Por Juan Carlos Diez para La Voz Internacional de New York
12 de junio de 2026
A través del Ministerio del Medio Ambiente, en Chile se ha lanzado la Estrategia de Economía Circular para Textiles al 2040. El propósito de esa estrategia es orientar acciones y articular esfuerzos para prevenir la generación de residuos, prolongando la vida útil de los textiles, fomentando la calidad, la reutilización y la valorización textil, con el fin de proteger la salud de las personas y el medio ambiente; y fortalecer el desarrollo económico local del ecosistema textil y la innovación. Lo anterior acompañado por un marco regulatorio que aborde el diseño, la trazabilidad, la transparencia y los aportes del sector textil en materia social, ambiental y económica.
La estrategia establece cuatro metas principales, que se implementarán mediante 18 iniciativas y 49 acciones concretas, organizadas en cuatro ejes: Cultura, Territorios, Regulación e Innovación Circular.
1. Disminuir el sobreconsumo de productos textiles
2. Impulsar el desarrollo de oficios formales y empleos en economía circular
3. Aumentar la valorización de los residuos textiles
4. Prevenir y erradicar los vertederos ilegales de residuos textiles
Con ese contexto, nos propusimos buscar empresas innovadoras con orientación sustentable y ecológicas en su accionar diario y nos encontramos con una organización líder en Viña del Mar. Nos referimos a RECICLA2 y, a través de una entrevista exclusiva a su fundadora y CEO Consuelo Miranda, nos complace difundir sus proyectos y acciones concretas que apuntan a mejorar la calidad de vida de la ciudadanía y al aprovechamiento de los beneficios de la circularidad textil.

Consuelo Miranda es diseñadora industrial, fundadora y CEO de RECICLA2 SpA, empresa chilena de economía circular textil de triple impacto ubicada en Viña del Mar, Región de Valparaíso, Chile. Ha procesado más de 23 toneladas de residuos textiles, incluyendo 11 toneladas rescatadas tras los incendios de Viña del Mar de 2022 y 2024. Sus ecobloques — fabricados con 90% de fibra textil reciclada — están en proceso de certificación para uso en vivienda social. Multipremiada, con cobertura en medios nacionales y clientes como Codelco, Gasvalpo y Aduanas de Chile, Consuelo es hoy una de las voces más relevantes de la innovación circular en Latinoamérica.
¿Cómo definen ustedes la circularidad textil en la práctica, más allá del discurso?
Para nosotros, la circularidad textil no es un concepto de marketing ni un certificado en la pared. Es una decisión operativa que se toma todos los días, en el taller, con las manos en la fibra. En RECICLA2 definimos la circularidad como la capacidad real de devolver un residuo al sistema productivo con valor medible. No alcanza con decir que reciclamos: nosotros emitimos un Certificado de Trazabilidad por cada kilo de textil que entra, que documenta su origen, su proceso y su destino final. Si no puedes trazarlo, no puedes llamarlo circular. Esa es nuestra línea.
¿Qué diferencia hay entre reciclaje textil tradicional y regeneración?
El reciclaje textil tradicional degrada: toma una fibra compleja y la convierte en algo de menor valor —trapos industriales, relleno de baja calidad, o simplemente triturado sin destino claro. La regeneración, en cambio, busca devolver la fibra a un ciclo productivo con igual o mayor valor que el original. En RECICLA2 hemos desarrollado un proceso propietario de desfibrado mecánico seguido de aglomeración con un compuesto natural, que transforma la fibra en ecobloques de construcción. No estamos bajando en la cadena de valor: estamos creando un material nuevo con aplicación directa en arquitectura y urbanismo. Esa es la diferencia fundamental.
¿Qué los motivó a entrar en este rubro?
