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Avutardas

Jue 30 de Jul de 2026
in Cultura, Literatura
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Esta novela (“Avutardas”) la escribí hace ya 20 años aproximadamente y la mantuve en el baúl del olvido. Hoy ve la luz a través de las páginas de La Voz Internacional.

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La novela tiene algo de aventura, romance, de una cuasi guerra (1978), y también de misterios paranormales.

Novela de Arturo Alejandro Muñoz

Avutardas

Un amor imposible nacido en medio de la guerra que no fue

C  A  P  Í  T  U  L  O     I

Afirmada fuertemente, con ambas manos apretando la metálica baranda de estribor de la motonave para soportar el viento que levantaba encrespadas olas sobre el manto oscuro del océano, y manteniendo el cuello de su chamarra subido hasta las orejas, Julieta Bastías contemplaba el imponente espectáculo natural que atosigaba sus ojos humedecidos por la emoción y por la llovizna pertinaz aquel mediodía del mes de septiembre del año mil novecientos setenta y ocho.

Frente a ella, a escasos kilómetros, se levantaba “tierra firme austral” y no se adivinaba presencia humana alguna, ya que, de haberla, estaría cubierta, escondida y protegida por la coraza   de árboles que desde la borda del “Capitán Wellington” se veía como un extenso manto de maleza verde y un murallón de arbustos apretujados.

Más atrás, apenas visible, el paisaje era decorado por un cordón montañoso que lucía espaciados manchones de nieve, cuyo color gris azulado indicaba que la temperatura dominante en esos ambientes se encontraba algunos grados por bajo del cero.

Un escalofrío recorrió su espalda al volver su pensamiento hacia aquella idea que no le abandonaba y que ella optaba por repasar obstinadamente, una vez y otra, hasta lograr que formase parte de su realidad, pues seguía considerándola un problema angustioso derivado de las incógnitas que menguaban su ánimo, más que un desafío al que debería enfrentar con espíritu positivo y dilucidar a base de paciencia, alegría de vivir y mucho esfuerzo.

  • Julieta, mujer…te vas a congelar ahí afuera. ¿Por qué no vienes al salón y te proteges de ese viento infernal? Según ha dicho el capitán, aún nos quedan tres horas de viaje.
  • Esto es…impresionante, Bernardo –respondió quedamente, sin dejar de mirar hacia la costa cercana- Imagínate cómo será el frío y la lluvia en junio….
  • Entra, por favor. No vayas a pescar un resfriado.
  • Acompáñame, Bernardo. Ven a gozar de este espectáculo y prepara tu ánimo para soportar el futuro invierno.

Moviendo su cabeza en signo de resignación, el hombre desechó la idea de acercarse hasta la baranda y regresó al interior de la nave cerrando la gruesa puerta metálica tras de sí, aunque por el envidriado ojo de buey echó una última mirada a la mujer que seguía impávida e incólume soportando el frío del exterior, ajena a cualquier otra circunstancia que no fuera el paisaje sobrecogedor que la naturaleza le ofrecía.

Julieta hundió la cabeza entre los hombros y continuó sumida en sus cavilaciones. ¡Tenía tanto en qué pensar!

Quizá ella sería la responsable de futuras desventuras, pues había sido la más obcecada partidaria de trasladarse hasta la zona austral, empujando a Bernardo cada día, cada noche, cada instante, a participar en el llamado que efectuó el gobierno para formar parte del proyecto nacional que pretendía colonizar nuevas tierras en la región de Aysén.

Si bien la idea le provocó reticencias razonables en un primer momento, lenta y progresivamente se fue asiendo a esa posibilidad hasta llegar a auto convencerse –y convencer al resto de su grupo familiar- que no valía la pena continuar una existencia anodina en Santiago, ya que entendía perfectamente que Dios otorgaba caminos alternativos a quienes estaban dispuestos a correr algún riesgo menor, siempre que se mantuviera la cohesión y el amor familiar.

  • No somos ricos, pero contamos con lo esencial. ¿Para qué aventurarse en esas tierras heladas? –le había dicho una noche su marido, quizás en otro vano esfuerzo por lograr su desistimiento de lo que consideraba una “idea loca”- Soy un buen soldador y un mejor mecánico tornero, así que trabajo no me va a faltar jamás. Tú eres una respetada profesora básica, los apoderados de tus alumnos te adoran, al igual que la señora Javiera, tu directora.  La verdad, no logro entender esa manía tuya por querer meternos en el embrollo de una colonización que tiene, para nosotros, un final incierto.
  • ¿Y Constanza? ¿No has pensado en nuestra querida Conny? ¿Tú crees que Santiago es un buen lugar para ella?

La hermosa trigueña de ojos color miel había sido la esperanza de la sacrificada Julieta, pues toda su desmañada lucha por construir un futuro halagüeño centraba su estoica labor en la arquitectura de un entorno menos dañino para la chiquilla que, a temprana edad, mostró signos evidentes de pertenecer a un mundo diferente, a un mundo rechazado e incomprendido por la masa de “gente normal” que circulaba sin ataduras por las calles y edificios de Santiago.

Al crecer, Conny se transformó en una adolescente fina, delicada, de cuerpo perfecto y rostro hermoso, con un cabello liso y esponjado color trigo maduro que hacía resaltar los pómulos suaves y el perfecto lineamiento de su dentadura.

Muchos jóvenes la pretendieron no bien posaron su mirada en ella, siendo cautivados por esa actitud ausente que la caracterizaba, por ese silencio romántico que la hacía fijar su vista en lontananza, como si estuviese pensando cosas trascendentes y vitales, guardando silencio y sonriendo tímidamente ante cualquier pregunta u opinión, bajando la vista, ruborizada, sin responder ni comprometerse.

Al poco rato de estar junto a ella, esos mismos muchachos que se habían acercado con el propósito de conquistarla, se retiraban de su lado con la extraña sensación de haber compartido algunos minutos con una enferma mental, una loca, una “rara”.

Esos chicos no sabían cómo era la verdadera Conny.

Una niña autista, ensimismada en su mundo interior como el caracol dentro de su caparazón, pero que a su madre había dado pruebas irrefutables de sus capacidades al trasladar sus emociones y sentimientos al blanco y grueso papel que utilizaba para pintar los perfiles de su vida interna, así como las maravillas del mundo real que sólo ella sabía descubrir y valorar.

Lentamente al comienzo, y con una progresión vertiginosa después –cuando la audacia de los muchachos adolescentes se acompaña del despertar de la libido- Conny comenzó a ser hostigada con burlas y desprecios, cuando no ocurría que algún joven irracional pretendía ser el primero en poseerla sexualmente.

La directora del liceo al que asistía Constanza para cursar su enseñanza media, una tarde de mayo, en su oficina, informó a Julieta y a Bernardo que el establecimiento educacional no ofrecía a la chiquilla posibilidades de una educación exitosa. Recomendó, con palabras llenas de buenas intenciones y en términos acendradamente profesionales, procurar matricularla en algún lugar donde existiesen los recursos y personas adecuadas para administrar los talentos y carencias de la muchacha.

Durante dos años recorrieron oficinas ministeriales, golpearon puertas de educadores y gastaron gruesas sumas de dinero en terapeutas y médicos sin obtener respuesta a la necesidad de la joven.

Un psicopedagogo concluyó que Conny poseía innegables talentos y habilidades para el arte de la pintura, y que sólo allí era capaz de traducir sus sentimientos y emociones, a la vez que en esa actividad lograba una paz estable junto a la emocionalidad requerida.

Con el hálito que da la esperanza, Julieta visitó escuelas y talleres para lograr la inserción de Conny a esas aulas. Explicó, argumentó, rogó e imploró hasta el límite último que permite la dignidad humana. Todo fue inútil. No había lugar para su hija en la sociedad normal. Se reconocía el talento de la joven, pero su caso resultaba escapar de la capacidad de administración que los profesores e instructores, los pintores y educadores, podían colocar en juego ante tamaño desafío.

Entonces, milagrosamente, surgió el aviso en el periódico mediante el cual se ofrecía a grupos familiares, cuyos jefes de hogar contasen con una calificación técnica, participar de la colonización de aquel pueblo ubicado en la undécima región, cercano a Cochrane y a la línea fronteriza que separaba al país del territorio argentino.

Quien primero se entusiasmó con la idea de trasladarse hasta la zona austral fue el pequeño Carlitos, un mocoso de doce años de edad, vivaz e ingenioso, que llevaba en su sangre los genes de la madre y, en el corazón, la solidez emocional de Bernardo.

Luego de semanas de conversaciones y discusiones, de leer y releer toda la literatura que sobre esa zona lograron conseguir, después de haber gastado las líneas de los mapas australes y de haber asistido a más reuniones que las necesarias con los funcionarios del ministerio de Bienes Nacionales, Julieta y Bernardo hicieron prolongado acopio de la documentación requerida –desde los certificados de nacimiento hasta papeles de recomendación laboral extendidos por los respectivos empleadores- para  enfrentar finalmente el único examen que preocupaba sus esperanzas..

Ahítos de aprensiones, una tarde de fines de junio cuando la lluvia mojaba quedamente la avenida Providencia, se sometieron   al reconocimiento profesional que les haría una doctora designada por los hombres del ministerio.

Hubieron de asistir a exámenes odontológicos, radiografías, electrocardiogramas, análisis de sangre y orina, sesiones largas con otros individuos que desarrollaban profesiones que jamás habían imaginado que existían, hasta que una mañana de sábado recibieron los resultados dentro de un enorme sobre sellado que guardaron como un tesoro de incalculable valor.

Habían sido aceptados para viajar en el “Capitán Wellington” hasta la zona austral que se consideraba el primer destino geográfico de la empresa colonizadora, desde donde se les transportaría por vía terrestre, luego de balsear un par de lagos menores, al nuevo pueblo que el gobierno venía instalando cerca de la frontera chileno-argentina, y que poseía un nombre que encantó a Conny, pese a que desconocía de qué se trataba, al igual que el resto de su familia.

“Los Piches”.

Vendieron sus enseres tratando de no perder demasiado dinero por el apuro y Bernardo, cauto como de costumbre, se resistió a transformar su casa en un manojo de billetes, por lo que logró un buen acuerdo con don Hugo, el propietario de la botillería del barrio, quien le arrendó el inmueble comprometiéndose a depositar mensualmente el dinero del alquiler en la cuenta de ahorros que el matrimonio abrió para Constanza y Carlitos en una entidad bancaria.

A las ocho de la tarde del cinco de septiembre, subieron al bus que les transportaría hasta Puerto Montt, ciudad que disfrutaron como si se tratara de la última frontera y lumbre humana que verían en el resto de sus vidas.

Tres días más tarde, con un cielo encapotado y triste, se embarcaron en el viejo barco que lucía pomposamente el nombre del vencedor de Napoleón.

Era el “Capitán Wellington” una nave orgullosa de su historia, pues había surcado mil veces los mares australes llevando mercaderías y vida a los habitantes de los lugares más remotos y recónditos de la undécima región, aunque su capitán reconocía hidalgamente que nunca sus pies recorrieron las tierras últimas donde hacía cuatro años había comenzado a levantarse un pueblo nuevo, un asentamiento humano llamado “Los Piches”, con el cual el gobierno decidió reforzar la soberanía en parajes de belleza sobrecogedora y solidificar la presencia nacional en escenarios que pertenecían al país de la estrella solitaria, pero que podían ser amagados por vecinos inquietos y audaces que pretendían adueñarse de los sonidos del silencio que retumbaban entre los picachos nevados y los lagos de aguas esmeraldas donde sólo las avutardas, caiquenes, lengas, quilas y muticias  elevaban sus estaturas desde los tiempos que otra raza, ya casi extinta, surcó sus soledades sin tener más competencia que el viento y la nieve, eternas componentes de la acuarela vomitada por la naturaleza en el hábitat último de la magia divina.

El viaje fue soportado estoicamente por Conny y Carlitos, pero Bernardo adquirió un color amarillento no bien la nave ejecutó su primer bamboleo al salir de Angelmó, aunque no emitió queja ninguna ni otorgó miradas de reproche a Julieta, quien trató de permanecer el mayor tiempo en cubierta para llenar su alma y su físico de la nueva estructura paisajística y climática que constituiría su nuevo hogar.

De vez en cuando, alzaba la vista hacia el cielo buscando el rostro de Dios entre las nubes que parecían galopar arrastradas por vientos que no reconocían procedencia ni destino, para impetrarle su ayuda, solicitarle fortaleza y una dosis de fe superior a la que ya había gastado en procura de un bienestar para su hija en el ahora lejano Santiago.

Pensaba y pensaba….tratando de imaginar cómo sería la estructura del pueblo, cómo estaría conformada la pequeña escuelita que albergaba a los treinta y siete niños que componían su matrícula, qué características tendría el otro  profesor que conformaría junto a ella la planta docente, cuál sería la dimensión exacta de la casa que el gobierno había dispuesto para ellos, cuán duros podrían manifestarse los inviernos en esos parajes y cuán capaz sería Bernardo para aceptar un trabajo administrado y coordinado por miembros de las fuerzas armadas que habían sido enviados al lugar como primera avanzada, cuatro años atrás.

Todas sus preguntas serían aclaradas muy pronto, pues el capitán daba órdenes a su tripulación de acercarse a tierra y el ruido de los motores era ya una especie de ronroneo en reversa, indicativo claro de estar frenando su potencia para deslizarse con suavidad hasta algún muelle que nadie, a excepción de la marinería, podía ver desde cubierta.

La llovizna, bruscamente, se convirtió en aguacero y una cortina blanca cubrió el panorama, dificultando el trabajo de los hombres que se encargaban del desembarco de víveres y enseres pertenecientes a la familia que debía continuar viaje, inmediatamente, hacia el interior de esa costa agreste y húmeda.

Dos horas después, Julieta y los suyos, disfrutando del tibio ambiente de la cabina amplia del vehículo militar que los trasladaba a su futura vida, miraban con cierta preocupación los contornos de la ya lejana costa que se alejaba a sus espaldas, mientras la lluvia aumentaba su violencia empapándolo todo, incluyendo las nostalgias santiaguinas de los recién arribados.

Pese a que la tarde era aún joven, el cielo se ennegreció y las sombras impusieron su presencia transformando el paraje en un cuento de hadas tenebroso, donde sólo faltaba el castillo malvado que empinara sus tétricas techumbres tras el bosque.

Un relámpago permitió observar el contorno e intuir que se había levantado viento, ya que las copas de los árboles se mecían ostensiblemente y el agua que caía desde el cielo encapotado era arrojada en rachas contra el parabrisas del vehículo, cuyas plumillas denotaban dificultad para mantener limpio el vidrio.

Conny, ensimismada como siempre en sus propios pensamientos, mostraba una calma irritante pues se dedicaba sólo a mirar los detalles de esa bienvenida acuosa y fría que, para ella, por cierto, constituía una absoluta novedad.

Bernardo tampoco emitía opinión alguna, manteniendo su cabeza gacha y fumando un cigarrillo como si estuviese ausente de todo aquel espectáculo. Tenía su propia opinión respecto de ese viaje, ya que esperaba poder regresar a Santiago antes de un año, convencido de que Julieta no podría soportar la dureza del clima y la soledad del lugar, por lo que sería ella misma quien solicitaría abandonar la aventura. Sí, la aventura… porque eso era todo… una aventura surgida de la desesperación de una madre. Y su propia esposa le agradecería más tarde el no haber vendido la casa en la comuna de San Miguel, aplaudiéndole su aprensión respecto del éxito de aquella pretendida colonización.

Enfrascada en un mutismo decidor, Julieta se preguntaba cuán acertada había sido su decisión y cuestionaba la capacidad de Conny para soportar las nuevas exigencias que el destino presentaba ante ellos.

“Los Piches”, pensaba, “¿cómo será ese lugar realmente? ¿Qué tipo de personas vivirá allí?”

El resto del trayecto lo realizaron en silencio, acompañados por una precipitación formidable que no resultaba suficiente para entorpecer el trayecto del vehículo ni dibujaba preocupación en los rostros de los jóvenes conscriptos que les conducían al interior.

  • Papá, ¿cómo crees tú que es el pueblo al que vamos? –preguntó el vivaz Carlitos, quien se había entretenido con el concierto de fulgurantes relámpagos que horadaban los nubarrones.
  • No lo sé, hijo, no lo sé. Sólo espero que allí viva gente buena y que ustedes puedan ser felices en ese lugar.

Al anochecer llegaron a un grupo de cabañas levantadas a las orillas de un lago, donde pudieron descansar y disfrutar del calor proporcionado por una enorme chimenea, así como de una comida caliente y cómodas camas.

No bien amaneció –aunque todavía el panorama estaba muy oscuro- el viento de la noche se diluyó y una brisa suave permitió que el ánimo de los viajeros mejorara.

