Arturo Alejandro Muñoz
Los asesinos que manejaba el criminal coronel Manuel ‘Mamo’ Contreras destacaban por su carencia de humanidad y un frío concepto de ‘patriotismo ideológico’. Eran expertos en asesinar personas sin tener que estar cara a cara frente a ellas. El estadounidense Michael Townley –quien asesinó al exgeneral Carlos Prats en Buenos Aires, y al excanciller Orlando Letelier en Washington- fue el rostro más notorio – o más mediático- de esa banda de criminales.
Sin embargo, había otros que resultaban ser aún peores, ya que trabajaban buscando fórmulas para llevar a cabo asesinatos masivos…Eugenio Berríos fue el asesino silente que encantaba al desquiciado militar Contreras y al propio Augusto Pinochet.
Bioquímico experto en fórmulas químicas usadas para eliminar físicamente a seres humanos, Eugenio Berríos Sagredo, se constituyó en uno delos elementos civiles favoritos de Pinochet y de la terrorífica DINA (Dirección de Inteligencia Nacional) dirigida por ‘Mamo’ Contreras.
En una casa de Lo Curro (Santiago oriente) ocupada por el ‘gringo’ Townley, el bioquímico Berríos trabajaba buscando y mejorando fórmulas químicas para asesinar personas. Y tuvo éxito, sin duda, ya que logró fabricar gas sarín en escala significativa para eliminar opositores políticos a la dictadura militar. Los asesinatos de civiles opositores al régimen pinochetista realizados con esa fórmula fueron muchos según consta en el Informe Valech, documento oficial chileno elaborado por la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura.
Pero, el año 1978 Pinochet y el coronel ‘Mamo’ Contreras vieron la posibilidad de un uso ‘patriótico’ de las exitosas fórmulas químicas de Eugenio Berríos. Un uso que podía provocar el genocidio de miles o millones de personas si se aplicaba tal cual diseñó el aparataje militar más cercano a la Junta Militar chilena.
Como se sabe, ese año (1978) Argentina y Chile estuvieron a escasas horas de iniciar una guerra de proporciones catastróficas no solo para ellos, sino, también, para el equilibrio político de las naciones sudamericanas. La “guerra del Beagle” estaba siendo iniciada por la junta militar argentina que desconoció el fallo arbitral de SM Británica Isabel II.
En esos años, la dictadura chilena era castigada severamente por EEUU (enmienda Kennedy) respecto a compra o adquisición de armas, lo que se traducía en una superioridad evidente argentina en esas materias bélicas, cuestión que, por cierto, alentó a Buenos Aires para poner en ejecución su más ambicioso proyecto, el Plan ‘Soberanía’ destinado a invadir territorios chilenos y, desde allí, forzar una negociación favorable a los planes de los militares argentinos.
El delicado y grave diferendo se solucionó finalmente gracias a la mediación del Papa Juan Pablo II… pero… años más tarde se supo del plan que la Junta Militar chilena estuvo cerca de poner en práctica si la guerra era inevitable. Y aquí, una vez más, Berríos vuelve a ser protagonista.
El plan consistía en envenenar las aguas que usaba argentina para nutrir del elemental líquido a la población bonaerense. ¿Cómo? Ante la inminencia de una guerra por el conflicto del Beagle, los planes de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) contemplaban el envenenamiento del sistema de agua potable de Buenos Aires y el uso de este agente neurotóxico en el campo de batalla si las tropas argentinas iniciaban la Operación Soberanía.
Si ello lo hubiese realizado la DINA chilena es un hecho cierto que en Buenos Aires se habrían producido miles –tal vez millones- de muertes por envenenamiento. Un vaso de agua, un sorbo de mate, un cafecito, una ducha, bastarían para eliminar físicamente a millones de seres sin necesidad de disparar un mísero tiro.
No ocurrió gracias a Juan Pablo II y a su Cardenal Samoré… pero, lo importante es tener claro que esa operación pensada (y autorizada) por Pinochet y la junta militar que le secundaba, contaba también con el visto bueno del generalato de las fuerzas armadas chilenas que, en esos años, dominaba sin contrapeso alguno todo el acontecer del país.
Buenos Aires se salvó de un desastre genocida brutal. Chile se salvó de un desprecio universal.
La dictadura chilena cayó finalmente el año 1988, luego de un plebiscito que la aplastó… ¿y Eugenio Berríos? ¿Qué pasó con él?
En octubre de 1991, tras el retorno a la democracia y cuando la justicia chilena comenzó a investigarlo por crímenes de la dictadura, fue sacado clandestinamente del país hacia Uruguay por agentes de inteligencia militar (DINE).
Estando en Uruguay, logró escapar de sus vigilantes en 1992 e intentó denunciar su secuestro en una comisaría, pero fue entregado nuevamente a militares por órdenes superiores.
En 1992, cuando escapaba de la residencia en el sector de Parque del Plata en Montevideo, el aparato de seguridad que lo custodiaba, conformado por militares chilenos y uruguayos, logró capturarlo, y el químico de la DINA –responsable de los experimentos y asesinatos con gas sarín durante la dictadura– fue finalmente ajusticiado a balazos.
Sus restos fueron hallados enterrados en una playa de El Pinar (Uruguay) en 1995, con disparos y señales de tortura, siendo identificado al año siguiente.
¿Quién o quiénes lo asesinaron para acallar ese grave asunto de gas sarín en las aguas de Buenos Aires? Según el fallo ratificado por la Corte Suprema el martes, uno de los 14 militares condenados en el caso es Arturo Silva Valdés. El mayor en retiro del Ejército fue condenado a 15 años por homicidio, como autor de los disparos, y a otros cinco años por asociación ilícita.
Efectivamente –según un reportaje publicado por Ciper–, Arturo Silva Valdés fue un excelente tirador. Característica que completaba su cinematográfico perfil de agente de inteligencia junto con su afición por jugar polo, sus más de 500 viajes por el mundo en distintas misiones, como la que encabezó a principios de los 90 para sacar del país a algunos agentes de los organismos represivos que serían encarcelados por crímenes de lesa humanidad, como Carlos Herrera Jiménez, Luis Arturo Sanhueza Ross y el propio Eugenio Berríos, a quien ayudó a salir por un paso fronterizo en el sur del país en 1992.
Silva Valdés formó parte de los escuadrones de la CNI y al final de la dictadura, a partir de 1988, fue el hombre clave en el aparato de seguridad de Pinochet y, luego, cuando el ex gobernante de facto dejó el poder. Posteriormente, y al menos a partir de 1994, fue asignado –aún no se sabe si por el propio Ejército– como escolta personal de Agustín Edwards, dueño de la empresa El Mercurio.