Nació en mi propio hogar, hace más de quince años. Vivía en Viña del Mar y veía cómo la ropa de mis hijas se acumulaba sin destino: dejaba bolsas en los contenedores y las encontraba botadas en la calle al día siguiente. Eso me indignaba profundamente. Soy diseñadora industrial por formación, y entendí que el problema no era la ropa — era la ausencia de infraestructura para darle una segunda vida. Comencé a investigar lo que hacían en Europa, traje a Chile una máquina desfibradora con apoyo de SERCOTEC, y construí un modelo de negocio desde el territorio. Pero el punto de inflexión real fue el incendio de Viña del Mar en diciembre de 2022: llegué al Colegio República del Ecuador con catorce toneladas de ropa apilada, la mayoría en condiciones imposibles de reutilizar, con un plazo sanitario venciendo. Retiramos 1.200 kilos ese día. En ese momento entendí que esto no era un emprendimiento. Era una solución que Chile necesitaba y que nadie más estaba preparado para dar.

¿Cuál es el volumen de toneladas de residuos textiles que al año se generan en Chile?
Chile genera aproximadamente 60.000 toneladas de residuos textiles al año, y es el mayor importador de ropa de segunda mano de Latinoamérica. La industria de la moda es la segunda más contaminante del mundo, y Chile tiene una exposición desproporcionada a ese impacto por el fenómeno del fast fashion y la ropa importada de bajo costo. La mayor parte de esas 60.000 toneladas termina en rellenos sanitarios o en el desierto de Atacama, donde hoy existe literalmente una montaña de ropa que es visible desde el espacio. Ese es el problema que estamos atacando.
¿Qué tipo de residuos textiles procesan (algodón, poliéster, mezclas)?
Procesamos prácticamente todo el espectro: algodón, poliéster, mezclas sintéticas, denim, lana, fibras técnicas de uniformes corporativos e industriales. La clave de nuestro proceso es que no requiere separación por composición de fibra para llegar al ecobloque — lo que para la industria textil tradicional es un problema (las mezclas son casi imposibles de reciclar limpiamente) para nosotros es una ventaja operativa. Eso nos permite trabajar con el tipo de residuo más complejo y más abundante: la ropa que ningún otro actor puede recuperar.
¿Qué tecnologías utilizan para regenerar las fibras?
Utilizamos un proceso mecánico de desfibrado — no químico — que preserva la integridad de la fibra sin uso de solventes ni agua. La fibra resultante se mezcla con un aglomerante de base natural o química según el producto final, y se prensa en moldes para obtener ecobloques o paneles. Es un proceso propietario que hemos desarrollado y optimizado en Chile, con apoyo técnico de la Universidad Técnica Federico Santa María. Actualmente trabajamos en la certificación del ecobloque en el IDIEM para validar sus propiedades de resistencia e ignifugación para uso en vivienda social. La tecnología es robusta, escalable y no requiere agua en su etapa central de transformación — lo que la hace especialmente relevante en un contexto de escasez hídrica.
¿Cuál es la mayor dificultad técnica hoy en el proceso?
La mayor dificultad técnica es la heterogeneidad del residuo de entrada. A diferencia de una fábrica que trabaja con materiales estandarizados, nosotros recibimos lo que el sistema descarta: mezclas impredecibles, telas con acabados químicos, ropa con accesorios metálicos, textiles húmedos o contaminados. Cada lote es diferente. Eso exige un proceso de clasificación muy riguroso antes del desfibrado, y nos ha obligado a desarrollar protocolos propios de control de calidad de entrada. El segundo desafío es la certificación para construcción: demostrar en laboratorio que un material hecho de ropa vieja cumple con normas de resistencia sísmica e ignifugación no es trivial, y ese proceso toma tiempo y recursos. Pero es el camino correcto y lo estamos recorriendo.
¿Qué porcentaje del material logra volver a convertirse en un producto útil?
Entre el 85% y el 92% del material que ingresa a nuestro sistema se valoriza en algún producto final — ya sea ecobloque, panel, relleno para merchandising corporativo o insumo para otras industrias. El porcentaje restante corresponde principalmente a materiales con contaminantes que no podemos procesar con nuestra tecnología actual: ropa con moho severo, telas con acabados industriales incompatibles, o materiales mezclados con residuos no textiles. Ese remanente lo derivamos a gestores autorizados. Nuestra meta es llegar al 95% de valorización en los próximos dos años, a medida que escalamos la capacidad de clasificación.