Desayunaron en medio de bromas y chistes, acompañados por los tres soldados que habían llegado con ellos a las cabañas y que les apuraban amistosamente para reiniciar el viaje.

  • Debemos cruzar el lago antes de las diez de la mañana –dijo uno de ellos- porque después vuelve a levantarse viento.
  • ¿En la otra orilla nos espera un transporte también? –preguntó Bernardo.
  • Sí, pero no se trata de un vehículo militar sino de carretas.
  • ¿Carretas? –Carlitos alzó su cara con la sorpresa pintada en sus ojos- ¿Cómo esas que usan los vaqueros en las películas?
  • Positivo, como esas.
  • Papá, vamos a viajar igual que en el oeste –aplaudió el chiquillo.

Julieta prefirió no mirar a su marido y comenzó a juntar los pocos enseres que la noche anterior trasladaron hasta la cabaña, ya que el grueso de sus cosas se mantuvo dentro del vehículo.

  • ¿Esta noche llegaremos a Los Piches? –preguntó nerviosa.
  • No señora, al atardecer deberemos estar en Los Marcos –contestó el mismo conscripto con tranquilidad- Ahí hay una pequeña laguna que también habrá que balsear, y recién mañana al mediodía nos toparemos con Los Piches.
  • ¡Dios mío! –suspiró desolado Bernardo, que de inmediato encendió un cigarrillo.
  • No se preocupe señor –terció de inmediato otro de los conscriptos desde el lado opuesto de la mesa- Se trata de un lugar hermoso y le aseguro que hay una celebración magnífica esperándoles.

Julieta miró a Conny de reojo; la hermosa muchacha, por primera vez desde que salieron de Puerto Montt, esbozó una sonrisa tímida.

  • ¿Qué significa ese nombre? –preguntó Carlitos divertido.
  • ¿Los Piches? –respondió el joven soldado- Hum… un piche es un animal pequeño, una especie de armadillo, típico de esta zona, como las avutardas.
  • ¿Y qué es una avutarda? –insistió el niño.                         

C  A  P  Í  T  U  L  O    I I

  • ¡Bien! Creo que esto ya está listo. Quizá tengas razón después de todo; será la mejor “casa de inicio” que haya habido en Los Piches, y tú eres el responsable.

Mostró sus encías desdentadas en lo que simulaba ser una expresión de afable complicidad, juntando las manos manchadas de pintura y masilla, contemplando el rostro juvenil de su acompañante con los ojos huidizos que se adivinaban tras la  línea sesgada de sus párpados arrugados que no trepidaban en abrirse con solemnidad cuando la ocasión lo requería –acto que Jonathan estaba esperando como demostración palpable de reconocimiento a su trabajo-, pero que en ese instante no denotaban atisbo alguno de tal cosa.

El viejo, ladino y cazurro, sabía cuál era la esperanza del muchacho, tanto como entendía a la vez que reiterar congratulaciones terminaría por aburrir al joven e insuflaría en su bisoño espíritu un acostumbramiento que, a la postre, derivaría en desidia por el trabajo ya que lo majadero aburre y lo empalagoso genera hastío.

Giró sobre los talones de sus botas y redondeó la sala con sus ojos pequeñitos, mirando la pared recién pintada y abriendo los brazos en un gesto que le era característico si algo le parecía bien. Suspiró largamente antes de exteriorizar su opinión final, que entregó a Jonathan aderezada con una nueva invitación que sonó casi como una orden.

  • Trabajaste muy bien, “Avutarda”. Esto quedó bonito y agradable. Pero va a ser necesario traer leña y encender la salamandra, porque en veinticuatro horas más llegará la familia Cáceres Bastías y estoy seguro que andarán entumidos.
  • No hace mucho frío –respondió el joven, levantando su cabeza para atrapar en sus narices la temperatura ambiente.
  • Tú estás acostumbrado al clima. Llevas cuatro años por estos rumbos y vives correteando por allá afuera como si fueras un pájaro.
  •  Por eso me dicen “Avutarda” –aseguró el muchacho con simpleza.
  • Hum…sí. Por eso y porque es fácil pillarte volando bajo.
  • ¿Volando bajo? –preguntó Jonathan con cara de asombro.
  • Ay, hijo, olvida lo que te dije –contestó el viejo cambiando su semblante- Mejor anda a buscar la leña que te pedí.
  • Don Arcadio….
  • Dime…
  • ¿Por qué los chicos de don Ulises a usted le dicen “Quillayquén”?
  • Es una vieja historia, muchacho, muy vieja.
  • ¿“Quillayquén” es un ave también? –inquirió el joven.
  • No, es un cerro… un cerro grande –contestó el anciano entornando los ojos, pues los recuerdos se agolparon en su mente- Y basta de preguntas. Trae la leña, pronto, porque si no entibiamos esta casa desde ahora mismo, mañana estará más helada que el lago Carrera y nuestros nuevos vecinos morirán congelados en su primera noche.

Arcadio observó al joven en su tranco cansino hacia el exterior y se preguntó por qué Dios cerraba algunas puertas a quienes requerían transitar alegremente por sus dominios, ya que el cuerpo atlético de Jonathan, además de su cara agraciada, con ese pelo castaño abundante que caía rizado sobre una frente hermosa y cubría el color café de unos ojos sinceros y brillantes, merecía contar también con una mente despierta y vivaz.

“¿Qué va a ser de este ‘cabro’ si su papá muere?”, se preguntó el viejo. “La vida por estos rumbos es dura, si no lo hei de saber yo. Tiene buenas aptitudes de carpintero y mueblista, pero sin capacidad mental está fregado no más. Y pa’rematarla, su mamá se fue al cielo hace diez años”.

No había persona en Los Piches que no quisiera al “Avutarda”. Se ganó el cariño de todos con su simpleza y su forma grata de ofrecer colaboración en cualquier cosa, además de ser hijo del único profesor de la escuelita del poblado, don Felipe Ortega, un hombre trabajador, sencillo y culto, que se deslomaba cada día de la semana, incluyendo los domingo, para tenerle a los chicos materiales y sorpresas que lograran su atención – insertándolos en la calidez de las tres salas que conformaban el establecimiento- evitando que desertaran tempranamente para dedicar sus vidas a labores madereras, como casi todos los hombres de la zona, pese a que poseían oficios calificados que en ese lugar les servían de poco y nada.

Ayudado por el muchacho, Arcadio armó el fuego dentro de la salamandra y se mantuvo absorto en la contemplación de las chispas que arrancaban de la lengua anaranjada y violeta que subía por el cañón metálico, succionada por el tiraje del cilindro negro para perderse en la inmensidad del cielo gris, convertida en humo, señalando que en esa casa la vida comenzaba.

  • ¿Cuántos años tienes “Avutarda”? –preguntó el viejo, mirándole de reojo.
  • Veintitrés… ¿y usted?
  • ¿Yo?… todos….

Jonathan rió de buena gana y abrazó al hombre con alegría. Estaba muy contento. Habían hecho un magnífico trabajo en esa vivienda y su padre iba a estar muy orgulloso de él, sobre todo cuando el sargento Alvarez le contara que era la casa más linda del pueblo. Ojalá que esa familia santiaguina que iba a llegar al día siguiente, también pensara lo mismo.

“¿Cómo serán los nuevos vecinos?”, se preguntó.

  • ¿Traerán ellos la luz eléctrica?
  • ¿Quiénes? ¿Los colonizadores que llegan mañana? –inquirió extrañado Arcadio.
  • Claro, ellos pues. Como vienen de Santiago….
  •  “Avutarda”, tus hijos, y los hijos de tus hijos, seguirán usando el motor petrolero que genera energía, que está muy bien cuidado en la “fábrica” que tienen los militares, y aún no habrá llegado la luz eléctrica a Los Piches.
  • Lástima, ¿no?
  • Sí, es una pena. Pero por estos lados, la gente ha vivido sin luz eléctrica desde que Dios creó el mundo.

Dejaron la casa y se dirigieron, cada quien, a su respectivo hogar luego de despedirse con un leve apretón de manos.

Jonathan gastó largos segundos en observar con una sonrisa en los labios el vuelo de un par de avutardas que se dirigía al lado argentino, desviando luego su atención hacia el espacio que dejaban las nubes y por el cual logró distinguir una estrella en el cielo azul tenue.

  • ¿Vivirá alguien allá arriba? –preguntó al aire- ¿Tendrán luz eléctrica?

Metió las manos en los bolsillos de su chaquetón y echó a andar rumbo a la parte alta del pueblo.

Por su traviesa mente circulaba la idea de poner en práctica sus habilidades de constructor y levantar una cabaña en el lado norte de Los Piches, al otro costado de la colina que escondía la pequeña laguna que visitaba junto a su padre de tarde en tarde.

Hacía meses que el plan revoloteaba por su cabeza, por lo que había dibujado decenas de croquis que mantenía ocultos en el cajón del velador en su habitación, pero aún no lograba decidirse por ninguno.

¡Iba a construir esa cabaña, y sería la envidia de todos!

Ella sería su refugio.

09 DE SEPTIEMBRE DE 1978

EN “VIENTO PAMPA” …

TERRITORIO ARGENTINO.

Juan Carlos Silveira era un tipo práctico.

Si algo no funcionaba de acuerdo a lo que requería, buscaba una alternativa y seguía intentando obtener respuesta a lo que sus propios objetivos habían trazado, lo que permitía que muchos de sus subalternos y superiores le considerasen tozudo y voluntarioso.

También se le podía considerar un hombre duro.

Conocidas eran sus actuaciones de policía en los barrios marginales de Buenos Aires, especialmente aquella de Villa Devoto, en la Intendencia de Lomas de Zamora, al sur de la capital, cuando se enfrentó a golpes y cuchilladas con un grupo de malhechores que pretendían asaltar un local de expendio de alcoholes en la madrugada de un sábado.

Resultó severamente herido por dos cortadas en el muslo de su pierna izquierda –se encontraba actuando solo, sin compañía de otros agentes- lo que no fue óbice para levantarse del suelo y, rengueando, subir al automóvil policial e iniciar una persecución que le llevó hasta las cercanías de Ezeiza, donde finalmente acorraló a tres de los delincuentes y los abatió a balazos.

La prensa de la época destacó con grandes titulares la acción del agente, resaltando en las crónicas la sangre fría y el valor de aquel hombre, quien llevó los cuerpos inertes de los delincuentes hasta una estación de policía para, después, dirigirse por sus propios medios a un centro asistencial.

Pero, era esa una cualidad física solamente –soportar el dolor en combate- ya que su vida había caído en profundo ostracismo desde el día que Genoveva, su esposa, harta quizás de soportar noches en vela y meses completos de soledad, encontró la compañía de otro varón y decidió poner fin a un matrimonio inconducente, habitante del sobresalto y la angustia.

Juan Carlos no intentó convencer a su mujer para mantenerse a su lado; ni siquiera luchó, ni protestó al recibir la descarnada confesión. Sólo dio un beso a Genoveva en su frente, arregló algunas maletas y se marchó del apartamento. Tras él quedaba únicamente el amor marchitado y los recuerdos de algunas jornadas románticas que, en ese momento, eran insuficientes para arreglar la situación.

Solicitó a sus superiores la autorización para vivir en la estación de policía; allí llevó sus huesos y su decepción.

Continuó trabajando con vehemencia y responsabilidad. Siempre en las calles, solo y de noche, buscando las instancias de mayor peligro sin temer a las heridas ni a la muerte.

Una mañana, su jefe, el capitán Pablito Diéguez, le comunicó que debía concurrir al Ministerio del Interior pues allí le esperaba el subsecretario Orlandini para una entrevista. El oficial le confidenció que desconocía absolutamente el tema.

Haciéndose miles de conjeturas, Juan Carlos se presentó a la cita vestido con uniforme de reglamento. En una amplia oficina, el subsecretario le recibió gratamente y presentó a los dos hombres que le acompañaban. Eran oficiales de alta graduación de la marina argentina, pero vestían como civiles en aquella oportunidad.

Sin rodeos ni alambicados prolegómenos, Orlandini explicó el motivo de la entrevista.

La vecina república chilena había comenzado a levantar un poblado en la zona llamada Los Piches, al este de Cochrane, cercana a la frontera (“demasiado próximo a ella”, dijo el subsecretario), con la intención de asegurar la soberanía en aquellos lugares, justo en el momento coyuntural en que ambas naciones debatían sus derechos sobre el canal Beagle y los pasos interoceánicos, con resultados negativos hasta ese instante, lo que bien podría provocar un conflicto armado de proporciones incalculables.

  • No dimos mucha importancia al tema el año pasado –explicó el subsecretario- pero el almirante Leporatti, que es un zorro, intuyó algo más en todo esto. Cree que resultaría nefasto intentar un reclamo airado en los foros internacionales –Chile tiene el absoluto derecho de crear pueblos dentro de su territorio- por lo que ha estimado conveniente que respondamos con una acción similar.
  • ¿Fundar también un pueblo? –preguntó Juan Carlos, dudando que ese fuera el tema de la reunión, ya que, si así era, ¿por qué le llamaban a él?
  • En eso estamos, sargento Silveira –uno de los oficiales de la Armada intervino en la conversación- Hemos descubierto que, a escasos diez kilómetros de Los Piches, en nuestro territorio, existe un llano extendido, apto para la maderería y ganadería, en el cual podemos levantar un villorrio y contrarrestar las aspiraciones chilenas de conseguir dominio sin contrapeso en esa zona.
  • Nuestra idea es replicar lo que han hecho los vecinos de la “franjita” –apuntó el otro oficial- para ello podríamos llevar hasta allá familias que viven en Buenos Aires y que no tienen muchas probabilidades de mejorar su status económico en esta ciudad, pese a que los jefes de hogar puedan ser trabajadores calificados.
  • ¿Chile movilizó gente de otras provincias? –inquirió Silveira.
  • De Santiago, específicamente. ¿Por qué? Pensamos que la respuesta puede ser un albur, pero no tenemos otra explicación. El gobierno de Santiago, al igual que el nuestro, sabe que la población existente en esos lugares australes posee un sentimiento de fuerte aprecio hacia nosotros, y ello es recíproco, ya que allí las fronteras pueden ser fácilmente traspuestas en verano, lo que permite a argentinos y chilenos cruzar de una banda a otra para comprar mercaderías, negociar animales y maderas, solicitar apoyo en casos necesarios e, incluso, asistir a fiestas y celebraciones.
  • Y bueno… ¿qué tiene de malo eso?
  • Civilmente nada, militarmente mucho –explicó Orlandini- En caso de conflicto bélico, tendríamos allí una zona de exclusión de batalla, un forado por donde sería fácil incursionar con intenciones…
  • ¿Hay algún regimiento en esos lados?
  • Oh, no. Imposible. Quien traslade hasta allí fuerzas armadas, puede darse por derrotado en las Naciones Unidas respecto de la disputa del Beagle. Entonces, la única solución es la que llevan a cabo los chilenos. Y la respuesta nuestra no puede sino ser algo similar, pero mejorada. Vale decir, llevar colonizadores que no sean de la zona, sino de ciudades grandes, donde la población no manifiesta ningún aprecio especial por los vecinos de allende los Andes. Eso constituye una garantía de tranquilidad para el generalato. Los chilenos han trasladado más de quinientas personas desde Santiago, y siguen llegando nuevas familias. 
  • Una pregunta, señor, con el debido respeto, si usted me permite. ¿Qué tengo que ver yo con esto?
  • No ha sido una decisión fácil, sargento –terció uno de los oficiales, poniéndose de pie para dirigirse hacia el escritorio del subsecretario donde había un voluminoso alto de expedientes- hemos revisado exhaustivamente los historiales de decenas de candidatos y, créame, siempre llegamos al mismo nombre. El suyo.
  • ¿…………………?
  • Alguien tiene que hacer de cabeza visible en el nuevo asentamiento. Se trata, lisamente, de mantener ordenada a una población conformada por civiles -bonaerenses por añadidura- y la gente nuestra, me refiero a la Armada, no cuenta con personal especializado para tales misiones. Se requiere de un hombre de armas, cierto, pero habituado al trato con la civilidad y respetado o temido por ella, que dé garantías de obediencia y disciplina hacia nosotros.  ¿Entiende ahora?
  • Por otra parte, sargento, usted no tiene nada que lo ate a Buenos Aires ni a ninguna provincia en particular.

A la una de la tarde, el sargento Juan Carlos Silveira almorzaba en una de las mesitas que componían el restaurante de uno de los tantos negocios similares que existían en el barrio boquense de Caminito, haciéndose a la idea de tener que partir a la zona austral dentro de quince días, junto a miembros del ejército, para iniciar los trabajos de acondicionamiento de un llano extendido en el que se levantaría un nuevo pueblo, cuyos habitantes ya estaban siendo reclutados por personas que laboraban en oficinas e instituciones que jamás pensó que podían existir en Argentina.

