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La droga que aprendimos a celebrar: Parte 1

Vie 3 de Jul de 2026
in Opinión, Salud
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Gabriela Moreno Valle

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El alcohol no es una copa. Es una molécula con amplio acceso a múltiples órganos y tejidos. Y muy pocos fuimos educados para entenderlo así.

Hay una sustancia capaz de alterar neurotransmisores, modificar la microbiota intestinal, aumentar la inflamación sistémica, fragmentar el sueño y cambiar temporalmente la forma en que percibimos nuestras emociones y relaciones. Esa sustancia se sirve en bodas, funerales, reuniones familiares y celebraciones corporativas.

Se llama etanol. Y hemos decidido, como civilización, llamarla simplemente «bebida».

Quizás ahí comienza una de las conversaciones más incómodas y postergadas de nuestra época.

El nombre lo cambia todo

Las palabras no solo describen la realidad. También la hacen tolerable.

Nadie dice: «Esta noche voy a consumir una sustancia psicoactiva depresora del sistema nervioso central». Decimos: «Vamos por unos tragos». La industria, la publicidad y la cultura lograron algo extraordinario: separar al alcohol de la categoría biológica a la que pertenece.

Cuando lo llamamos «bebida social», le quitamos el peso clínico que merece y lo envolvemos en celebración, identidad y pertenencia. El resultado es un fenómeno curioso: hoy suele ser más difícil explicar por qué alguien no bebe, que justificar por qué sí lo hace.

El organismo no participa de ese acuerdo. No le importa si la etiqueta dice whisky de doce años, vino añejado o cóctel artesanal. La molécula es la misma. La respuesta biológica también.

«La normalización del alcohol podría ser una de las campañas de relaciones públicas más exitosas de la historia moderna. Y probablemente una de las más costosas en términos de salud pública.»

La central eléctrica saboteada desde adentro

Imagina una ciudad cuya planta energética abastece hospitales, sistemas de comunicación y millones de hogares. Ahora imagina que aparece una amenaza inesperada y todos los trabajadores abandonan sus tareas habituales para contenerla. La producción disminuye. El mantenimiento se posterga. Los recursos se redirigen.

La ciudad continúa funcionando, pero en modo supervivencia.

Algo parecido ocurre cuando el etanol entra en el organismo.

El hígado reorganiza gran parte de su actividad metabólica para priorizar la eliminación del alcohol. No porque el alcohol sea un combustible útil, sino porque el cuerpo lo reconoce como un xenobiótico: una sustancia ajena y potencialmente dañina que debe neutralizar antes de retomar otras funciones. Durante ese proceso, el etanol se transforma en acetaldehído, un compuesto altamente reactivo y carcinogénico capaz de dañar proteínas, lípidos y ADN celular.

El primer efecto es metabólico: la oxidación de grasas deja de ser la prioridad porque el hígado concentra sus recursos en eliminar el alcohol. El segundo es oxidativo: la transformación del etanol genera moléculas reactivas capaces de dañar estructuras celulares. El tercero es energético: parte de la maquinaria destinada a producir energía y mantener los procesos de reparación se redirige hacia la desintoxicación.

Y el cuerpo apenas está empezando a lidiar con la primera copa.

La ilusión neuroquímica de la relajación

La sensación de relajación producida por el alcohol es real. La interpretación que hacemos de ella, quizás no.

El alcohol potencia la actividad del sistema GABA —el principal neurotransmisor inhibitorio del cerebro— y disminuye la del glutamato, uno de sus principales sistemas excitatorios. El resultado es familiar: menos ansiedad, menos inhibiciones, una sensación transitoria de distancia del estrés cotidiano.

Pero esta calma tiene un costo biológico. El alcohol también estimula artificialmente la liberación de dopamina en el sistema de recompensa cerebral. Y la dopamina nunca fue la molécula de la felicidad.

La felicidad produce satisfacción. La dopamina produce búsqueda. Por eso muchas personas no extrañan el sabor del alcohol: extrañan la anticipación, el ritual y la promesa neuroquímica de alivio.

Con la exposición repetida, el sistema de recompensa se recalibra hacia arriba. La señalización dopaminérgica disminuye y el placer ordinario — el de una conversación, una comida, un atardecer — empieza a operar casi sin señal. No porque esas cosas hayan dejado de existir. Sino porque el cerebro aprendió a esperar algo más ruidoso.

«El cerebro moderno opera con un sistema de recompensa diseñado para la escasez. Cuando una sustancia exógena lo inunda artificialmente, el sistema se recalibra hacia abajo — y la línea base del bienestar cotidiano se desplaza con él.»

El órgano del que menos hablamos

Durante años pensamos que el alcohol actuaba principalmente en el hígado y el cerebro. Hoy sabemos que también modifica uno de los ecosistemas más complejos del cuerpo humano: el intestino.