¿Cómo miden el impacto ambiental de su operación?
Usamos dos indicadores principales que incluimos en nuestros Certificados de Trazabilidad: la huella de carbono equivalente evitada — que estimamos en 3,6 kg de CO₂ por kilo de textil desviado del relleno sanitario — y el agua virtual conservada, estimada en 500 litros por kilo de textil recuperado, en comparación con producir fibra virgen. Desde 2022, RECICLA2 ha evitado la emisión de más de 82 toneladas de CO₂ equivalente y ha preservado más de 11 millones de litros de agua virtual. Estamos trabajando con aliados académicos para desarrollar una metodología de medición más robusta que nos permita acceder a mercados de carbono y bonos de impacto.
¿Cuánta agua, energía o emisiones se ahorran en comparación con la industria textil tradicional?
Producir un kilogramo de algodón virgen requiere aproximadamente 10.000 litros de agua. Producir poliéster virgen emite entre 5 y 9 kg de CO₂ por kilo de fibra. Nuestro proceso de desfibrado mecánico no usa agua en su etapa central y opera con energía eléctrica equivalente a la de una pequeña industria artesanal. No es justo comparar una pyme en etapa de crecimiento con la industria textil global, pero la lógica es contundente: cada kilo de textil que pasa por RECICLA2 en lugar de ir al relleno sanitario representa recursos que no se extraen nuevamente del planeta. A eso le llamamos el valor oculto del residuo: es materia prima que ya pagó su costo ambiental al producirse, y que estamos recuperando sin generar impacto adicional.

¿Qué pasa con los residuos que no se pueden regenerar?
Los derivamos a gestores de residuos autorizados con los que tenemos acuerdos formales. No aceptamos la lógica de ‘lo que no puedo procesar lo tiro’: eso sería simplemente trasladar el problema. Nuestro objetivo a mediano plazo es construir alianzas con otras empresas de la cadena para que ese remanente también tenga un destino de valor — ya sea como combustible industrial en sistemas de coprocesamiento, o como insumo para materiales de menor especificación técnica. La economía circular real no tiene residuos: tiene flujos pendientes de resolver.
¿Quiénes son sus principales clientes: marcas, municipios, consumidores?
Trabajamos con tres tipos de clientes que responden a lógicas distintas. Las grandes corporaciones — como Codelco, KDM Industrial, Gasvalpo y Aduanas de Chile — nos contratan para gestionar sus residuos textiles corporativos: uniformes dados de baja, equipos de protección personal, ropa de trabajo. Para ellos entregamos certificación y trazabilidad, que necesitan para sus reportes de sostenibilidad y cumplimiento normativo. Las instituciones públicas — como la Municipalidad de Viña del Mar y el AIEP Valparaíso — nos compran productos y nos contratan para educación ambiental. Y los consumidores finales acceden a nuestra Colección Raíz Consciente — maceteros, mobiliario deco — a través de canales digitales y ferias. Cada segmento tiene una propuesta de valor distinta, y eso nos da resiliencia como negocio.

¿Es rentable hoy la circularidad textil o sigue siendo más un compromiso ambiental?
Es rentable, y esa es quizás la parte de la historia que menos se cuenta. RECICLA2 genera ingresos reales desde su primer año de operación. No dependemos de donaciones ni de subsidios permanentes para operar: cobramos por la gestión de residuos, vendemos productos y cobramos por servicios de educación y consultoría. Ahora bien, seré honesta: la rentabilidad de la economía circular no es instantánea ni escala sola. Requiere inversión en tecnología, certificaciones y desarrollo de mercado. El desafío no es demostrar que puede ser rentable — eso ya está demostrado — sino acelerar la escala para que los costos unitarios bajen y la competitividad frente al lineal mejore. La Ley REP en Chile va exactamente en esa dirección.