Fue separado al día siguiente del cuerpo de policía e integrado a la nómina directa del Ministerio de Defensa, capacitándosele en materias de geografía y psicología para entregarle la responsabilidad directa del programa “Viento Pampa” con una sola exigencia, que en ese momento él no fue capaz de proyectar. El apoyo le sería otorgado por un grupo en terreno; no una persona únicamente, sino dos mujeres designadas por el generalato. Ambas profesionales, pertenecientes a las filas del ejército y con hojas de vida excepcionales, pero resaltando en cada una de ellas la particularidad de ser calificadas como “elementos indisciplinados en la vida civil”. Las mujeres también habían sido separadas de las fuerzas armadas y pasaban a depender directamente de él. Serían sus asistentes más cercanas.

Miró de nuevo los expedientes y las fotografías, releyendo lo que había visto horas antes, buscando nuevos antecedentes que le fueran de mayor utilidad en terreno. Nada encontró que le sirviera para agregar datos a los que ya conocía, pero concluyó que sería interesante vivir el momento de las presentaciones, ya que, de acuerdo a lo mostrado en las fotos, las dos damas eran hermosas.

Moira D’Angelo y Paola Tarantini según sus fichas, poseían el mismo recorrido profesional y militar.

Egresadas de la Universidad de Buenos Aires con estudios de ingeniería el año 1967, compañeras de curso y carrera, habían ingresado al ejército a través de un concurso que las transformó en becarias y les hizo viajar a los Estados Unidos, donde realizaron una extensa práctica de tres años en la NASA, para regresar a la capital argentina e integrarse de inmediato al equipo de técnicos que manejaba el ejército en una unidad estratégica cerca de Rosario. Tres años más tarde, tuvieron una lamentable participación en la gresca que se armó al interior de la unidad, cuando un oficial intentó propasarse con una de ellas –Paola- y fue defendido por el capitán a cargo del grupo. Hubo sumarios internos, investigaciones y contra interrogatorios, pero no existieron sanciones para los oficiales, trasladando a las mujeres a una oficina del Ministerio en Buenos Aires donde se encontraban actualmente.      

En los últimos dos años, Moira y Paola habían asistido a variados cursos de especialización –cuyos contenidos se omitían en el expediente- tanto dentro como fuera del país.

En ninguna parte se aclaraba cuáles eran las funciones que las damas cumplían en el organismo gubernamental, lo que extrañó a Silveira. Pero las cualidades de ingenieros soldados, acostumbramiento a condiciones difíciles del terreno y la experiencia impagable de haber estado años confinadas a la soledad de un puesto militar, rodeadas de varones y haber salido indemnes de todo aquello, fueron méritos suficientes para el razonamiento que Juan Carlos hizo en aquel momento.

El día que las conoció personalmente, pues le fueron presentadas en la oficina de Orlandini a la semana siguiente de la primera entrevista, debió aceptar que eran hermosas y más jóvenes de lo que mostraban las fotografías.

Le impresionó, particularmente, Moira D’Angelo y su metro setenta. Pelo corto, castaño; ojos cafés almendrados, nariz respingada; barbilla fuerte; de contextura más bien delgada, pero sólida; labios sensuales, con un leve maquillaje, dentadura firme, alba y pareja. Había algo en las facciones de la mujer que ponía nervioso a cualquier interlocutor, agregando a ello que sus movimientos eran gráciles, estudiados, seguros y calmos. Habló poco esa mañana, pero sus intervenciones fueron precisas y sus juicios, certeros.

Paola Tarantini, en cambio, era locuaz, sociable, asertiva. Algo más baja que su compañera, tenía un físico que haría suspirar a cualquier “gigoló”. De cabello rubio, también corto, y con sus ojos verdes la joven carecía de la estampa ingenieril que se esperaba en una mujer. Juan Carlos reflexionó para sí, que esa chiquilla bien podía estar decorando la portada de una revista de espectáculos.

“Demasiado parlanchina y algo tonta”, se dijo Silveira, “pero si logró un título universitario y fue contratada por el ejército, algo de sesos tendrá”.

Con ellas trabajó el resto del tiempo que estuvo en Buenos Aires, comprobando que ambas eran excelentes elementos, trabajadoras y eficientes, por lo que hubo de cambiar su opinión inicial respecto de Paola, en quien descubrió a una profesional seria y acuciosa, pero cantarina, habladora.

En pocas semanas lograron trasladar vía aérea y marítima los elementos necesarios para “armar” las primeras construcciones en Viento Pampa, con la ayuda permanente de la Armada, hasta que Silveira se dio por satisfecho, a comienzos del mes de abril, autorizando el viaje de las primeras familias colonizadoras que estaban conformadas por carpinteros, mecánicos, electricistas y auxiliares paramédicos.

Ese primer año fue en extremo duro, pues debieron soportar las inclemencias del tiempo con escasos elementos.

Sobrevivieron, con algunas dificultades para el ganado menor que, no obstante, presentó una clara tendencia reproductiva, asegurándoles alimentación fuerte y, lo que era más importante, confianza en el futuro de la misión.

El año siguiente ofreció menos ulterioridades, pues llegaron cuarenta y dos familias nuevas que trabajaron bajo su mando, siguiendo las instrucciones de Moira y Paola, para levantar más viviendas, graneros, comercio y una escuela.

En febrero, con un cielo límpido y fresco, se aventuró en un corto viaje a caballo hasta el borde fronterizo, donde no encontró presencia humana y, acicateado por la curiosidad, se aproximó hasta el pueblito de Los Piches para evaluar la situación en que se encontraban los chilenos.

Estos habían logrado avances notables en su proyecto. El poblado mostraba un desarrollo superior, producto de la estructuración de un plan regulador más afinado, con cinco manzanas cuadradas que dejaban en su centro una plaza de amplio círculo. A su alrededor se levantaban edificios más grandes que el resto de las casas. Deberían corresponder a organismos oficiales, ya que en ellos flameaban banderas de tres colores –rojo, blanco, azul- con una estrella en el sector alto izquierdo. Sus calles, al igual que en Viento Pampa, se encontraban encharcadas por la última lluvia, dejando sobre el piso un barro batido que dificultaba el paso de vehículos motorizados, por lo cual se prefería el uso de caballos y carretas. Había movimiento en el pueblo; gente que circulaba calmadamente de un sitio a otro; yuntas de bueyes tiraban colosos cargados con maderas y otros materiales… en definitiva, esos chilenitos le llevaban delantera ostensiblemente. Incluso logró detectar la existencia de motores petroleros que generaban energía para permitir la iluminación de las viviendas y, quizás, una que otra maquinaria de carácter industrial.

Regresó a Viento Pampa con la sensación que los próximos meses tendrían que ser caracterizados por un trabajo duro, pues aquellos vecinos de Los Piches no mostraban desidia ni flojera.

Pensó de inmediato en colocar cierto control en la línea fronteriza, ya que no podía permitir que algún chileno –en especial si se trataba de militares- pasara a territorio argentino para evaluar el avance que la colonización tenía allí.

Lo conversó con la Tarantini apenas bajó de su caballo, y la rubia coincidió con su opinión, pero agregó algo que escapó de su entendimiento y le dejó dubitativo.

  • Tenemos que buscar un paso escondido, diferente. Debemos conocerlo solamente nosotros tres, nadie más. Cuando comience la temporada invernal, Moira y yo deberemos acercarnos a las colinas precordilleranas que están a cinco kilómetros de Los Piches, hacia el lado norte. Esa es la parte más importante de esta misión.

Las mujeres cumplieron cabalmente esa aseveración.

Durante el invierno del segundo año en Viento Pampa, Paola, Moira y uno de sus ayudante, un tal Néstor –seguramente miembro de la Armada- visitaron cuatro veces el lugar mencionado por la Tarantini, atravesando la frontera a medianoche, sin importarles el clima lluvioso y frío, para permanecer en lado chileno uno o dos días y regresar con apuntes, mapas y cintas que evaluaban discretamente en la casa que albergaba a las ingenieras, las que eran transportadas por Néstor hasta el lejano puesto militar que se situaba cien kilómetros al este del pueblo.

Si bien nunca preguntó a las damas cuál era el tenor de esas informaciones, ya que suponía se trataba de material militar clasificado, hubo momentos en los que dudó respecto de esa idea, sobre todo por el tipo de material que las chicas llevaban en mulos hacia el sector chileno a medianoche…equipo que no regresaba con ellas cuando aparecían de vuelta en el poblado, al día siguiente.

Además, el mutismo de las inefables profesionales le obligaba a pensar que algo importante se le había ocultado en Buenos Aires y, por lo tanto, la historia de un posible conflicto bélico con Chile no era precisamente el motivo principal de esa dura misión colonizadora.

Sus aprensiones se transformaron en irritante molestia cuando, al tercer año, las mujeres recibieron a un grupo de hombres que reconocían autoridad únicamente en Moira y en Paola, acompañando a las ingenieras y a Néstor al lado chileno, moviendo nuevos aparatos y equipos cuya utilidad le era desconocida.

Luego de mucho masticar el asunto, Silveira tomó una decisión.

La madrugada del ocho de septiembre de 1978 cabalgó hasta la frontera junto a tres hombres de su dependencia, con la compañía de don Facundo, un viejo baqueano de la zona al que había convencido de trasladarse a Viento Pampa el mes anterior.

Recorrieron de sur a norte lo que suponían el hito divisorio con el país vecino, bajando y subiendo hondonadas peligrosamente cubiertas por nieve blanda que precipitara dos días atrás, parapetándose tras enormes formaciones rocosas y saltando arroyos estrechos en los que las avutardas bajaban a beber desaprensivamente, buscando el paso ignoto que utilizaban las mujeres para colarse en suelo chileno con sus extraños implementos.

No encontró el desfiladero que mencionó Paola a uno de aquellos hombres que le ayudaban, y como el viento comenzó a soplar con mayor fuerza, amenazando enviar otra nevada que ocultaría las huellas e hitos que utilizó para acercarse a la frontera, ordenó regresar a Viento Pampa, arrastrando consigo la decepción del fracaso.

Pero era un hombre duro y tozudo.

Volvería a intentarlo, y cuando supiera con exactitud el motivo de los viajes de las mujeres, las encararía directamente.

El cielo se había encapotado con negras nubes y el día murió de inmediato, lo que apresuró el regreso.

Un brillo extraño, de color violáceo, pintó el paisaje a las espaldas de los jinetes y encabritó a los caballos que caracolearon brevemente, siendo dominados por los hombres con fuertes golpes de riendas.

Juan Carlos giró sobre su tronco, afirmando las manos en el fuste de la montura, y trató de determinar el origen del resplandor.

La luminosidad desapareció tan rápidamente como se había producido, dejando a Silveira y a sus acompañantes con una enorme duda en sus corazones.

  • ¿Qué mierda?… -alcanzó a decir, pero la oscuridad era ya total.

Comenzó a nevar copiosamente.

Viento Pampa les esperaba a menos de tres millas.

Al oeste, en Los Piches, Jonathan también había presenciado el fulgor violeta desde la ventana de su dormitorio. Sin expresar ansiedad, el joven salió de su casa y se dirigió al pequeño galpón donde guardaba sus herramientas. Las juntó, una a una, las ordenó pacientemente y luego de envolverlas en una lona de color verde, regresó a su hogar para elegir las vestimentas que necesitaría.

Al día siguiente iría hasta la colina que orillaba la pequeña laguna, donde comenzaría a construir la cabaña que se constituiría en su refugio.

A escasos metros de su posición, alguien había estado observando con atención sus movimientos entre la casa y el galpón.

Con la cabeza levemente inclinada hacia el hombro izquierdo, Conny miraba con agrado la prestancia del andar del joven y esbozaba una sonrisa cariñosa que se reflejó en el cristal de la ventana principal del comedor de la cabaña que, días atrás, Jonathan y el viejo Arcadio habían preparado para la nueva familia santiaguina que se radicaría en Los Piches.

C  A  P  Í  T  U  L  O    I I I

Fue Arcadio el responsable de las presentaciones formales.

La tarde en que los Cáceres Bastías arribaron al pueblo montada en las carretas del ejército, se percató de inmediato que para Jonathan los tiempos de soledad iban a terminar.

Le bastaron algunos minutos junto a Constanza para concluir que la hermosa chiquilla debería convertirse en la mejor amiga del hijo del profesor, por lo que se prometió a sí mismo apurar las cosas para que se conocieran a la brevedad.

Después de todo, él también requería mayor libertad de movimiento en su trabajo, y a pesar que nunca le había molestado la presencia del muchacho, era hora de desprenderse por un tiempo de la sombra de Jonathan y poder compartir con sus viejos amigos algunas noches de  licor y juego de “truco”.

Con la excusa de requerir ayuda en el traslado de los últimos muebles que habían quedado guardados en uno de los galpones militares, solicitó a Jonathan que le acompañase a transportarlos hasta la vivienda de los Cáceres Bastías, donde Conny contemplaba el ir y venir de sus familiares afirmada en el marco de la puerta.

Los muchachos engancharon rápidamente, cual guante en la mano, y sus ojos cruzaron miradas buscando en el iris ajeno aquel túnel ilusorio que conduce al lugar sagrado e íntimo del alma donde se cobijan los verdaderos sentimientos.

Durante largo rato estuvieron contemplándose, sonriendo y mimándose sin palabras, ruborizados y nerviosos, comunicándose a través de una capacidad sensorial que sólo es posible en seres especiales, en personas propietarias de vidas limpias e inmaculadas que no fueran deudoras de la sociedad sino, por el contrario, acreedoras de amor y cariño.  Y ellos lo eran.

Gesticulando torpemente con sus manos, Arcadio intentaba avisar a Jonathan que la muchacha no era capaz de emitir una sola palabra –eso le habían dicho el señor Cáceres y el padre del joven, poco rato antes- mas, sus esfuerzos fueron vanos ya que el muchacho guiaba a la hermosa chiquilla calle arriba en un símil de coloquio que al viejo le pareció ininteligible.

Jonathan señalaba con sus manos a diestra y siniestra, deteniéndose a veces para observar hacia la parte norte del pueblo y acercar sus labios al oído de la chiquilla, confesándole algo que no lograba captar.

Cuando doblaron por la esquina del correo, les perdió de vista.

“El ‘Avutarda’ está más loco que una cabra”, pensó para sí, “de seguro que llevará a la chica hasta la colina de la laguna donde sueña con levantar una cabaña”.

Olvidó sus preocupaciones por la seguridad de ambos jóvenes al recordar que en ese lugar había hombres trabajando en la construcción de un puente de madera sobre el arroyo, por lo que estarían bien cuidados si algo malo ocurriese.

“¿De qué podrán hablar estos ‘cabros’ –reflexionó- si la rubiecita no habla ni mote y al ‘Avutarda’ le faltan gramos pa’l kilo?”

Abandonando sus aprensiones, el viejo volvió al trabajo y se desentendió de la pareja.

Mientras, el muchacho conducía a Conny por medio de un espeso bosque de lengas y coigües que dejaban en medio de ellos una senda estrecha orlada de hojas y humedad. Se respiraba fuerte aroma a vida silvestre, que se impregnaba en cada poro de la chiquilla haciéndole aspirar profundamente para atrapar la delgada maravilla de un aire fresco y puro, al extremo de sentir que sus pulmones, por primera vez, parecían funcionar de verdad.

Llegaron hasta la orilla del arroyuelo de aguas cristalinas donde siete hombres trabajaban construyendo el puente de madera; pasaron por su lado sin demostrar que se habían percatado de su presencia, y continuaron transitando lentamente, con todo el tiempo del mundo en sus bolsillos, hacia el lugar que provocaba ensoñaciones en Jonathan.

Más allá del arroyo, luego de recorrer un llano extenso caracterizado por hierba alta, se toparon con una laguna de mediana dimensión en cuya orilla oriental se levantaban tres colinas de similar altura y suaves lomajes. Detrás de ellas estaba el bosque de árboles altos que escondía los primeros farallones cordilleranos, de los que se escurrían aguas muy frías y cristalinas, de colores diversos, blanco, azulado, rojizo, verdoso, según fuera la conformación del suelo por el que atravesaban.

Más al norte de las colinas, una profunda quebrada en cuyo fondo se desplazaba el curso de un río turbulento y caudaloso, ponía fin al paisaje bucólico y originaba una geografía feraz y salvaje que moría en la cadena de montes altos donde sus cimas coronaban con nieves eternas la presencia de territorios jamás hollados por el hombre.

Era un ambiente de paz y serenidad que Conny apreció en todo su ancho.

La colina que estaba en medio era levemente más alta, y en su cima se extendía una planicie de suelo rocoso y firme. Desde allí podía observarse, en un día claro como aquel, las viviendas de Los Piches, situadas a tres kilómetros, tanto como las dos gargantas que más al sur de las colinas permitían el paso cordillerano hacia el territorio argentino, desembocando a menos de un kilómetro en el lado norte de Viento Pampa.

