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Alfredo Astorga
El encierro en prisión pretende complementarse con trabajo productivo. Una propuesta audaz que se extiende por el continente. Iniciativa para reflexionar y perfeccionar.
El trabajo de prisioneros no es una novedad. Ha existido hace mucho tiempo. En la antigua Roma los presos trabajaban, como parte del castigo, en minas, galeras, obras públicas. En los siglos XVI al XVIII se generalizaron en Europa las “Casas de trabajo” como parte del disciplinamiento. Desde 1930 la Organización Mundial del Trabajo emite lineamientos de obligatorio cumplimiento para el trabajo de reclusos.
El trabajo de prisioneros tampoco está limitado a un territorio. Está vigente en muchos países de todos los continentes. En América Latina se ejecuta en Argentina, Chile, México, El Salvador, Ecuador, Colombia, Perú, Brasil… No siempre opera en forma sistemática ni perfecta.
En los últimos años, el tema ha vuelto a emerger. En parte porque nuevos países lo aplican o porque se han detectado abusos. En Ecuador se acaba de aprobar una nueva ley. El asunto se ha debatido poco y se ha politizado mucho. La propuesta es interesante y por supuesto puede perfeccionarse.
Vale anotar que el tema presos es muy sensible en varios países. Por las masacres internas ocurridas en diferentes lugares. Por los políticos presos (no necesariamente presos políticos). Por el mito de la rehabilitación.
Funciones y condiciones
El trabajo como aporte a subsistencia, ha sido el argumento central. Sostener un preso -obligación inexcusable del estado- demanda gastos: techo, alimentación, seguridad, salud, limpieza. Y también costos asociados como luz, agua, implementos, mantenimiento. No hay razón para que los presos que puedan trabajar cubran una buena parte de sus gastos. ¿Por qué tendrían que ser gratuitos para ellos? Los recursos, además, podrían usarse en otras prioridades sociales.
El trabajo como castigo. Es una de las proposiciones existentes, aunque cuestionada. Los presos, que han violentado gentes y propiedades merecen castigo. El apresamiento y la cárcel son una sanción merecida pero insuficiente. El trabajo forma parte del castigo, pero entraña otros valores. Considerarlo solo como castigo, achica las perspectivas.
El trabajo como terapia. El encierro y la supresión drástica de relaciones tiene efectos sicológicos: sueño, angustias, depresiones, inestabilidad. El trabajo en esta línea es un aporte: ocupa la mente, ejercita el cuerpo, exige resultados, eleva la autoestima, produce una sensación de utilidad. Deviene en oportunidad.
El trabajo como servicio a la comunidad. La opción para compensar de alguna manera a la sociedad descansa en el trabajo. Mucho es lo que podría hacerse internamente: cocina, lavado, limpieza. Y a nivel externo: parques, reciclaje, limpieza de playas, carreteras, mantenimiento, pequeñas fábricas de confección, apoyo al agro…
El trabajo como medio de rehabilitación. Aunque el tema de rehabilitación tiene mucho de mito, el trabajo es la única opción en esa dirección. Oportunidad inmejorable para aprender o perfeccionarse en oficios; para instruirse en la práctica. A la larga, podría aportar a una eventual ocupación en el exterior.
Abrir la puerta a los reclusos para que trabajen, no es un tema para tratarlo con ligereza, ni oponerse por consignas, ni dejar de debatir. Exige el cumplimiento de condiciones básicas. La principal de todas es el respeto a la persona. Deben prohibirse de plano trabajos forzosos o degradantes o que pongan en peligro la vida o salud de los reclusos.
Es preciso considerar también que no todos los presos tienen condiciones para trabajar. Debe legislarse con cuidado los casos de excepción (edad, enfermedades, exigencia de la labor). Según la OIT deben cumplirse además: sentencia judicial, supervisión técnica, remuneración adecuada. Si a esto se añade la capacitación laboral el horizonte se mira promisorio.
Las opiniones de la gente, que han recogido los medios de comunicación, es afirmativa frente al trabajo de los presos. Algunas visiones en contra refieren sobre todo a las condiciones. Existe un pequeño sector que niega el valor del trabajo por una visión exacerbada de derechos que terminan valorando más al victimario que a la comunidad afectada. Derechos convertidos en privilegios. Felizmente, van disminuyendo estas posiciones.
No hay que engañarse. El trabajo de presos no soluciona el problema estructural de la delincuencia. Otras esferas están involucradas. Por ejemplo, la oferta de trabajo, la provisión de servicios, la rectitud y celeridad de la justicia, la disponibilidad de recursos, la idoneidad de la institución encargada, etc.
El trabajo de reclusos es una realidad. Resulta imperativo una nueva conciencia sobre su valor sin sacralizarlo ni satanizarlo. Precisa también seguimiento. Un organismo que vaya más allá del gobierno y sus instituciones. Que integre opinión ciudadana: universidades, colegios profesionales, organizaciones sociales…