¿Cómo compiten con el bajo costo del fast fashion?
No competimos en precio con el fast fashion, y esa es una pregunta que revela el corazón del problema: el fast fashion es barato porque externaliza sus costos al planeta y a las comunidades más vulnerables. Nosotros hacemos exactamente lo contrario: internalizamos los costos ambientales y los convertimos en valor. Nuestros productos no compiten con una polera de cinco dólares — compiten con la conciencia de quién la compra. El consumidor que elige RECICLA2 está eligiendo un modelo diferente de producción y consumo. Dicho esto, creo que la pregunta más relevante no es cómo competir con el fast fashion hoy, sino cómo hacer que su modelo se vuelva inviable mañana. Para eso necesitamos regulación, trazabilidad obligatoria y que el precio de la ropa refleje su costo ambiental real. Ese día llegará.

¿Trabajan con diseñadores para crear productos desde el inicio pensando en circularidad?
Sí, y es uno de los aspectos que más me apasionan. Como diseñadora industrial, entiendo que el mayor poder de la circularidad está en la etapa de diseño: si un producto se concibe para ser desarmado, clasificado y regenerado al final de su vida, los costos del reciclaje caen dramáticamente. Trabajamos con diseñadores de la región de Valparaíso que integran la fibra textil reciclada desde el concepto, no como un accesorio sostenible, sino como el material principal. También estamos desarrollando productos de merchandising corporativo — bolsos, lanyards, cuadernos — fabricados íntegramente con los textiles que los propios clientes corporativos nos entregan. Codelco nos entregó sus uniformes y nosotros los convertimos en los regalos institucionales de su propio aniversario. Eso es circularidad con identidad.
¿Qué tipo de productos finales generan?
Tenemos tres líneas principales. La Colección Raíz Consciente incluye maceteros y productos de decoración para hogar y jardín, fabricados con ecobloques textiles. La Colección Mobiliario Urbano produce jardineras, bancas y elementos de equipamiento exterior para espacios públicos y privados. Y la línea de construcción — la más estratégica — son los ecobloques propiamente tales, que en su fase actual se usan como paneles de revestimiento y cuyo destino final es la vivienda social una vez obtenida la certificación IDIEM. Además, producimos merchandising corporativo personalizado: bolsos, contenedores, elementos de identidad empresarial fabricados con los propios residuos del cliente. Cada producto tiene trazabilidad completa desde el kilo de ropa que lo originó.
¿Cómo influye el diseño en facilitar o dificultar la regeneración?
De manera decisiva. El mayor enemigo de la circularidad textil es la mezcla de materiales sin etiquetado: una prenda con 60% algodón, 30% poliéster y 10% elastano cosido con hilo de nylon, con botones de resina y parches de polipropileno, es casi imposible de reciclar limpiamente. El diseño puede resolver eso o puede profundizarlo. Las marcas que diseñan con circularidad en mente usan monocomponentes, evitan adhesivos, facilitan el desmontaje. En Chile esto todavía es la excepción, no la regla. Pero la Ley REP va a cambiar eso: cuando las marcas tengan que pagar por el fin de vida de sus productos, van a diseñar de manera muy distinta. Yo tengo la esperanza — y la certeza — de que la presión regulatoria va a hacer que el buen diseño y la circularidad sean sinónimos.
¿Cómo ven el avance de la economía circular en Chile?
Estamos en un momento de inflexión real. Hace cinco años, cuando empecé RECICLA2, la economía circular era un concepto que había que explicar en cada reunión. Hoy está en la agenda de las grandes corporaciones, en la regulación del Estado y en la conversación pública. El avance es evidente. Pero también es desigual: hay un ecosistema creciente de emprendimientos e iniciativas de impacto que están innovando con pocos recursos, mientras las grandes industrias se mueven lento porque el cambio implica transformar modelos de negocio consolidados. El verdadero avance va a ocurrir cuando esos dos mundos se encuentren: cuando la innovación territorial que desarrollamos en Valparaíso tenga los recursos y las alianzas para escalar, y cuando las grandes industrias entiendan que la circularidad no es un costo, es una ventaja competitiva.