Conny estaba embobada por la maravilla del paisaje y la ferocidad natural de aquella zona. ¡Cómo le habría gustado contar con témperas y pinceles para retratar en el papel sus impresiones de ese momento!

Tomó asiento sobre una piedra y se dedicó a robarle el paisaje a la naturaleza para grabarlo en su mente.

Jonathan caminó hasta el centro de la planicie y abrió las piernas en actitud de guerrero conquistador, con su brazo dibujó un círculo en el aire y regaló a la joven sus más secretas esperanzas.

  • Aquí es donde voy a construir mi cabaña. Ella será mi refugio. Mañana mismo traeré madera y empezaré a trabajar.

Vio que la chica bajaba la cabeza y entendió rápidamente cuál era el sentimiento que pasaba por el corazón femenino.

  • Tú también puedes venir a mi cabaña cuando quieras. Solamente tienes que guardar el secreto.

Ella abandonó la piedra que le había servido de asiento e inició el regreso al pueblo, seguida por el muchacho que no paraba de hablar y detallar cómo quería construir su escondite.

Esa noche, en la soledad de su dormitorio, ayudada por la lámpara a petróleo y la amarillenta luz de la ampolleta alimentada por la energía que proporcionaba el generador ubicado en el galpón militar, Conny trazó bocetos sobre su block de dibujo.

En ellos se veía una cabaña levantada sobre la planicie de una colina de suaves y verdes lomajes, a cuyos pies circulaba un arroyo de aguas límpidas y tranquilas, pero en el fondo del dibujo, casi en un tercer plano, por sobre la quebrada magnífica, la muchacha había inventado un horizonte de color violeta abrazando las montañas.

La llegada de los militares, un mes después, provocó el término de la quietud habitual, y todos los vecinos del poblado se reunieron en la plaza preguntándose qué estaba ocurriendo.

Los soldados ubicaron sus camiones verde oliva a un costado de la oficina del correo, dirigiéndose hasta la plaza donde formaron trípodes con sus fusiles mientras descansaban sentados en los escasos escaños existentes o, simplemente, tendiéndose en el pasto.

Dos helicópteros artillados aparecieron desde el sur, descendiendo en el amplio patio que estaba detrás de la escuela, levantando polvo y sacudiendo planchas de zinc de los tejados cercanos.

Unos oficiales en tenidas de campaña avanzaron a paso rápido hasta el edificio

consistorial –una enorme casona de madera y ladrillo, firmemente construida- donde funcionaba la oficina de don Patricio Galleguillos, autoridad máxima de ese poblado y jefe de las cuadrillas de trabajadores, civiles y militares, que construían puentes y senderos para abrir caminos que hicieran difícil el aislamiento de Los Piches en el invierno temprano.

A media tarde los oficiales retornaron a sus pájaros negros y levantaron vuelo hacia el sur, mientras los soldados llevaban sus camiones de regreso a Cochrane, dejando a los habitantes del nuevo pueblo con el credo en la boca y haciéndose mil conjeturas.

Don Patricio ordenó una reunión del Concejo Colonizador en la sala amplia de la iglesia que aún no se había terminado de construir, a la vez que indicaba al resto de los vecinos la conveniencia de regresar a sus hogares ya que la reunión podría dilatarse y, además, estaba comenzando a llover copiosamente.

Alguien encendió las tres salamandras de la sala parroquial y los componentes del Concejo se ubicaron en sillas dispuestas en círculo, dejando al medio a la máxima autoridad local.

Efectuando un rápido censo, don Patricio Galleguillos pasó lista mentalmente de los asistentes a la reunión.

Allí estaba el Padre Damián y su esmirriada figura envuelta en un poncho araucano de hermosas grecas. Junto a él se encontraban los hermanos Rocuant, fornidos y rudos madereros que habían sido los primeros en llegar a Los Piches cuatro años atrás; hombres de estatura y complexión impresionantes, fuerza descomunal y corazones tiernos, de almas nobles y espíritus solidarios. A la vera de ellos se encontraba la doctora Lula Rodríguez, encargada del minúsculo policlínico que había en el costado sur del edificio consistorial; mujer de edad indefinible y belleza evidente, había cambiado su cómoda consulta penquista y su cargo en el Hospital Regional de Concepción por el albur de una nueva experiencia en territorios indomados. Soltera y sin hijos, la profesional era admirada y querida sin distinciones, pese a su carácter fuerte y genio ligero.

Al lado izquierdo de los hermanos Rocuant estaban los tres suboficiales del ejército destinados a ese lugar. Eran ellos el sargento Alejandro Pereda y los cabos Baltazar Urrutia e Ignacio Belmar, técnicos expertos en motores petroleros y tendidos eléctricos, provenientes de una unidad militar de la zona norte del país y elegidos para la nueva misión luego de largos estudios que obligaron a sus superiores realizar tediosos análisis de ciento quince voluntarios y sus respectivos historiales.

En la silla siguiente, hundida en su capa de alpaca y escondida bajo un grueso gorro de lana que cubría su cabeza hasta la mitad de la frente, Hilda Pedemonte, encargada del equipo de radio con el cual se comunicaba diariamente con Cochrane, Puerto Natales y Punta Arenas, conversaba en voz baja con su vecino, Fidel Bustos, jefe en terreno de las cuadrillas de trabajo, constructor civil de profesión, hombre joven y grueso, poseedor de una enorme simpatía personal, pero dueño de un vozarrón poderoso que utilizaba donde quiera que estuviese, ya que confundía todo sitio con el campo abierto en que acostumbraba trabajar.

Finalmente, vestida con ropa adecuada para el clima de alta montaña, fabricada en Europa, recientemente invitada a formar parte de ese equipo colegiado, estaba Pamela Kurkovic, vecina ocasional de Los Piches donde se encontraba construyendo un enorme centro de acopio de hierbas, plantas y flores silvestres que crecían en la zona, las que constituían una valiosa materia prima para el laboratorio de cosméticos que poseía en Coyhaique, muchos de los cuales exportaba a Japón y al mercado del Pacífico sur.  Era una mujer elegante y hermosa, no mayor de cuarenta años, de cabello claro -sin ser rubio- y ojos color miel, dueña de la mejor casa del pueblo, levantada por sus trabajadores de acuerdo a planos hechos por un arquitecto puntarenense que a decir de las sempiternas malas lenguas alguna vez fue su amante y, consecuentemente, el causante de la separación de su esposo, un abogado que logró prestigio en Santiago y que ahora se encontraba fuera del país.

En medio de ese grupo, Patricio Galleguillos revisaba las hojas que los oficiales le habían dejado durante su visita y trataba de preparar su intervención de tal forma que no produjese en sus invitados más temor que el necesario.

Era un hombre cauto, más bien silencioso y perfeccionista, un ingeniero civil de cuarenta y cinco años que abandonó su empresa particular en Santiago luego del accidente automovilístico que terminó con la vida de su esposa y de sus dos hijas, ofreciéndose voluntariamente para dirigir la operación colonizadora donde esperaba encontrar la serena quietud que su espíritu reclamaba.

Galleguillos miró por quinta vez a los asistentes, y al comprobar lo que temía hizo un mohín de disgusto con su boca.

  • ¿Alguien sabe dónde diablos está ahora Tomás Kerneur?

Se refería al propietario del único aserradero existente en el pueblo, al que raramente se le veía trabajar tranquilo en su empresa pues gustaba de una vida absolutamente libre, por lo que acostumbraba a perderse de Los Piches por días enteros, con su rifle Winchester, su caballo y su ya famoso perro “Gregorio”, un ovejero de ancho pecho y dientes filosos que le obedecía ciegamente.

Nadie respondió la pregunta lanzada casi con inquina por Galleguillos, ya que suponían a Kerneur deambulando por el borde fronterizo cazando avutardas y armadillos, pescando en cuanto arroyo y laguna encontrase en su ruta, durmiendo bajo la pequeña carpa azul que era su perenne compañera y dialogando con la borrasca en una conversación sin respuestas.

Y no se equivocaban, pues el atlético maderero llevaba tres días ausente del pueblo y en ese instante, montado en su cabalgadura, ingresaba a Los Piches sin prisas ni preocupaciones. Delante de él, “Gregorio” trotaba alegremente, ladrando en forma amistosa a los paisanos que se cruzaban en el camino.

A llegar a la plaza se topó con Arcadio y le saludó con la consabida frase que al viejo le encantaba.

  • “Maestro” … ¡qué tal!… me inclino ante el rey de las mujeres y de la farra… tu peor alumno te saluda, viejo maraco y putero… ¿cómo van las cosas por aquí? ¿Llegó la nueva familia?

Se enteró rápidamente, y con lujo de detalles, que la familia Cáceres Bastías ya estaba instalada en la casa del lado norte, que Julieta era profesora y Bernardo, su marido, un experto soldador y tornero. Que tenían dos hijos muy “encachados”; Carlitos, el menor, era un torbellino…Conny, la mayor, una chiquilla hermosa y dulce, pero… estaba enfermita de algo raro, ya que no se comunicaba con nadie y sólo “hablaba pa’dentro”, pero parecía que era una magnífica dibujante, según le habían dicho.

Kerneur rió de buena gana con las explicaciones del viejo carpintero, y en pago por las informaciones le regaló una cuelga de truchas que traía al anca de su caballo.

  • Va a tenerme que regalarme más, patrón –dijo el hombre, mostrando sus encías en una risa franca- porque le aviso que el Concejo está reunido en la iglesia hace rato. En la mañana vinieron unos militares con camiones y helicópteros pa’ reunirse con don Galleguillos. Claro que ya se fueron ya…

Tomás se puso serio repentinamente y descendió de su montura pasándole a Arcadio las riendas de la misma, pidiéndole que llevase al animal y a “Gregorio” hasta su casa en el aserradero, pues él debía participar en el Concejo ya que traía noticias importantes.

Sin pensarlo dos veces, el hombre se dirigió hasta la iglesia e ingresó en el preciso instante que Galleguillos comentaba la lectura del documento que los militares habían depositado en sus manos esa mañana, manteniendo la atención de los presentes colgando del hilo siempre tenso del temor.

Los oficiales de ejército que descendieron de los helicópteros trajeron la misión de ofrecer a los vecinos de Los Piches una rápida evacuación de la zona, si ellos decidían irse voluntariamente, porque la situación con Argentina comenzaba a adquirir visos ciertos de una posible confrontación armada la que, seguramente, se desarrollaría de preferencia al norte de Natales pues allí se encontraba la amplia zona que se disputaría bélicamente al fallar los caminos diplomáticos.

El poblado de Los Piches podría ser fácilmente infiltrado y tomado por una simple compañía del ejército argentino, lo que no les reportaría mayores ventajas ya que los caminos hacia Cochrane aún no estaban habilitados y, de esa forma, en el invierno temprano los transandinos quedarían también aislados del resto de la zona en litigio.

  • ¿Y nuestro ejército no ha pensado la posibilidad de tomarse Viento Pampa? –preguntó uno de los Rocuant, sin mayor miedo en el rostro- Desde ahí podríamos avanzar hacia el sur y amagar el Turbio….

Patricio Galleguillos no contestó de inmediato. Bajó la vista hacia sus papeles y pensó detenidamente la respuesta.

Dijo que le parecía horroroso que una disputa por islas tan lejanas y carentes de valor comercial pudiese provocar una guerra entre dos países supuestamente hermanos, amén que las fuerzas armadas chilenas tenían la certeza que en Viento Pampa no había peligro alguno para Los Piches y que, además, las tropas nacionales se estaban movilizando hacia el Estrecho de Magallanes al comprobar que esa era la zona donde los argentinos tratarían de dar un golpe de audacia.

La máxima autoridad del pueblo recomendaba mantenerse allí, seguir trabajando normalmente en el adelanto del lugar y dejar a los militares las tareas de defensa de la soberanía.

La señorita Hilda propuso formar un grupo de personas y trasladarse hasta el lado argentino para entrevistarse con las autoridades de Viento Pampa. Su moción fue debatida en sordina por el resto de los concejales, que carecían de mayores informaciones respecto de la situación real en que se encontraba el desarrollo del conflicto.

Galleguillos iba a responder afirmativamente a la proposición de la encargada del equipo de radio, pues no veía peligro alguno en trasladarse hasta el poblado vecino y conversar con Juan Carlos Silveira, a quien había conocido el año anterior con ocasión de un asado gaucho al que fue invitado, cuando la voz de Tomás Kerneur hizo que todas las cabezas se volviesen hacia la puerta de ingreso.

Allí estaba el personaje por el cual preguntara airadamente Galleguillos al comienzo de la reunión.

Alto y fornido, parado sobre sus botas gauchas que se mostraban bajo las perneras de piel de oveja, parecía un hombronazo formidable con la gruesa chaqueta de cotelón forrada en piel de conejo, sucia de barro y restos de hojas, la oscura boina empapada por la humedad de tres días bajo los bosques cordilleranos y el afamado Winchester colgando de su diestra.

Pamela y Lula le miraron con distintos ojos, pero con la misma alegría de tenerlo cerca nuevamente.

Para la doctora, Tomás era el único hombre capaz de alegrarle el genio y hacerla perderse en la bruma de algo parecido al enamoramiento. Gustaba de su conversación franca y de su actitud desaprensiva, casi infantil, que la mareaba con solo acercársele. Además, la adicción a la soledad y a la autarquía social que manifestaba Kerneur aumentaban sus deseos irrefrenables por conquistar el corazón de ese espécimen escurridizo.

Pamela Kurkovic en cambio, mujer de mundo, a fin de cuentas, veía en el maderero el resumen de hombres espléndidos que había conocido en otras ciudades y lugares, pero, en este caso, poseedor de una belleza salvaje e indomable que le hacía pensar en noches de pasión tórridas y desenfrenadas sin que al día siguiente hubiese remordimientos ni compromisos asfixiantes. Con Tomás, ella sería capaz de arriesgar su propia cautela y enfrentar el azar que proporciona una jornada de sexo y lujuria.

  • Patricio…si cruzas la frontera… te zurcirán a balazos… vengo del Sueño de la Luna, a escasos metros de la línea divisoria, y puedo asegurarte que hay movimiento de tropas en el otro lado.

Con desparpajo y calma, Kerneur relató lo que había observado la noche anterior. Un pueblo, como Viento Pampa, oscureciendo sus débiles viviendas durante la noche y colocando guardias armadas en el perímetro de acceso, con perros y bengalas, era un hecho demostrativo de las intenciones verdaderas de los vecinos. Pero, abandonar Los Piches significaba regalarles gratuitamente miles de hectáreas enriquecidas por la madera y los minerales que escondían los montes nevados, además de dilapidar el esfuerzo gigantesco que habían realizado en cuatro años.

Luego de una larga discusión que se prolongó hasta el amanecer, el Concejo determinó mantenerse en el lugar y defender Los Piches, pese a que los oficiales de los helicópteros habían informado que el ejército no tenía considerado asignar tropas en esa zona, mas ello no significaba tampoco abandonar a los vecinos y dejarlos a su suerte si allí se sucedían hechos importantes.

Lo concreto era que debían constituirse en la primera trinchera llegado el caso, y aguantar hasta el arribo de refuerzos militares si los argentinos osaban arriesgarse penetrando en su territorio.

El sargento Pereda ofreció sesiones de instrucción armada para todos los varones del pueblo, siendo recibido con críticas por las mujeres del Concejo, quienes reclamaban un puesto en la línea de batalla.

El Padre Damián llamaba a la calma y a la oración, manifestando certeza en que Dios colocaría caminos nuevos de entendimiento y paz.

Afuera de la iglesia, ya amaneciendo, la lluvia caía fría y copiosamente. Los primeros vecinos aparecieron en las calles embarradas portando sus herramientas de trabajo y guiando mulos y caballos hacia las construcciones de caminos y puentes, pero se agruparon frente a la puerta de la iglesia en procura de noticias respecto de la causa real de la visita de los militares el día anterior, aunque todos, sin excepción, intuían que se trataba del amargo conflicto del Beagle.

Galleguillos salió al exterior y solicitó a los presentes que llamasen a una asamblea en carácter de urgente, la que debería realizarse dentro de una hora en ese mismo lugar.

La palabra “guerra” fue sonando tímidamente de boca en boca, y los hombres corrieron a sus casas para sacar de ellas a las mujeres y niños pues debían participar en la asamblea general a las nueve de la mañana.

Las calles se convirtieron en un torbellino humano de carreras y mensajes dados a viva voz. El pueblo se transformó en un huracán de emociones.

Tomás, mientras tanto, regresó al aserradero con el mismo paso parsimonioso de siempre, rifle al hombro y un silbido cuequero en sus labios. Al pasar frente a la casa de la familia recién llegada se topó de frente con la mirada angustiosa de Julieta y los ojos más hermosos que jamás había visto en una muchacha.

  • Tú debes ser Conny, ¿o me equivoco? –preguntó a guisa de saludo.