Incluso cantidades moderadas pueden alterar la barrera intestinal y, con consumo repetido, también la composición de la microbiota, permitiendo el paso de componentes bacterianos hacia la circulación sistémica. El resultado es la activación persistente de mecanismos inflamatorios que afectan no solo al intestino, sino también al sistema inmunológico, al metabolismo y al cerebro.

La inflamación crónica rara vez se presenta como una emergencia. Trabaja lentamente. Durante años.

La gran mentira del descanso

Quizás uno de los mayores triunfos culturales del alcohol ha sido convencernos de que ayuda a dormir. En parte, es cierto: reduce el tiempo necesario para conciliar el sueño.

El problema comienza unas horas después. A medida que el organismo metaboliza el alcohol, la arquitectura del sueño se fragmenta. Disminuye el sueño REM, se altera el sueño profundo y aumentan los microdespertares que muchas veces ni siquiera recordamos al despertar.

Las investigaciones muestran que incluso consumos moderados pueden afectar la consolidación de la memoria, la regulación emocional, la recuperación metabólica y los procesos de limpieza cerebral que ocurren durante el sueño profundo.

A veces no estamos descansando. Estamos sedados.

El mito del consumo moderado

Durante décadas se promovió la idea de que pequeñas cantidades de alcohol podían proteger el sistema cardiovascular. Sin embargo, gran parte de esta hipótesis estuvo influenciada por limitaciones metodológicas, incluyendo el «sesgo del abstemio enfermo»: personas que habían dejado de beber por enfermedad eran clasificadas junto con quienes nunca habían consumido alcohol.

Cuando los análisis más recientes corrigen estos sesgos, el supuesto beneficio cardiovascular disminuye considerablemente o desaparece. Por eso, en 2023 la Organización Mundial de la Salud afirmó que no existe un nivel de consumo de alcohol completamente seguro para la salud.

Esto no significa que una copa ocasional determine el destino biológico de una persona. Significa algo más incómodo: durante décadas hemos tomado decisiones sobre una de las sustancias psicoactivas más extendidas del planeta sin comprender realmente cómo interactúa con nuestro cuerpo.

La droga huérfana de estigma

El tabaco necesitó décadas para ser reconocido públicamente como lo que era. El alcohol lleva milenios formando parte de la identidad cultural humana. Quizás por eso resulta tan difícil observarlo con la misma distancia crítica.

Porque cuestionar el alcohol no se siente como cuestionar una molécula. Se siente como cuestionar celebraciones, tradiciones, romances, rituales y recuerdos.

Pero la biología no negocia con la cultura. No distingue entre una copa tomada para celebrar un nacimiento o para atravesar un duelo. Solo responde a la química.

Décadas de evidencia, siglos de silencio

Quizás el dato más incómodo no sea que el alcohol aumente el riesgo de enfermedad, altere el sueño o modifique la química cerebral. La ciencia lleva décadas documentando eso. Lo verdaderamente desconcertante es otra cosa: que una especie capaz de secuenciar su genoma, trasplantar órganos y explorar otros planetas haya construido gran parte de sus rituales de conexión, celebración y alivio emocional alrededor de una sustancia que el propio organismo intenta eliminar con urgencia desde el primer segundo en que la recibe.

El alcohol no necesita ser demonizado para ser entendido. Pero tampoco necesita seguir siendo protegido de las preguntas que hemos aprendido a no hacer.

Quizás llegue un momento en que miremos hacia atrás con la misma extrañeza con la que hoy observamos los anuncios médicos que recomendaban cigarrillos para aliviar el estrés. Y quizás lo más inquietante no sea descubrir lo que el alcohol le hacía a nuestro cuerpo, sino preguntarnos por qué tardamos tanto tiempo en querer saberlo.

REFERENCIAS

1.  World Health Organization. No level of alcohol consumption is safe for our health. WHO News Release, January 2023.

2.  GBD 2016 Alcohol Collaborators. Alcohol use and burden for 195 countries and territories, 1990–2016. The Lancet, 392(10152), 1015–1035, 2018.

3.  Bishehsari F. et al. Alcohol and gut-derived inflammation. Alcohol Research: Current Reviews, 38(2), 163–171, 2017.

4.  Ebrahim IO et al. Alcohol and Sleep I: Effects on Normal Sleep. Alcoholism: Clinical and Experimental Research, 37(4), 539–549, 2013.

5.  Roehrs T, Roth T. Sleep, sleepiness, and alcohol use. Alcohol Research & Health, 25(2), 101–109, 2001.

6.  Nutt DJ et al. Drug harms in the UK: a multicriteria decision analysis. The Lancet, 376(9752), 1558–1565, 2010.

7.  Koob GF, Volkow ND. Neurobiology of addiction: a neurocircuitry analysis. The Lancet Psychiatry, 3(8), 760–773, 2016.

✦   Parte 2 — El Exilio del Bienestar — disponible a próximamente.

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