¿La legislación (como la Ley REP) ayuda o aún falta mucho?
La Ley REP es el avance regulatorio más importante que ha tenido Chile en materia ambiental en décadas, y va a cambiar las reglas del juego para el sector textil de manera estructural. Sí ayuda — y mucho. Pero falta mucho también. La Ley REP establece la responsabilidad extendida del productor, pero su implementación para el sector textil todavía está en desarrollo. Los plazos, las metas, los mecanismos de verificación: todo eso aún se está construyendo. Lo que necesitamos como sector es que esa implementación sea exigente y verificable, no un trámite de papel. Y necesitamos que las pymes que ya estamos operando con estándares de circularidad real tengamos acceso preferente a los flujos de residuos que la ley va a generar. Quien ya tiene la infraestructura y la trazabilidad debería tener ventaja sobre quien simplemente dice que puede hacerlo.
¿Qué cambios regulatorios serían clave para impulsar este sector?
Tres cambios concretos. Primero, trazabilidad obligatoria: que toda prenda que se venda en Chile tenga que declarar su composición de materiales de manera legible y verificable — hoy eso no existe de manera sistemática. Segundo, un registro nacional de gestores textiles certificados que distinga entre quien realmente valoriza y quien simplemente traslada el residuo. El mercado del reciclaje tiene muchos actores que no hacen lo que dicen hacer, y eso daña a quienes sí lo hacemos. Tercero, compras públicas verdes obligatorias para productos fabricados con material reciclado en proyectos de infraestructura pública — vivienda social, equipamiento urbano, espacios comunitarios. Si el Estado comprara materiales circulares, crearía un mercado que hoy no existe a escala, y eso cambiaría todo.
¿Cuál es el mayor obstáculo hoy: cultural, tecnológico o económico?
Cultural, sin duda. La tecnología existe y mejora cada año. Los modelos económicos son viables con la escala adecuada. Pero cambiar la manera en que una sociedad se relaciona con sus cosas — con la ropa que compra, usa y descarta — es el desafío más profundo y más lento. En Chile hay una cultura del descarte muy arraigada, acelerada por el fast fashion y la disponibilidad de ropa casi gratuita. La gente dona ropa con la mejor intención, pero no sabe que donar ropa en mal estado a una catástrofe crea un segundo problema logístico y sanitario. Ese conocimiento no existe todavía en la conciencia colectiva. Cambiar eso requiere educación, pero también requiere que las marcas sean honestas sobre el costo real de lo que producen. El consumidor no puede tomar mejores decisiones si no tiene mejor información.

Vertedero textil en Desierto de Atacama… debemos evitar esto
¿Qué debería cambiar en el comportamiento del consumidor?
Lo primero y más poderoso es la pregunta: ¿qué pasa con esta prenda cuando ya no la use? Hacerse esa pregunta antes de comprar, no después, cambia todo. Comprar menos y mejor. Donar con criterio — no cualquier cosa a cualquier lugar. Elegir marcas que puedan demostrar el origen de sus materiales y el destino de sus residuos. Y entender que el precio bajo de una prenda no es un regalo: es un costo que alguien más está pagando, ya sea un trabajador en Bangladesh o un ecosistema en el desierto de Atacama. Yo no creo en el consumidor perfecto ni en el maximalismo verde que paraliza. Creo en el consumidor informado que toma mejores decisiones con la información que tiene. Nuestro rol como empresa es facilitarle esa información y esa alternativa.
¿Cómo imaginan la industria textil en 10 años?
