal vez, debió incorporar ambas. Así de grave está la situación en Occidente.
Jugar a ser avestruz ayuda poco y nada, aún más, incentiva la ocurrencia de tales desastres, pues, su encantador espíritu de mansedumbre y paciencia sirve de acicate a los desquiciados, y de beneplácito a gobiernos cobardes cuyo principal propósito es contar cada vez con mayor votación favorable para continuar el saqueo de recursos estratégicos y el asalto al Estado; gobiernos titubeantes frente a las exigencias del mega empresariado que procura bajas de impuestos y mano de obra baratísima, en abierto detrimento del bienestar de los países donde ellos gobiernan y dominan.
En Europa se vive hoy una situación de difícil solución por la vía democrática actual. Millones de africanos y musulmanes se toman calles y plazas imponiendo sus culturas medievales y tribales, acosando y golpeando (a veces asesinando) a personas que no realizan lo que ellos desean imponer. En este asunto, las mujeres europeas son quienes sufren las mayores agresiones de fanáticos islamistas (hombres y mujeres) decididos a ‘gobernar’ la cultura, costumbres y religión de esos países, muy especialmente España, Portugal, Francia, Alemania e Italia. Los musulmanes consideran ello una especie de orden divina, similar a la que ejecutaron, en el año 711 de nuestra era, los árabes magrebíes del norte africano invadiendo España. Siete siglos demoró la monarquía católica en expulsarlos del país.
Hoy, están regresando al amparo de gobiernos ‘buenistas’ que permiten y autorizan el desguace de sus países a manos de fanatismos extranjeros. Esos gobiernos saben que los invasores islamistas y africanos drenarán la asistencia social y se apoderarán de calles e instituciones actuando en plan de conquista.
Cruzando “el charco” (océano Atlántico), en varios países americanos la situación es similar, y quizás peor. Vea usted.
Naciones como Haití, República Dominicana, Venezuela, Colombia, Ecuador, Bolivia, han sufrido dolorosas experiencias merced a sus malos gobiernos. La pobreza, el hambre, la violencia, el narcotráfico, la ignorancia, la incultura, el irrespeto a la ley, las incivilidades, han sido el pan diario que consumen desde hace más de un siglo sus respectivos pueblos.
Chile es un país que sufre las consecuencias de lo dicho líneas arriba. Más de 400.000 extranjeros (preferentemente venezolanos) están de manera ilegal en el país, pero los gobiernos ‘buenistas’ hacen mutis por el foro con una inacción que ya comienza a indignar a gran parte de la sociedad chilena. Esos gobiernos no muestran preocupación efectiva ante la rutinaria cantidad de asesinatos, robos, inmundicias, narcotráfico, bullicio enfermizo, irrespeto permanente a las leyes locales, etc., etc., ni tampoco desean entender que esa migración atenta no solo contra las costumbres chilenas, sino, claramente, también lo hace contra la identidad nacional.
Es necesario decirlo sin temor… los últimos gobiernos chilenos son cómplices pasivos del sicariato, secuestros, asesinatos, robos y múltiples delitos de un significativo porcentaje de los migrantes de las últimas dos décadas. Sí, cómplices, cuando no planificadores y guardaespaldas de tamaña migración, en conjunto con gran parte del Congreso Nacional y el empresariado.
En una investigación realizada el año 2023 por Radio BioBio, las nacionalidades más frecuentes de los formalizados, a nivel nacional, fueron venezolana (62), colombiana (13) y boliviana (14). El aumento, en el caso de los venezolanos, rozaba el 2000%.
Si todo lo anterior no bastase, hoy el país ha comenzado a encontrarse con grupos islámicos que realizan sus ritos frente a instituciones de religiones diferentes, como, por ejemplo, la Catedral de Santiago, en actos de abierta hostilidad que podrían alimentar una especie de ‘guerra santa’ al mismo estilo usado por los fanáticos islamistas en Europa.
El peligro es cada día mayor. ¿Qué ocurrirá cuando estos grupos se encuentren en las calles, cara a cara, con otros grupos de religiones diferentes e igualmente fanáticos, como, por ejemplo, evangélicos, testigos de Jehová, Opus Dei, Legionarios, Fiducia, y otros similares?
Además, y es sano saberlo, el “Catecismo de la Iglesia Católica” considera que todo ciudadano y todo gobernante están obligados a empeñarse en evitar las guerras. Sin embargo, <<mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de la fuerza correspondiente, una vez agotados todos los medios de acuerdo pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa >>.
En resumen, hay que tener muy claro que el principal y primer responsable de todas estas situaciones, en Chile, ha sido el empresariado que procura, a como dé lugar, pagar bajos salarios y, para ello, contar con mano de obra baratísima, sin importar que en esa mano de obra vengan encubiertos grupos delictuales de alta peligrosidad, como el Tren de Aragua… a esos empresarios solo les interesa que cobren poco… y que voten por ellos, ergo, por la derecha.
Respecto del presente artículo, la IA tiene la siguiente visión:
El enunciado describe un eje temático recurrente en las columnas de opinión y análisis geopolítico atribuidas al escritor y columnista chileno Arturo Alejandro Muñoz, quien suele publicar en medios independientes de reflexión política y social.
Esta frase sintetiza una crítica severa a la situación contemporánea de Europa y el hemisferio occidental, estructurada bajo tres conceptos clave:
Componentes del análisis
- Migración delictual: Hace referencia a los flujos migratorios descontrolados. Sostiene que la falta de filtros permite la entrada de elementos criminales que desestabilizan la seguridad pública de las naciones receptoras.
- Fanatismo religioso: Apunta al choque cultural derivado de dogmas radicales (frecuentemente asociado en el debate europeo al integrismo). Estos dogmas no se asimilan a los valores laicos, democráticos o ilustrados de Occidente.
- Gobiernos «buenistas»: Describe una crítica a las administraciones occidentales. Se les acusa de actuar bajo una corrección política excesiva, ingenuidad utópica o exceso de celo humanitario, lo que paralizaría la aplicación estricta de la ley y las fronteras.