La joven pasó su lengua por los labios carnosos y sonrió quedamente, sin mover la cabeza ni emitir palabra. El maderero recordó lo que Arcadio le había dicho la noche anterior y también sonrió, luego de sacarse la boina para inclinar el tronco y saludar a las dos mujeres. La chica hizo un leve movimiento con su cabeza, lanzó una risita nerviosa y se escabulló al interior de la vivienda.

Julieta restregaba impacientemente sus manos sobre el pantalón, mirando en todas direcciones el movimiento que se había producido, mientras su cerebro ágil formulaba mil preguntas inquietantes. Ella había traído a su familia hasta ese lugar recóndito donde, ahora, la amenaza de una guerra encontraba terreno fértil para desquiciadoras acciones. Quería llorar, gritar, huir. Estaba desconsolada, invadida por el pavor y atrapada en medio de una próxima locura que superaba todos sus antiguos problemas.

Adivinando el tráfago de temores que recorrían el alma de la mujer, Tomás se acercó a la casa y se presentó formalmente. Luego, le recomendó asistir a la asamblea en la iglesia y dejar de lado los atavismos provocados por las disputas fronterizas históricas, asegurando que nunca había habido una guerra con los argentinos y que, estaba cierto, tampoco la habría ahora.

Pero, en el fondo de su corazón subyacía la cruda realidad experimentada en el Sueño de la Luna dos noches atrás, cuando vio a militares argentinos recorriendo la línea fronteriza y efectuando ostentosas maniobras bélicas, acercándose al territorio chileno con inusitada confianza.

Se preguntó por qué ellos tenían allí contingente militar si sabían, al igual que los chilenos, que en esa zona poco y nada se podría definir o ganar una vez estallado el conflicto.

Concordaba con los oficiales del helicóptero en cuanto a la inutilidad de defender militarmente ese lugar, ya que el teatro de las operaciones debería ser no sólo el Canal del Beagle sino también la ciudad de Punta Arenas y su estratégico paso del Estrecho.

Por ello, en la sesión del Concejo, había votado por mantenerse en Los Piches.

No tenía dudas respecto a que la guerra, de haberla, se desarrollaría mucho más al sur… y en el desértico norte salitrero también, pero no en esas soledades que ahora constituían su nuevo hogar.

Algo no encajaba en todo eso.

Las tropas chilenas se habían despreocupado de Los Piches, y los oficiales ofrecieron a sus habitantes elegir entre ser evacuados o quedarse. ¿Elegir, en tiempos de guerra? No podía haber sino una sola respuesta: el generalato de Chile sabía que allí nada iba a ocurrir, por lo tanto, el generalato del otro lado también sabía lo mismo.

Entonces, ¿para qué soldados en Viento Pampa?

“Buena pregunta”, se respondió mientras secaba su cuerpo luego del baño de tina en el que descansó sus huesos, “esta noche, Tomasito, irás a la frontera y observarás a los ché con calma y puntillosa evaluación de sus capacidades. Aquí hay gato encerrado”.

En el pequeño salón de la vivienda, disfrutando del calor que emanaba de la chimenea, “Gregorio” intuía que muy pronto debería recomenzar las andadas junto a su amo.

Por eso levantó sus orejas y movió alegremente la cola.

Tomás le guiño un ojo.

El pacto estaba hecho.

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Esa mañana la lluvia se transformó en aguacero torrencial golpeando con violencia el techo de la iglesia donde trescientas personas se habían dado cita desde temprano.

Jonathan y Conny, aprovechando la ausencia de vigilancia, escaparon hacia la colina oculta por las nubes y la cortina líquida.

Ella llevaba un abultado paquete bajo su brazo. Envueltas en paños viejos, viajaban ocultas las témperas, pinceles, hojas y lápices.

Llegaron a la cima de la colina luego de transitar dificultosamente por el bosque de lengas y coigües, atravesando el arroyo que ahora bajaba crecido, hundiéndose hasta los muslos en las aguas frías, subiendo los lomajes apoyados en las manos, resbalando de vez en cuando, apurando el paso para evitar ser vistos y obligados a regresar al pueblo.

En menos de un mes, Jonathan había sido capaz de construir una cabaña pequeña, no más de treinta y seis metros cuadrados, con troncos de madera nativa, tejuelas de alerce y ventanas sin vidrios, cubiertas por postigos gruesos. El piso estaba construido con lampazos bien trabajados, cubierto por pieles de ovejas. En un rincón había una chimenea demasiado grande en comparación con el resto de la vivienda, pero que no extrañaría jamás la leña pues esta sobraba por doquier.

En los últimos días, los dos jóvenes llevaron una tetera, ollas, algo de vajilla y muchos alimentos no perecibles que Jonathan robaba diariamente desde el comedor de la escuela, escondiéndolo en su propio dormitorio, bajo la cama, para transportarlo luego hasta la cabaña.

¡Ese era el refugio que tanto habían anhelado!

Conny abrió el postigo de la ventana que daba hacia el oeste, instaló sus implementos de dibujo sobre la única mesa y comenzó a ejecutar largos trazos con su lápiz, mientras Jonathan trabajaba en la fabricación de un par de sillas con las herramientas que tenía en el lugar.

Al atardecer la lluvia continuaba cayendo copiosamente y el viento frío proveniente del sur aumentó su fuerza.

Abajo, en el pueblo, la asamblea continuaba, luego de un paréntesis que se otorgó sólo para estirar las piernas y tragar algún bocadillo que las mujeres fueron a buscar a sus casas.

Julieta no encontró a Conny en la vivienda. Supuso que estaría en casa de Jonathan.

Lo mismo pensó el profesor Felipe Ortega, claro que él creía que Jonathan estaría en casa de Bernardo.

Preocupados por los acontecimientos que expusiera el señor Galleguillos, olvidaron el asunto de los muchachos y se enfrascaron de nuevo en el tema que motivaba la asamblea.

Rápidamente, el cielo se ennegreció y lo que había sido un temporal de lluvia comenzó a transformarse en una tempestad de viento y agua que llenó los cauces de ríos y arroyos en pocos minutos, dejando a Los Piches aislado del resto de la comarca.

En medio de la borrasca, la cabaña en la colina soportaba perfectamente las inclemencias climáticas, pero, a su alrededor, el otrora bucólico arroyuelo adquiría dimensiones preocupantes.

Entonces, el viento se convirtió en vendaval.

Conny cerró el postigo y Jonathan dejó de trabajar en sus muebles para echar más leña a la chimenea y colocar la tetera sobre el fuego.

Ambos sabían que estaban aislados.

              

C  A  P  Í  T  U  L  O      I V

  • Maldita tormenta…no podía haber llegado en peor momento…

Tomás azuzaba su caballo que trepaba con enorme esfuerzo por la garganta sur del Sueño de la Luna, endureciendo los músculos de sus patas para evitar ser desestabilizado por la furia que traía el agua en su bajada desde las altas cumbres.

Adelante, parado sobre un saliente rocoso, “Gregorio” esperaba a su amo, indiferente al aguacero que lo empapaba, pues había encontrado el camino hacia una pampa extensa que les cubriría de las bajadas de agua.

Exigiendo a su cabalgadura un nuevo esfuerzo, el jinete logró remontar la garganta y alcanzar tierra llana, enfrentando de cara un ventarrón que parecía haber cambiado de procedencia ya que le golpeaba ahora en su lado derecho.  Se empinó sobre los estribos para atisbar a su alrededor, luchando contra la lluvia que no cejaba.

  • Mierda –exclamó- ahora sí que la hicimos linda.

Miró a “Gregorio” y le espetó con furia su propia ira.

  • Estamos en territorio argentino y tú muy campante……

El bramido del viento atravesaba los campos y las quebradas, silenciándose a ratos para dejar que la lluvia tamborileara a su gusto. En uno de esos momentos de silencio, un relámpago encendió la noche y Tomás logró mirar un paisaje de kilómetros sacudidos por la mano de la naturaleza, logrando precisar con exactitud el lugar en que se encontraba, lo que le puso más nervioso aún, ya que se percató que estaba demasiado cerca del sitio donde noches atrás los militares argentinos estuvieron efectuando maniobras.

Al relámpago le siguió el trueno como estampido de cañón que reverberó entre las montañas, y luego el cielo encapotado abrió sus compuertas para que el agua cayese en cascadas incontenibles.

La temperatura comenzó a descender ostensiblemente y el clima no presagiaba nada bueno, por lo que Kerneur decidió abandonar el objetivo que le había llevado hasta allí y procurar algún refugio natural en el que pudiese capear la tormenta.

Encontró un grupo de rocas que formaban un círculo, dejando al medio un estrecho espacio que él utilizó para meter su cuerpo, junto a “Gregorio”, y tender sobre las puntas de esas piedras la lona que llevaba en su cabalgadura, formando una débil techumbre con aquel implemento. Ató su corcel a la roca más próxima y se acurrucó junto al perro, procurando el calor que faltaba a su cuerpo. Como pudo, sacó un cigarrillo del bolsillo de su camisa de franela y encendió el fósforo que acercó a la punta del cilindro.

Le pareció que la oscuridad del lugar era tan profunda que un simple fósforo podía iluminar más de la cuenta, pues sobre la lona creyó ver mayor luminosidad en el ambiente.

Al apagar el fósforo con un leve soplido sintió un sobresalto en su espalda.

La luminosidad exterior continuaba presente, y parecía aumentar según pasaban los segundos.

Un silbido agudo, aunque tenue y persistente, de extraña y lejana procedencia, cortó la atmósfera acompañando la claridad que obligó al maderero a sacar su cabeza por debajo de la lona y dejar que el agua empapara su cuello, deslizándose helada hasta el centro de su pecho.

Una delgada línea de color violeta era observable en lontananza hacia el noroeste, semejando una cúpula invertida en cuyos bordes inferiores se alternaban fulgores anaranjados y blancos. De su centro parecía provenir el susurro tenue que Tomás creyó identificar como turbinas de un avión de combate presto a iniciar el despegue.

La luz fue degradando hasta desaparecer por completo, retornando el reino de la oscuridad impenetrable en toda la zona, pero el silbido, como nota alta de un violín gigante, fue ascendiendo con rapidez para quedar colgado en el éter a muchos metros de altura y perderse finalmente en la confusión de ruidos que originaban el viento y la lluvia.

Luego, nada…sólo el aguacero que caía cual torrente desde el cielo invisible.

Un nuevo relámpago quebró la noche en un quejido eléctrico, y el solitario Kerneur encogió sus hombros a la espera del estruendo que debería sobrevenir. Pasaron diez, quince segundos, pero el trueno escatimó su retumbo.

Extrañado, el maderero aventuró mirar hacia arriba, soportando el diluvio en sus ojos y narices, con los dientes apretados pues esperaba la explosión del cielo en un trueno que, sin embargo, no llegaba.

Volvía ya a su refugio bajo la lona, cuando un silbido penetrante cruzó por arriba de las capas de nubes y se perdió hacia el sur en menos de un abrir y cerrar de ojos, dejando puntos luminosos blanquizcos sobre la formación nubosa.

Entonces, recién, sobrevino el estallido portentoso del trueno que rebotó en cada piedra, en cada quebrada y en todo su cuerpo, con tal fuerza y sonido que le hizo caer sentado en medio de las rocas donde antes había estado protegiéndose de la lluvia.

Por breves instantes sus oídos quedaron inmunes a los decibeles de la tormenta, y su corazón latió apresuradamente, costándole un par de minutos recobrar el ritmo y la calma. No obstante, y ello fue lo que más llamó su atención, estaba seguro que antes de perder la audición había escuchado que el trueno viajaba raudo hacia el sur, a una velocidad insospechada y creciente.

La lona que le protegía se sacudió con fuerza y se desprendió de las puntas de las rocas, cayendo a un costado y dejando que el aguacero inundara el refugio. Su caballo, asustado con el estampido, se había encabritado, y en su forcejeo por soltar las riendas anudadas al saliente de la piedra coceó la lona hasta botarla, para luego salir huyendo en medio de la noche y perderse en la oscuridad.

“Gregorio” siguió las huellas del jamelgo, ladrando con más miedo que furia y Tomás, por primera vez en su vida, sintió el escozor de los aguijonazos de la verdadera soledad.

Lanzando palabrotas, salió a campo abierto para correr también tras sus animales, sintiendo que el agua se metía por sus botas y formaba charcos bajo sus calcetines de lana.

Creyó escuchar ruidos de voces y órdenes en algún lado, pero imaginó que era su propia rabia quien le hacía perder la cordura, ya que a sus oídos llegaban también los ladridos del perro, atenuados por la distancia y el ulular del viento.

Un traje de fuerte luz le envolvió repentinamente y sintió que su cuerpo era elevado por el aire. No había dolor ni miedo…sólo luz y calor.

De inmediato, la noche intensa se le vino encima y entró en sus sentidos, cayendo dormido como si un anestésico instantáneo le hubiese estragado el consciente.

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Despertó con lentitud.

El cuerpo le dolía como condenado y un leve olor a cortocircuito y aluminio inundaba el lugar.

Había luz en el sitio… era una pieza, una especie de salita de urgencia de posta médica rural, y se encontraba tendido sobre una camilla, desnudo y cubierto por una manta de color gris oscuro.

Tres personas, con uniformes militares, le acompañaban. Dos de ellas eran mujeres. Una, la rubia, le saludó graciosamente.

  • Bienvenido al mundo de los vivos…de buena se salvó usted.

Reconoció el acento y sonsonete argentino.

Estaba, entonces, en Viento Pampa. Ese sí que era un buen lío. Pensó con rapidez en una excusa aceptable para explicar su presencia en la otra banda. Como estaban las cosas, bien podían enjuiciarlo por espionaje y fusilarle sin más trámites. Recordó a los soldados en maniobras y concluyó que se encontraba en un problema gordo.

  • Me perdí… la tormenta… mi caballo se encabritó y no pude… ¿dónde estoy?…

La rubia sonrió con ironía, mientras la otra mujer, más alta y seria, seguía observándole inquisitivamente sin pronunciar palabra alguna. El soldado le tocó la frente con su mano y mirando a la mujer adusta, le regaló un movimiento de cabeza que podía ser el asentimiento de algo.

  • Y bueno…ya no murió –dijo secamente.

Con frases cortas y precisas la mujer rubia le explicó que estaba en territorio argentino, que había sufrido los efectos de  un rayo que cayó  a pocos metros de él, que tuvo la fortuna de contar con ayuda presta y eficiente ya que ellos estaban cerca, que su perro y su caballo se encontraban a buen recaudo y que, por último, no bien amaneciera debería marcharse y regresar al sector chileno, lloviese o tronase, pues no podía seguir en ese lugar habida consideración que tenían órdenes de enviar a los chilenos hasta el puesto militar ubicado al este, donde se les interrogaba y juzgaba, por razones obvias.

Tomás intentó argumentar que él no era un espía, ni siquiera militar, sino simplemente un empresario maderero que fue sorprendido por el temporal, pero la mujer adusta levantó su brazo mostrando la palma de la mano en señal de silencio.

  • Lo sabemos. Duerma unas horas y luego márchese. Eso es todo.

A las diez de la mañana, un maltrecho y dolorido Kerneur, con la vista vendada, llegaba a la frontera acompañado por cuatro jinetes del ejército transandino, quienes le dejaron al inicio del Sueño de la Luna y esperaron hasta verle desaparecer en su descenso al oeste.

Volvía entero a la patria, pero sin su Winchester.

“Gregorio” le seguía en completo mutismo.

Aún no cesaba la maldita lluvia, que se había transformado en una llovizna molesta.

Muchas preguntas y dudas, amén de una rabieta que no le soltaba el corazón, eran sus únicas contertulias.

Sabía que Viento Pampa distaba a no menos de cinco kilómetros del Sueño de la Luna y que viajando a caballo, a paso lento, debía recorrerse en cincuenta minutos, pero él calculó solamente en diez o doce minutos el tiempo que transcurrió desde la salida de la posta médica –con los ojos vendados- hasta la llegada a la frontera.

Entonces, si aquello no era Viento Pampa… ¿qué diablos era? ¿Por qué esos militares no le mantuvieron detenido ni le interrogaron por su inexplicable presencia en territorio argentino? ¿Qué hacían dos mujeres jóvenes y hermosas metidas dentro de uniformes? ¿Por qué le pareció que eran ellas las jefas de ese lugar, si según sus antecedentes la autoridad en Viento Pampa era el simpático Juan Carlos Silveira?

“Yo tenía razón –reflexionó con abatimiento- aquí hay gato encerrado”.

Taconeó los ijares del caballo y apuró el tranco hacia Los Piches.

A fines de octubre Julieta se integró al trabajo docente en la escuela a petición del propio Felipe Ortega, quien manifestaba serias dificultades para administrar cuatro niveles de enseñanza por sí mismo, pese a estar convencido que ninguno de esos chicos encontraría caminos fáciles para continuar sus estudios secundarios en el liceo de Cochrane.