En diez años, los ecobloques textiles van a estar en viviendas sociales de Chile. Lo digo con convicción porque estamos construyendo ese camino hoy, paso a paso, con cada certificación y cada alianza. Más ampliamente, creo que veremos una industria textil donde la trazabilidad de materiales sea tan normal como lo es hoy en la industria alimentaria — donde puedes escanear un código y saber de dónde viene lo que consumes. Veremos marcas que compitan por quién tiene el ciclo de vida más limpio, no solo por quién tiene el precio más bajo. Y veremos a Latinoamérica — y a Chile en particular — posicionada como un laboratorio de innovación circular, no solo como un mercado de destino para el residuo del mundo desarrollado. Ese es el futuro que estoy construyendo con RECICLA2, y no estoy sola en ese camino.
¿Trabajan con marcas grandes o emprendimientos locales?
Con ambos, y esa diversidad es una fortaleza deliberada. Con las marcas grandes y corporaciones — Codelco, KDM Industrial, Gasvalpo, Aduanas de Chile — trabajamos en la gestión de residuos industriales a escala. Eso nos da volumen y trazabilidad certificada. Con los emprendimientos locales y organizaciones comunitarias trabajamos en co-creación, en educación y en proyectos de identidad territorial donde el material reciclado cuenta una historia específica de una comunidad. Ambos mundos se necesitan: el volumen corporativo financia la innovación, y la innovación local demuestra las posibilidades que después escala hacia lo corporativo. No tengo miedo de sentarme a la misma mesa con Codelco y con una artesana de Quilpué — ambas conversaciones me parecen igualmente estratégicas.
¿Qué rol juegan los consumidores en cerrar el ciclo?
Son la clave de bóveda. Sin el consumidor que dona su ropa, que elige un producto circular, que exige trazabilidad a las marcas que le venden, el ciclo no cierra. Pero también hay que ser justos: el consumidor no puede ser el único responsable de un sistema que fue diseñado para ser lineal. No podemos pedirle al ciudadano que resuelva solo lo que la industria y la regulación crearon durante décadas. El rol del consumidor es real y poderoso, pero tiene que estar respaldado por sistemas que lo faciliten: puntos de recolección accesibles, marcas transparentes, precios que reflejen costos reales. En RECICLA2 trabajamos en eso: hacemos que donar textiles sea fácil, que elegir circular sea posible, que el impacto sea visible y verificable.
¿Han tenido alianzas con artistas o proyectos creativos?
Sí, y son algunas de las colaboraciones más estimulantes que hemos tenido. Hemos trabajado con diseñadores de la Región de Valparaíso en instalaciones artísticas que usan los ecobloques como soporte expresivo, revelando la textura y la historia de las fibras que los componen. También participamos como parte de la Red de Recuperación Textil, alumnos — un colectivo de artesanos y diseñadores que trabajamos de manera complementaria, donde cada uno aporta desde su especialidad. El arte tiene algo que la industria no puede reemplazar: puede cambiar la percepción de un material. Cuando alguien ve un panel de ecobloques en una instalación artística y lo encuentra bello, eso transforma su relación con el concepto de residuo. Esa es la pedagogía más poderosa que existe.
Al finalizar esta entrevista, hemos quedado gratamente impresionados por todo lo que hay detrás de los procesos de circularidad que marcan el rumbo de RECICLA2 y no podemos menos que sentirnos orgullosos de saber que una empresa local tiene ese compromiso social de tal magnitud y que es un ejemplo a seguir, lo que consideramos es de la máxima importancia difundir para, de esa forma, contribuir a que la ciudadanía en general tome consciencia del importante rol que tiene en el proceso completo. Felicitamos la iniciativa de Consuelo Miranda y agradecemos la sinceridad y transparencia con que respondió cada una de nuestras preguntas.
El mundo actual nos obliga hoy a ser mucho más conscientes de lo que hacemos y dejamos de hacer y en este ámbito de la circularidad textil, el ser consciente de nuestros actos, juega un rol fundamental. La idea es transformar la forma en que diseñamos, producimos, consumimos y gestionamos los textiles en Chile.
Más información acerca de RECICLA2, puede encontrarse en sus redes sociales:
Página Web: https://www.recicla2lab.cl/
Instagram: store_.recicla2
Correo electrónico: recicla2spa@gmail.com