Julieta se encargó de los dos primeros niveles que encontró por debajo de la media histórica de aprendizaje que ella conocía en Santiago, lo que le hizo aprovechar la capacidad artística de Conny para motivar a sus alumnos mediante las pinturas de la chiquilla, quien disfrutaba con su nuevo nivel de asesoría.

Mientras, Bernardo había logrado ser aceptado en el galpón militar donde ganó con facilidad la admiración del sargento Pereda y el respeto profesional de los cabos Belmar y Urrutia, merced a su capacidad técnica en el torno y en la máquina soldadora.

Carlitos, por su parte, integrado como alumno en el sexto nivel de la escuela “Los Cóndores” –así se llamaba el establecimiento educacional- sentía que estaba muy por encima de la capacidad y conocimientos de sus compañeros, regateando tiempo a sus labores escolares y deambulando de aquí para allá por todo el pueblo. Gustaba subirse a las carretas tiradas por bueyes y perderse junto a los trabajadores por los senderos inhóspitos que circundaban la zona. Así, llegó en poco tiempo a conocer perfectamente toda la comarca, descubriendo rincones que pocos –o casi nadie, en verdad- visitaban con frecuencia. Inquieto y vivaz, el muchacho huía del local escolar apenas su madre ingresaba a la sala de clases respectiva, marchando con paso seguro hacia alguno de los rincones de su preferencia que, por lo habitual, quedaban ubicados hacia el oeste del pueblo, ya que en esa dirección se realizaban los principales trabajos de habilitación caminera.

Una tarde de domingo, enterado de las andanzas del pícaro chiquillo, Bernardo le recomendó abandonar ese hábito de vagabundear y perderse durante horas. Especialmente prohibido , dijo el tornero, está dirigirse hacia el Sueño de la Luna, porque amén de quedar en las alturas cordilleranas, la frontera está muy cerca y la situación con los argentinos sigue empeorando (las noticias llegadas desde Cochrane indicaban que ambos países se alistaban para una guerra cruenta y larga; que en el norte del país –en Arica, específicamente- las autoridades habían ordenado ejercicios de oscurecimiento total de la ciudad en las noches, y que en Buenos Aires corrían triunfalistas aires bélicos).

Ello bastó para que Carlitos, al día siguiente, aprovechando el clima tibio y el cielo despejado, se encaramara en los farallones montañosos y recorriera parte de la garganta que llevaba a territorio argentino.

En su mente infantil y aventurera, esperaba encontrar movimientos de tropas, cañones, tanques y misiles emplazados en las cercanías de Viento Pampa.

Por ello caminó agazapado una vez que atravesó el hito fronterizo levantado sobre un promontorio granítico, que no era más que un trozo de latón verde que rezaba, en letras blancas:

   USTED ESTÁ ABANDONANDO TERRITORIO CHILENO.

    MÁS ALLÁ DE ESTA LÍNEA SU VIDA PELIGRA.

Como sintió un zumbido de motores cuyo origen y procedencia desconocía, amén que le pareció que la tierra vibraba bajo sus bototos, decidió dejar la incursión de espionaje para otro día y regresó al pueblo, escogiendo un camino distinto, que le era desconocido y, por lo tanto, atrayente.

Bajó resbalando el cuerpo por hierba húmeda y flores multicolores, corriendo a veces más fuerte que lo deseado por su voluntad ya que la pendiente era pronunciada, chocando con enormes rocas y uno que otro arbusto espinoso en el que enganchaba su ropa y sentía las púas clavarse en el cuero de su chaquetón.

Pero, mientras más se alejaba de la frontera, mayor era el ruido mecánico que le había hecho huir del Sueño de la Luna.

Impelido por la curiosidad, optó por acercarse al lugar del cual provenía el zumbido.

Estaba muy lejos de Los Piches. Calculaba que, incluso, la laguna de las tres colinas –que se encontraba cientos de metros más abajo- había quedado a sus espaldas, dos o tres kilómetros, pero no podía asegurarlo puesto que desconocía la verdadera extensión de esa unidad de medida.

El vibrante ruido estaba ahora a escasos metros bajo sus pies, justo en el lugar en que se iniciaba la garganta más profunda del sector, allí donde corría el río turbulento y caudaloso que según el profesor Ortega llegaba hasta el océano.

Miró hacia el cielo y consideró que eran las cuatro de la tarde, hora en que sus compañeros de la escuela disfrutaban del último recreo de la jornada. Tendría que regresar casi volando para llegar a Los Piches antes que descubrieran su ausencia.

Pero el ruido del motor le atraía como la miel a una mosca.

Se acostó sobre el suelo y avanzó en punta de codos varios metros, siempre protegido por la hierba alta y los arbustos.

Escuchó voces y risas…

Levantó la cabeza y observó con nitidez la causa de su curiosidad.

Muchos hombres, quizás quince o veinte, trabajaban con rapidez en la construcción de una casamata…sí, eso era…una casamata. Había visto esas construcciones en películas de guerra cuando era muy niño y su mamá le llevaba al cine en Santiago.

Sobre la cúpula de cemento había un artefacto extraño, una antena parabólica apuntando hacia Los Piches, con un color plateado magnífico que encandiló sus emociones.

Dentro del refugio de concreto sonaba armonioso y parejo el trabajo de un motor.

Los hombres estaban instalando reflectores dentro y sobre la casamata, mientras una mujer delgada y apuesta, vestida con bluyines, de pelo corto y nariz respingada, manejaba una especie de control remoto con el cual hacía girar la antena y encendía o apagaba los reflectores.

Al lado de la construcción, una veintena de animales –mulos y caballos, la mayoría de ellos ensillados con monturas delgadas- pacían calmadamente.

Los hombres parecían ser lugareños, ya que vestían los atuendos típicos que usaban los jinetes en la zona austral, una mezcla de gaucho y huaso, que hacía difícil precisar su nacionalidad.

Otros hombres surgieron de la garganta del río. Venían con rostros cansados y sucios hasta los cabellos. Se acercaron a la mujer del control remoto y parecieron entregarle un reporte de su trabajo.

La mujer, repentinamente, alzó los brazos y los cruzó en forma repetida. Hubo inmediato silencio y todos dejaron de trabajar, recogieron herramientas e implementos y se acercaron a la dama que maniobró la antena parabólica, hundiéndola perfectamente hasta desaparecer por completo. Uno a uno, los tipos dejaron las herramientas dentro de la casamata. Luego, en forma sincronizada, tres de ellos cubrieron la construcción con gruesos arbustos y se sumaron a la fila de trabajadores que comenzaba a tirar los caballos por las riendas.

Avanzaron con cuidado varios metros más allá del lugar de la construcción que ahora no era sino un montículo más de ramas y arbustos, perdiéndose en medio de árboles centenarios y dejando el sitio libre para que el silencio de la naturaleza fuese roto con los sonidos de pájaros y el movimiento de las hojas mecidas por la brisa. 

Carlitos se retiró del lugar con extrema cautela, subiendo nuevamente por el mismo camino que le había llevado hasta ese sitio, y cuando consideró que estaba lejos de la casamata y de esos hombres, corrió por el costado poniente del Sueño de la Luna hasta alcanzar los primeros árboles de la laguna de las tres colinas, donde su espíritu se tranquilizó al divisar a don Fidel dirigiendo la cuadrilla de trabajadores que se afanaba en terminar el puente sobre el arroyo.

Llegó tarde a su casa, pues su padre le estaba esperando con una reconvención en la mirada.

Conny le sonreía melancólicamente desde la cocina, donde su madre preparaba un estofado de cordero

Debería soportar los sermones y las preguntas habituales por su acendrada manía de vagar libre y solo, así como por abandonar la escuela sin permiso de nadie.

Comieron en silencio, sin cruzar palabras, y al terminar la cena su madre lo envió directo al dormitorio junto a varias tareas de matemáticas e historia que debería mostrar a la mañana siguiente.

Sin chistar, aceptó la orden, pero nada dijo acerca de lo visto esa tarde, ya que suponía que se trataba de militares chilenos disfrazados de arrieros y ovejeros, realizando labores secretas.

A medianoche, cuando todos dormían, Conny le despertó con suavidad para mostrarle un dibujo bajo la luz de la lámpara a petróleo.

Se trataba de la cabaña de Jonathan, sobre la que había una nube violeta con bordes anaranjados.

  • ¿Tú crees que yo vi eso hoy día? –se emocionó Carlitos- No, estás equivocada. Vi otras cosas, pero es un secreto militar y no te lo puedo decir.

Conny regresó a su cama con la decepción pintada en su rostro.

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Juan Carlos Silveira recibió a la delegación chilena con un asado al palo y verduras surtidas, agradeciendo gentilmente las botellas de vino tinto que los invitados trajeron consigo.

Moira D’Angelo se había sentado indolentemente en un rincón del comedor, tratando de permanecer ajena a un encuentro que nunca contó con su aprobación, ya que consideraba inútil desarrollar relaciones de amistad con los habitantes de Los Piches si en Buenos Aires y Santiago eran otras las personas que decidirían la suerte de los acontecimientos.

Además, estaba bastante cerca del objetivo principal que la había llevado a esa zona, y perder miserablemente toda una tarde de trabajo le parecía un desperdicio de tiempo que constituía una verdadera irresponsabilidad.

Mayor aún era su molestia si se tomaba en cuenta la aversión que sentía por los chilenos, a quienes consideraba personas febles, apocadas y vulgares, por las que no dilapidaría siquiera un minuto de su existencia.

Desde sus años de estudiante se había preguntado por qué el general José de San Martín, según ella el verdadero libertador del territorio chileno luego del sonado fracaso de O’Higgins en Rancagua que le hizo refugiarse en la ciudad de Mendoza junto al resto de su escuálida montonera de campesinos hambrientos, no aprovechó la superioridad del Ejército de Los Andes y anexó Chile al territorio de la nación argentina. En esa época nadie se habría opuesto a tal medida y, muy por el contrario, los propios chilenos hubiesen empujado y aplaudido la unión.

Cuando ingresó a trabajar en el ejército formó parte del grupo de alumnos que viajó a Viña del Mar un verano (¿fue el año 1972?); encontró una ciudad que pretendía parecerse a Mar del Plata, pero que distaba mucho de la característica internacional que poseía el balneario argentino, y le desagradó profundamente lo que allí observó. Largas filas de gente hambrienta esperando turno de atención en tiendas con estantes vacíos, piquetes de hombres desaliñados y mal vestidos portando pancartas e iniciando riñas callejeras con

la policía;  carencia de vida nocturna atractiva –tan distinto a lo que cualquier turista encontraba en Mendoza, Rosario o Córdoba- huelgas y tomas de fábricas por doquier, paros de la locomoción colectiva; una televisión banal, casi infantil; gente que se apiñaba en las playas para quemarse al sol como verdaderos refugiados africanos…mujeres mal acostumbradas por el paternalismo de gobiernos demagogos, ya que se agolpaban en la municipalidad para solicitar que les regalasen comida, ropa, dinero, medicinas….hombres flojos que trabajaban sólo cuando el capataz les vigilaba, pues les veía sentados en las aceras, palas en mano, fumando cigarrillos y charlando la mayor parte del tiempo.

En lo personal, pese a que su misión no se encontraba emparentada con los problemas del Beagle, esperaba que Argentina tomara las armas y diera una lección definitiva a esos patanes que vivían al otro lado de la cordillera, con mayor razón aún si ello le dejaba libre la zona de Los Piches para desarrollar sin ataduras el trabajo científico que le interesaba.

Era esta la causa principal de su molestia frente a la reunión que Silveira aceptó, aumentada por la orden del ex policía que le exigió participar del evento, por lo que debió autorizar a Paola y Néstor para estar presentes también en ese comedor.

Silveira tampoco se encontraba muy contento, pero su disgusto obedecía a razones distintas.

Sentía que su capacidad de aguante había llegado al límite; no podía seguir aceptando que las ingenieras realizasen labores a sus espaldas, menos aún si tales trabajos no sólo le eran desconocidos sino, además, se le negaba información sobre los mismos, al grado que la D’Angelo una vez le respondió secamente: “¿Qué trabajos? Tú estás viendo visiones, ya que nuestra responsabilidad es cuidar la frontera… estamos al borde de una guerra, ¿o lo has olvidado?”

También le molestaba ese extraño sentimiento que había comenzado a albergar por Paola, estremeciéndose de alegría cuando la rubia estaba en las proximidades, sintiendo que su corazón se desbocaba con el sólo hecho de escuchar la voz cantarina de la mujer. Trataba de estar siempre cerca de ella, sin resultados aparentes ya que la hermosa hembra parecía no corresponder a los sentimientos del jefe del pueblo, dedicando la mayor parte del escaso tiempo libre a escuchar música y leer los atrasados periódicos que les enviaban desde Bahía Blanca.

Sin embargo, había otro motivo de preocupación para él, y este estaba en la llegada de aquellos dos   holandeses que aparecieron en Viento Pampa una mañana lluviosa, descendiendo de la avioneta que les trajo desde una lejana hacienda en las cercanías de San Luis. Aseguraron ser hidrólogos, y traían equipos que confirmaban el aserto; se instalaron en la casa más apartada del poblado y habituaban desaparecer del villorrio por días enteros. Hubo momentos que pensó en una sociedad con las mujeres y sus extrañas salidas nocturnas, pero desechó la idea al presenciar una dura controversia sostenida por uno de los rubios europeos con Moira, lo que hizo intervenir a Néstor, quien estuvo a punto de trenzarse a trompadas con el gringo más alto.

Oportunamente había solicitado información sobre ellos al subsecretario Orlandini en Buenos Aires. Sin embargo, hasta ese momento sólo contaba con una respuesta que no satisfacía sus aprensiones: “Hidrólogos holandeses, con pasaportes noruegos, trabajan para la OTAN y la Universidad de Leiden, interesados en el desplazamiento de los glaciares; permanecerán un par de meses en el sector… no requieren vigilancia especial ni ayuda; los avala la Embajada de Holanda”.

Y junto a todo ello, sin descontar las dificultades encontradas para llevar a Viento Pampa algo más de tecnología moderna y capitales frescos, el asunto del Beagle y la posible guerra con Chile enturbiaba el alma del administrador general del poblado.

Una reunión con las autoridades chilenas de Los Piches bien podría despejar un problema significativo de su panorama, otorgándole mayor tiempo para atacar los otros asuntos que le aquejaban.

Claro que los militares no le ayudaban mucho, pues cada cierto tiempo llegaban al poblado para realizar ejercicios y maniobras que ponían nerviosos a los habitantes del villorrio, oscureciendo las casas durante la noche, capacitando a los vecinos en tácticas de guerrillas y robándoles el tiempo que estos requerían para darle al pueblo una fisonomía de tal.

Un agudo dolor en el estómago le atacó no bien miró a los dos holandeses que llegaban displicentemente hasta el comedor. ¿Quién los había invitado? Seguramente Moira, ya que la mujer haría lo indecible con tal de aguar cualquier clase de avenimiento con los chilenos, pues conocía la repulsa que ella sentía por los vecinos de Los Piches, aversión que había logrado traspasar a gran parte de los habitantes del poblado y que ahora se notaba claramente en los rostros de las familias bonaerenses que formaban un callejón humano por donde las autoridades chilenas tendrían que pasar, siendo recibidos por actitudes hoscas y manos agarrotadas.

Contradiciendo sus temores, los dos holandeses no ingresaron al comedor y continuaron su camino llevando los caballos de las bridas rumbo a la salida del pueblo.

Dejó de pensar en ellos y se enfrascó en el asunto principal.

Dio a Patricio Galleguillos un fuerte apretón de manos y un abrazo algo tímido.

Saludó a todos y cada uno de los componentes de la delegación transandina, invitándoles a sentarse frente a la larga mesa que contenía agua mineral, gaseosas, verduras, frutas y unas “medialunas” hechas por las manos de doña Margarita, mujer que había trabajado en una panadería de Quilmes y que poseía un marido cuya única preocupación era el fútbol y, en especial, la suerte que podía correr el equipo de Boca Juniors, su mayor motivación para sentirse argentino.

Le preocupó enterarse que casi todos los miembros de la delegación chilena eran profesionales universitarios, en especial saber que en Los Piches contaban con una doctora, un ingeniero, un constructor civil, un técnico agrícola, dos profesores, una técnica en comunicaciones y una destacada empresaria –conocía, por cierto, el trabajo del laboratorio de Pamela Kurkovic en Coyhaique- quien, además, poseía título de química farmacéutica.

No dejó de asombrarse por las corpulentas complexiones de los hermanos Rocuant, pero sus ojos se detuvieron más de la cuenta en la figura del técnico agrícola, llamado Tomás Kerneur, quien le pareció un hombre demasiado seguro de sí mismo y posiblemente dueño de un temperamento agresivo. Su experiencia de quince años de policía no podía engañarle; ese tipo se movía y caminaba tal cual lo hacían los hombres que trabajaban en medio del riesgo y la soledad.

Mayor asombro mostró el rostro de Moira al ver ingresar a Tomás al comedor muy suelto de cuerpo, haciendo sonar con fuerza los tacones de sus botas huasas –que las calzaba específicamente para esa ocasión- a objeto de no pasar desapercibido frente a ella, ya que también la reconoció de inmediato pese a que vestía ropa deportiva y no el uniforme militar con que la vio aquella noche en la avanzada cordillerana.

Al pasar junto a la mujer, el maderero le sonrió cínicamente, y al estrecharle la mano inclinando un tanto el cuerpo para acercar sus labios a la mano de la hermosa hembra, le regaló un comentario que la dejó definitivamente molesta…y nerviosa.

  • Espero que podamos escaparnos de esta fiesta para hablar sobre el destello violeta que ambos debimos observar la noche aquella del rayo….

Antes que Moira pudiese responder con alguna evasiva, Kerneur agregó en tono coloquial, lo bastante fuerte para que otros pudiesen escucharle:

  • … y del puesto militar que ustedes tienen a menos de dos kilómetros del Sueño de la Luna….

Silveira escuchó las palabras del técnico agrícola, propinando a la D’Angelo una mirada ácida e irascible que la mujer recibió sin mover un músculo.

Antes que Tomás siguiera su camino al puesto que le correspondía frente a la mesa, Moira le regaló una mueca contestando la invitación del chileno con voz suave e impersonal.

  • Será un placer… siempre que no esté nublado… no vaya a ser que un rayo vuelva a aturdirle.
  • ¿Aturdirme un rayo? –contestó el hombre sonriendo- Eso no sería nada frente a la ira que fulguran sus hermosas pupilas, querida.

Silveira notó que Moira enrojecía levemente y se turbaba, sin saber qué responder, mientras Paola lanzaba una carcajada que intentó sofocar colocando su mano sobre la boca.

Los invitados tomaron asiento quedando ubicados uno por medio, ya que Silveira había programado que no hubiese chilenos ni argentinos en acomodaciones contiguas, pues deseaba crear un clima de conversación distendido y eficaz que permitiera llegar a acuerdos fructíferos en lo social, así como evitar una posible contienda armada entre vecinos si la situación de belicosidad imperante en ambas naciones desembocaba en un enfrentamiento global.

Respecto de este punto, Moira y Paola le habían manifestado que la guerra no soslayaría a esos pequeños pueblos, sin importar los acuerdos que las autoridades civiles de ambos villorrios hubiesen adoptado.

Patricio Galleguillos se encontraba también en una situación incómoda, pues los hermanos Rocuant y el sargento Pereda le habían advertido que cualquier acción de acercamiento con la gente de Viento Pampa podría ser vista con malos ojos en Santiago, ya que el gobierno pretendía administrar todas las cartas en ese juego de intereses nacionales, en el cual un desliz menor podría echar abajo la mejor de las planificaciones y crear un escenario negativo para las autoridades chilenas con efectos históricamente devastadores.

Sólo la señora Hilda y Tomás apoyaban sin titubeos la decisión de conversar con las autoridades de Viento Pampa, aunque en este caso los intereses y objetivos de cada uno eran muy diferentes a aquellos que suponía el ingeniero civil chileno.

Para satisfacción de Moira, el maderero de apellido Kerneur quedó sentado a su izquierda, siendo flanqueado por Paola en el otro lado, lo que pronosticaba un almuerzo desagradable para el chileno ya que ambas le harían pasar una jornada irresistible.

La velada se inició con los ritos acostumbrados.

El anfitrión solicitó a los presentes ponerse de pie para rendir honores a los himnos patrios de cada nación, iniciándose con los sones de la canción nacional argentina que fue coreada por los dueños de casa con evidente emoción.

El himno chileno, por supuesto, fue cantado también por los llegados desde Los Piches, con gran fuerza y mucha voluntad.

Después, Juan Carlos Silveira improvisó una bienvenida que caló profundo en el corazón de todos, alcanzando estatura de discurso al referirse a “las páginas más brillantes de nuestras Historias patrias, escritas por verdaderos hermanos, como San Martín y O’Higgins, para quienes la majestuosidad de la cordillera que hoy nos recibe era sólo un portento natural más con que Dios regó este lugar del mundo que nos ha entregado para nuestro deleite y administración”.

Inundada la sala por un silencio asible, Galleguillos agradeció la calidez de los anfitriones con palabras simples y de escasa estructura emotiva –propio además de un ingeniero- acercándose de inmediato al tema que objetivaba el encuentro, proponiendo la discusión de los tres puntos que, a su juicio, eran de interés general y ameritaban ser debatidos y solucionados con prontitud para contar con la tranquilidad que necesitaba la colonización en ambos lados de la cordillera.

“Es indispensable –dijo, con su voz profunda y pausada- establecer mecanismos que nos permitan transitar de un pueblo al otro sin el temor de ser encarcelados ni reprimidos por asuntos ajenos al trabajo que desarrollamos en nuestras localidades. Ustedes requieren de nuestra madera y nosotros necesitamos vuestras pasturas. Ustedes requieren materia prima para construir, nosotros necesitamos el alimento natural para nuestro ganado ovino. Eso, como primer punto. Es imperioso, además, mantener una comunicación estable entre ambos pueblos, ya que las características del clima nos son adversas durante los largos inviernos; por ello, llamo a las autoridades de Viento Pampa a conformar, junto a nosotros, una especie de “Comandos de Emergencia” que acudan en la ayuda del otro no bien algún fenómeno o catástrofe natural se produzca en cualquiera de las dos bandas. Finalmente, propongo a ustedes la creación de un equipo de trabajo profesional y técnico, comercial y científico, que siente las bases para la estructuración de nuevas empresas en toda la zona, otorgando facilidades para la llegada de capitales frescos, así como también la venida de grupos científicos que nos ayuden a explorar las singulares fenomenologías propias del sector”.

Desde el costado opuesto de la mesa, Néstor miró a Paola Tarantini con evidente inquietud.

Moira, a su vez, bajó la cabeza y pensó en los holandeses que acostumbraban andar sueltos por las cercanías del Sueño de la Luna, argumentando estudiar el andamiaje y recorrido de los glaciares ubicados más al sur.

Paola, en cambio, dirigió su mente a la casamata que habían levantado en territorio chileno, cerca de la laguna de las tres colinas y en el borde mismo de la quebrada profunda que permitía el paso del río turbulento.

Hubo, por cierto, aplausos para las intervenciones de las autoridades de ambos pueblos, y se continuó con el almuerzo como si nada importante hubiese ocurrido.

Al atardecer, la delegación chilena fue despedida con gentileza y abrazos, acordándose una nueva reunión –esta vez en Los Piches- para la semana entrante.

Nadie tocó el tema fundamental: la situación bélica.

Por el contrario, todos parecieron querer evitar una referencia a ese asunto, y la jornada culminó con intercambios de regalos y palabras de buenos oficios.

Al pasar por el Sueño de la Luna, de regreso al villorrio chileno, Tomás observó en lontananza un fulgor amarillento, propio de fogatas hechas por arrieros.

No podía saber que los holandeses habían establecido un campamento en las cercanías de la laguna de las tres colinas… porque desconocía la existencia de los europeos.

Como era habitual en su carácter, se prometió regresar esa noche para indagar lo observado, ya que estaba seguro que los argentinos habían mentido durante el almuerzo y que existía contingente militar a lo largo de esa frontera.

Esta vez, llevaría consigo una cámara fotográfica para demostrarle a Galleguillos que los vecinos tenían buenas intenciones sólo de los labios hacia afuera.

C  A  P  Í  T  U  L  O     V

Pamela Kurkovic sabía que le esperaba un largo período de búsqueda y construcción.

Búsqueda de los lugares donde proliferase la vegetación que su empresa requería y construcción del centro de acopio que le permitiera contar con materia prima estable y segura, que pudiese trasladar en primavera y verano hasta Coyhaique.

Tales tareas le demandarían seis o siete meses cuando menos, lo que le obligaba permanecer en Los Piches hasta el mes de mayo próximo. Pero, en ese momento el invierno cerraría los pasos de salida y le mantendría en el pueblo hasta septiembre, cuando el sol tibio de la estación de las flores pudiese derretir parte de los casquetes de nieve y hielo forjados en la temporada dura.

Eso podía resistirlo.

Pero mantenerse cerca de Tomás, verlo a diario y saber que en un tiempo posterior jamás volvería a observar su cara y su cuerpo, le provocaba un frenesí que le resultaba molesto. Más aún si la doctora Rodríguez había puesto sus ojos en el mismo hombre… y la profesional no lo disimulaba. Claro que Lula mecía en su alma la ilusión de construir un hogar y una familia junto al maderero; ella, en cambio, deseaba ofrecerle –y ofrecerse a sí misma- una relación cimentada en la actividad erótica que encendía las almas en los inviernos crudos y apartados de aquellas soledades. Uno o dos años más tarde, si Lula aún persistía en sus ideas de matrimonio, podía conquistarlo y coronar sus esfuerzos.

Como mujer de empresa, Pamela contaba con la dosis de audacia y temeridad que otras no tenían. En lugar de esperar que las situaciones maduraran para intervenir comercialmente, ella se lanzaba tras las huellas que dejaba la sombra de la oportunidad y, por lo general, siempre acertaba.

Así lo había hecho con su primer marido, cuando se percató que el joven abogado constituía una promesa de bienestar económico en la creciente ciudad de Coyhaique. Lograron en poco tiempo consolidar una posición financiera envidiable, el hombre ganó clientela de fuste y los dineros llegaron por montones a sus arcas. Ella, siempre ambiciosa y visionaria, instaló la empresa de cosméticos, dejando su trabajo en la farmacia principal del pueblo y dedicando su esfuerzo a estructurar un producto que le abriese las puertas en el mercado asiático. Los contactos de su esposo se lo permitieron en breve tiempo y la situación económica de ambos creció sin ataduras, al mismo paso que la relación entre ellos se deterioraba a ojos vista.

Un día decidieron separar sus caminos, y el abogado se marchó de la zona austral para instalar oficina en Santiago. Dividieron sus posesiones, firmaron acuerdos notariales y cada quien siguió dibujando la senda de su propia existencia.

Desde aquello habían transcurrido cinco años y nada sabía de su ex cónyuge…ni tampoco le interesaba saberlo.

Ahora, millonaria, más hermosa que antes y con la idea de conquistar Japón a través de sus perfumes, Pamela se aventuró en ir a Los Piches para asegurar la materia prima que le era indispensable. Pagó buen dinero al arquitecto puntarenense por los planos de una casa sólida y cómoda en aquel lugar apartado; lo mismo hizo con el centro de acopio que estaba construyendo al costado de su vivienda. La gente del pueblo la admiraba y, lo que era más importante aún, le necesitaba.

Había pensado permanecer en el villorrio sólo unos tres meses, dejando armados los equipos de construcción del galpón y las cuadrillas dedicadas a recoger las flores y arbustos que su empresa necesitaba. Sin embargo, permaneció en Los Piches más de la cuenta sin poder explicarse por qué lo hacía.

Su laboratorio no le preocupaba, ya que estaba en manos de Willy Lenther, un químico farmacéutico que ella mismo trajo desde Santiago y que resultó todo un hallazgo en cuanto a capacidad profesional y honestidad. Él administraba eficientemente la empresa y dirigía a los quince trabajadores permanentes que laboraban en ella.

Esa fue su primera respuesta ante la duda que le inquietaba el cerebro en forma de pregunta. ¿Estaba seguro el laboratorio allá en Coyhaique? Sí, lo estaba. Entonces, podía darse el lujo de permanecer unos meses más en Los Piches y descansar, por primera vez en su vida, luego de arduos años de trabajo y esfuerzos.

Pero, pasados los meses, ella continuó en el poblado asistiendo al lento crecimiento de un villorrio que jamás alcanzaría la estatura de ciudad.

Más aún, durante una reunión del Concejo de Colonización el señor Galleguillos le invitó asistir a la parte final de la sesión; ella concurrió de inmediato y para su sorpresa los concejales le ofrecieron unirse a ellos con el grado respectivo.

¿Por qué aceptó? Entonces no lo sabía…pero ahora las dudas estaban despejadas y por ello mismo iba a permanecer en Los Piches hasta el año próximo, tiempo suficiente para conquistar su objetivo oculto: quería meter a su cama al díscolo Tomás Kerneur, por quien había anclado sus ambiciones en el poblado, comprometiéndose administrativamente con el devenir de un asentamiento humano que en realidad sólo le interesaba en cuanto a provisión de materia prima para su propio negocio.

A mediados del año entrante estaría obligada a dejar Los Piches, por ello entonces requería apurar las acciones para evitar que la doctora Rodríguez, con su cara de niñita buena, se adelantase y conquistara el corazón de Tomás convirtiéndolo en su esposo, lo que haría en extremo difícil tener una aventura sentimental con el maderero, ya que sabía cuán dóciles y hogareños se volvían los hombres durante los primeros años de matrimonio. Y ella no contaba con mucho tiempo para esperar que el macho se desmandara en dos o tres años más.

Tenía que actuar rápido, además que la figura solitaria del maderero no quería abandonarla y le provocaba sudores nocturnos que resultaban insoportables. Por otra parte, a Tomás no se le conocía damita alguna, y Pamela aseguraba para su propio capote que el hombre requería también con urgencia los placeres y atenciones que una mujer sabía ofrecer.

Tras el ventanal del comedor de su casa, la empresaria vio llegar de regreso a la comitiva encabezada por Galleguillos cuando el día era degollado por las primeras tinieblas y el sol, ya invisible, entregaba sus últimos estertores de amarilla luminosidad.

Un destello de deseo y pasión rieló su espíritu e invocó la audacia de su quehacer.

Esperó con nerviosa paciencia que transcurrieran dos horas, dando tiempo a Tomás para tomar un baño y tragar algún alimento en su casa del aserradero, hasta que intuyó conveniente dirigirse a la vivienda e interrumpirle el descanso.

Tomás la recibió con una expresión de sorpresa en su rostro, y en los ojos le bailoteaba una sutil danza de irónica complacencia ya que le llamó la atención que la hermosa mujer apareciera por sus dominios a una hora tan avanzada, en  que la mayoría de los vecinos se había entregado a la inconsciencia del sueño y sólo la brisa fresca recorría las calles penumbrosas.

No terminaban la taza de café, sentados uno frente al otro ante la chimenea que consumía con lentitud una gruesa cepa desraizada meses antes del terreno lateral del aserradero, y ya Tomás había adivinado certeramente las intenciones más ocultas que la mujer guardaba en sus ojos color miel.

Por una fracción de segundo sus propias ansias estuvieron en un tris de hacerle levantarse del sillón para acercar sus labios a la cara de la hembra y besarla con ternura, pero repentinamente una extraña sensación recorrió sus recuerdos y afloró con singular prestancia y lucidez ante sus deseos.

La figura de Moira, vestida con uniforme militar ciñéndole las largas piernas y el quepis verdoso cayéndole coquetamente sobre la frente, interrumpió el movimiento de los músculos de sus piernas, desobedeciendo la orden emanada del cerebro.

  • Agradezco tu visita, Pamela –dijo en tono de finalización- pero estaba a punto de regresar al Sueño de la Luna, aprovechando que la noche está clara y despejada, el ambiente es agradable y la ocasión la pintan calva.
  • ¿Calva para qué? –preguntó extrañada la empresaria.

Tomás le relató con lujo de detalles lo que había observado algunos días atrás cuando la tormenta le sorprendió en pleno territorio argentino y un rayo cayó cerca de sus pies, haciéndole perder el sentido y recuperándolo dentro de una especie de campamento levantado en algún sitio cercano a la frontera. Le habló de Moira, de Paola y de Néstor; de los uniformes militares, de su regreso con la vista vendada y del extraño fenómeno lumínico de tintes violetas que aún no se explicaba. Terminó su relato con la descripción de la fogata que alcanzó a observar esa misma tarde al regreso de Viento Pampa, siempre hacia el lado de la laguna de las tres colinas, con lo que su curiosidad aumentaba la decisión de indagar lo que allí sucedía.

  • ¿Crees que los ché tienen militares en la zona? –inquirió Pamela, francamente atemorizada.
  • Es posible, pero no creo que estén allí por asuntos de soberanía ni porque pretendan atacar Los Piches si se declara la guerra. Hay algo más, algo que no logro entender y que quiero descifrar…por eso pienso regresar esta noche.
  • Bien…te entiendo –argumentó la mujer del pelo castaño- ¡Voy contigo!
  •  ¡¡¿Qué?!! ¡Puede ser muy peligroso, Pamela!
  • ¿Peligroso? Pero si acabas de decirme que estás convencido de la inexistencia de militares en actitud hostil. ¿Cuál puede ser el peligro? –le miró con ojos apasionados que el débil fulgor de las llamas agonizantes de la chimenea encendían aún más- A menos que temas viajar solo conmigo por esos andurriales…

Agregando de inmediato con voz insinuante que recorrió la piel de Tomás cual serpentina eléctrica.

  • Yo no muerdo… ni traiciono.

Una explosión de mil volcanes remeció la cabeza de Tomás que se abalanzó sobre la hermosa mujer y, tocándole la mejilla con su propia nariz, aproximó su boca a los labios húmedos de Pamela en una invitación a la lujuria.

  • No me provoques, cosmetóloga –susurró con ardor.
  • Iré contigo a la frontera esta noche, maderero –respondió ella melosamente- y para eso aún tenemos algo de tiempo. Primero cumplamos con lo que ambos deseamos… luego, démosles gusto a tus manías de espionaje.

Dos horas después, montando caballos que pertenecían al joven técnico agrícola, Pamela y Tomás avanzaban silenciosamente por las calles de Los Piches bajo una luna nueva que aparecía recién sobre los cielos del noroeste. Más atrás, a pocos metros, “Gregorio” tranqueaba cansinamente siguiendo los cascos de las cabalgaduras.

Eran recién las dos de la madrugada.

Atravesaron el bosque de lengas y coigües a paso rápido, cruzaron el puente de madera que por fin había sido terminado por los hombres de Fidel Bustos y giraron hacia el este, buscando el ascenso al Sueño de la Luna.

Impensada y bruscamente, Tomás cambió el curso del recorrido con un leve tirón a las riendas de su caballo, haciéndole entrar por una galería de arbustos altos que corría paralela al sendero habitual, oculta de la vista de posibles merodeadores.

Pamela era una excelente amazona, y su cuerpo mantenía la posición perfecta sobre la montura. Había aprendido las técnicas apropiadas en el fundo del tío de su ex marido, en Frutillar, cuando acostumbraban pasar largas semanas de descanso en los veranos de sus primeros años de matrimonio, deambulando sin prisas por la extensa propiedad y acompañados por dos o tres huasos del fundo que se sentían orondos y complacidos de poder enseñar a esos jóvenes tórtolos los trucos de la conducción de caballos y, a la vez, evadir sus pesadas tareas agrícolas con el pretexto de “atender como Dios manda a los parientes del patrón”, con la venia de este, por supuesto.

Kerneur, valdiviano de nacimiento, había pasado su infancia en las tierras que su padre administraba a un alemán de la zona, corriendo y galopando junto a la pandilla de mocosos, hijos de los trabajadores, arriesgando el pellejo propio y el de las bestias en continuas y largas correrías hasta Niebla y Corral, cuando no procuraban huir en memorables jornadas hasta Paillaco, donde llegaban a casa de una de sus tías que les regalaba leche con cacao y trozos de exquisito “strudel” que ella preparaba expresamente para satisfacer las inacabables ansias infantiles.

Ya joven, estudió en la Escuela Agrícola de San Fernando y optó por la especialidad de Veterinaria, lo que le mantuvo a lomo de caballo durante largos años pero que no impidió su afición posterior por la madera y los aserraderos.

Incluso durante su práctica profesional, realizada en el fundo del alemán valdiviano, los caballos constituyeron una prolongación de su propio cuerpo, al grado que sus muslos y nalgas adquirieron callosidades que hasta la fecha no le abandonaban, y que llamaron jocosamente la atención de Pamela esa misma noche en la que, desnudos y jadeantes sobre la cama de su dormitorio, ella acarició con más extrañeza que ternura.

La galería de arbustos terminaba medio kilómetro adelante, lugar en que se producía la conjunción con el sendero paralelo y conformaba el extenso llano de altura conocido como el Sueño de la Luna –siempre en territorio chileno- bordeando la frontera con el país vecino.

“Gregorio” emitió un gruñido suave y prolongado, agazapándose frente a los últimos arbustos, erizando la piel de su lomo y mostrando los dientes afilados.

Tomás levantó su mano solicitando a Pamela que detuviera también su caballo; instintivamente bajó su brazo para buscar el Winchester en la funda adosada a la montura, pero recordó entonces que el arma había quedado en poder de las argentinas durante su estancia en el campamento que ahora pretendía ubicar con exactitud.

No obstante, se apeó del caballo y le acarició la frente para que se mantuviese tranquilo y estático. Abrió el chaquetón y extrajo de la cartuchera que se apretaba a su cadera el revólver Smith y Wesson que le había regalado Juanito Rocuant la Navidad anterior, en una inequívoca muestra de amistad ya que, según le había manifestado, esa arma procedía de su padre, quien cumplió labores de sereno en las minas del norte cuando la ley escaseaba por las desérticas tierras calicheras.

Pamela bajó de su montura con grácil agilidad y se encuclilló al lado del caballo, mirando a “Gregorio” que avanzaba lentamente hacia un objetivo desconocido.

Por el costado derecho de los arbustos apareció la sombra de un jinete recortada contra el fondo del cielo estrellado.

Tomás golpeó con suavidad el lomo de “Gregorio” quien, de inmediato, se recostó sobre el piso rocoso y abandonó su actitud de alerta.

El jinete pasó a cinco metros de la posición en que se encontraban; iba rumbo a Los Piches, de ello no cabía duda alguna. Parecía avanzar con prisa, a juzgar por los taconeos que propinaba a la bestia. No portaba espuelas y el caballo carecía de herraduras pues no se escuchaba el resonar de los cascos sobre las piedrecillas del sendero.

Por unos segundos la luz de la luna creciente iluminó el rostro del desconocido, y Tomás estuvo a punto de exhalar un juramento pues reconoció al hombre en un santiamén, pero optó por cubrir la boca con su mano enguantada mientras devolvía el revólver a la cartuchera.

El jinete se perdió cerro abajo y “Gregorio” alzó su estampa acercándose a su amo.

Pamela también se aproximó, dando pequeños saltitos, para mirar extrañada al alelado Tomás que continuaba con una expresión de incredulidad en su cara.

  • Por la puta madre –gimió el maderero- que me caiga un rayo de nuevo si ese que acaba de pasar no era el Padre Damián…
  • ¿El cura de Los Piches? –balbuceó la mujer- ¡Estás loco Tomás! El tipo ese iba vestido como arriero, llevaba un equipo de alta montaña con él….
  • Sí, también llevaba un rifle…¡¡mi rifle!!… -levantó su humanidad y golpeó su muslo con el dorso de la mano- Estoy completamente seguro que era el Padre Damián. ¿Qué cresta hacía en territorio argentino a estas horas de la madrugada, escabulléndose como un forajido y usando ropas de arriero?…
  • Hum…y llevando binoculares –agregó Pamela- ¿Estás seguro, absolutamente seguro que era el cura Damián?
  • Tan seguro como que hace tres horas atrás te conocí desnuda.
  • Esto me parece increíble….
  • Mira, avancemos hasta las cercanías de Viento Pampa y veamos si hay algo de interés por allí; a lo mejor logramos descubrir también por qué el cura merodea por estos lados –dijo Kerneur, aún alterado- Y saber cómo se agenció mi Winchester…
  • O quién se lo dio –apuntó la mujer en tono dubitativo.

Perdieron el tiempo. Se acercaron a los contrafuertes de las colinas que escondían el villorrio argentino sin encontrar presencia humana ni vestigios de algo que llamase su atención. Todo era calma y silencio. Volvieron grupas hacia el oeste y decidieron regresar por el Sueño de la Luna a la mayor velocidad que sus caballos podían lograr, pues Tomás estaba deseoso de golpear las puertas de la iglesia y conversar con el cura esa misma madrugada.

Amanecía cuando ingresaron a Los Piches.

Los golpes propinados a la gruesa puerta de la iglesia despertaron a los vecinos que salieron tímidamente a la calle para enterarse del origen de aquel bochinche, pero nadie al interior del templo les respondió sus llamados.

Angel Rocuant, hermano del gigantón que le había regalado a Tomás el Smith y Wesson, puso su enorme mano sobre el hombro del maderero y terminó el escandaloso martillear de la puerta.

  • ¿Qué pasa compadre? ¿Por qué tanto alboroto? –preguntó aún somnoliento.
  • Quiero hablar con el Padre –se excusó Tomás.
  • Estás perdiendo el tiempo entonces. El Padre se fue ayer a Cochrane y regresará pasado mañana. Fue a buscar material para las catequesis de los niños escolares.
  • ¿A Cochrane? ¿Estás seguro Angel? –terció Pamela, definitivamente intrigada.

Rocuant la miró como a un pájaro extraño, sin entender qué hacía la hermosa dama a esa hora de la mañana junto a Kerneur y frente a la iglesia. Miró los caballos de ambos y las dudas orlaron su cara, pero se abstuvo de hacer preguntas cuyas respuestas prefería no conocer. Después de todo, ambos estaban sin ataduras legales, eran adultos y podían hacer lo que les placiera.

  • Por supuesto, señorita Pamela. Mi hermano y yo lo acompañamos ayer temprano hasta el lago grande y lo dejamos en la balsa de don Aquiles.
  • ¿Pero lo vieron balsear al otro lado? –insistió la dama.
  • Meh, y pa’qué íbamos a quedarnos ahí mirando… si el Padre viajó junto con los militares que lo estaban esperando… siempre que va a Cochrane lo acompañan los militares….

Con un manotazo sobre la montura de su caballo, Tomás dio por terminada la tertulia y se despidió de Pamela, señalándole que, a medio día, en la oficina de Galleguillos, conversarían el asunto que les preocupaba.

Sin esperar respuestas, subió a su caballo y se marchó al aserradero, olvidándose de la mujer y de los vecinos que aún se mantenían formando un círculo frente a la iglesia.

Al llegar a su casa, una nueva sorpresa tiñó su rostro cansado.

Una sombra cruzó furtivamente a sus espaldas, aunque no tan rápido como para evitar que él la viese ya que giró con presteza su tronco sobre la montura.

Era Conny que ingresaba como alma que se lleva el viento al interior de su vivienda.

Esperó algunos momentos y comprobó que la niña había llegado al dormitorio del segundo piso, pues una lámpara a petróleo fue encendida y la ventana se iluminó como por encanto.

Espoleó brutalmente los ijares de la bestia y galopó a todo dar hasta la casa del profesor Felipe Ortega. Lo que vio le dejó aún más extrañado, pues apenas frenó la cabalgadura la luminosidad que había visto en el dormitorio de Jonathan desapareció.

  • ¿Qué diablos está pasando en este pueblo? –preguntó amoscado a “Gregorio” que le había seguido en perfecto mutismo- Luces violetas en la laguna, campamentos extraños en Viento Pampa, dos argentinas que se le arrancan al duro de Silveira, nuestro curita que hace de las suyas a espaldas de todos y, para rematar el asunto, estos dos “cabros” que nosotros creemos tontos andan por quien sabe dónde y haciendo trabajos para nadie sabe quién…

Chasqueó la lengua para que su caballo iniciara el tranco, lo que logró de inmediato, y mirando al perro concluyó sus reflexiones.

  • ¿Te das cuenta que aquí hay gato encerrado? Al menos Pamela me regaló unas horitas encantadoras… ¿no te parece?

“Gregorio” gruñó como si hubiese entendido, y ladrando por primera vez en la noche se adelantó al caballo corriendo hacia el aserradero.

Moira, Paola y Néstor llegaron hasta el sitio donde tenían oculta la casamata luego del aviso en clave que uno de los militares le transmitiera vía radio.

La comunicación avisaba de “cóndores en rapiña”, lo que significaba que alguien se había enterado de la presencia, hasta ahora secreta, de los trabajos científicos que ellos realizaban en el sector chileno, por lo que el ánimo de las ingenieras no era el mejor esa mañana del dos de diciembre.

La situación empeoró cuando los hombres que esperaban la llegada de las oficiales hicieron entrega de un papel que habían encontrado bajo una piedra, sobre la casamata cubierta por arbustos.

Paola fue la primera en leerlo, y su faz empalideció no bien terminó el texto, pasando la hoja a Moira con cara de angustia.

  • Es para ti –dijo por único comentario.
  • ¿Para mí? –preguntó extrañada la hermosa oficial.
  • Eso dice al comienzo…léelo…es una especie de poesía….
  • ¿Poesía? –las dudas ensombrecieron la cara de Moira.

Extendió el papel ante sus ojos y leyó en voz alta, tratando de que sus emociones no perturbaran su reconocida racionalidad.

Moira:

Seráficos rostros amortajados

de lunas rojas y astros vedados,

al pálido sol inclinan sus ojos

en turbios rastros de nuevos enojos.

Vientos monstruosos soplan la frente.

Jamelgos helados caminan la nieve.

El calor de la guerra quema potente

los llantos de hombres que ya nada pueden.

Años de historia y trágico error

se enfrentan ahora a ver el mejor.

Termina este mes la mortal espera

sabremos por fin de quién es la frontera.

La Logia Lautarina.

Santiago, marzo de 1818.

Paola se acercó tímidamente y abrazó a Moira por los hombros. La rubia temblaba como hoja al viento, sin embargo, logró sobreponerse al miedo y transó esa actitud por la emoción.

  • Si no te has percatado, amiga mía, la hoja es de confección antigua… fíjate en el grosor del papel…
  • Sí, me di cuenta, Paola…como también me llama la atención el tipo de letra, así como la tinta usada…
  • Dios mío…pareciera que se trata de un documento de aquella época.
  • Excepto mi nombre…alguien lo escribió con un lápiz pasta, aunque los trazos corresponden exactamente al tipo de letra del resto de la poesía.
  • Moira…capitán…debemos hablar con Silveira.
  • ¿Con ese pelmazo? –explotó la D’Angelo afligida.
  • ¡Tiene que saberlo! ¡No podemos ocultar más tiempo nuestra misión aquí! –respondió la Tarantini con fuerte convicción- Si la guerra se desata deberemos regresar a Buenos Aires, vos sabés…¿y quién quedará al cuidado de nuestro trabajo? ¿Quién se encargará de proteger todo esto? ¿Se lo entregaremos a los chilenos? ¿Eso querés?
  • Tenés razón, como siempre. Hablemos hoy mismo con el pedante de Silveira.
  • Gracias Moira…acabemos con esto de una buena vez. Mirá que el papelito poético que te endilgaron agrega un nuevo misterio a la….
  • ¡Silencio teniente! –exclamó Moira perentoria- ¡Ni una palabra más! ¡Enviaremos este trozo de papel…este documento…a los laboratorios militares de Rosario! Ellos nos dirán de qué se trata. Puede ser una broma de mal gusto de esos chilenitos muertos de hambre.
  • O puede ser realmente un documento del año 1818 –apuntó Paola, haciendo enmudecer a la capitana.

Ordenaron a los hombres cubrir nuevamente la casamata y mantener la vigilancia del sector hasta el anochecer, hora en que deberían hacer abandono del lugar y refugiarse en el campamento cercano al Sueño de la Luna.

Marcharon de vuelta a Viento Pampa, espoleando sus cabalgaduras con rabia y preocupación, pues les esperaba una ingrata labor en las oficinas del sargento de policía Juan Carlos Silveira, quien formularía mil preguntas y explotaría en cien rabietas al no contar con respuestas.

Durante el trayecto de regreso, Paola aceptó que los problemas vividos por ella en la unidad militar de Rosario fueron cosas de niños comparados con los que actualmente le aquejaban, ya que antes se enfrentó a las actitudes machistas de algunos oficiales, pero ahora estaba de cara a situaciones extrañas que no manejaba ni alcanzaba a comprender en su globalidad.

Por un instante pensó que la mejor solución era la guerra. Con ella, y gracias a ella, todo esto quedaría en el olvido y podría regresar a Buenos Aires para continuar haciendo una vida normal.

¿Vida normal? ¿Con quién?

El rostro agraciado del sargento Silveira apareció frente a sus ojos sin que ella lo hubiese llamado.

Moira lo había calificado de “pelmazo”, pero a ella en cambio le parecía atractivo, trabajador y honesto.

Sí, le agradaría conversar con el jefe de Viento Pampa….quizás le solicitase una entrevista personal, alejada de los mirones de siempre, acompañada de un par de velas y una botella de vino blanco helado.

¿Por qué no?

Moira nada podría decirle, ya que fue notorio que la capitana se encontró en situación embarazosa durante el almuerzo del día anterior cuando a su lado, casi rozándola, se sentó ese chileno buen mozo llamado Tomás.

Hum…y Moira fue quien lo desnudó para recostarlo en la camilla del campamento la noche aquella que cayó el rayo.

¿Qué fue lo que había expresado la adusta ingeniera esa vez?

Ah, sí.  “Paolita, si supieras la belleza que acabo de ver dentro de la tienda” ….

Definitivamente, Moira no tenía autoridad moral para impedirle una relación con Silveira, pues en sus instrucciones recibidas en Buenos Aires nadie les dijo que el sexo les quedaba prohibido, y considerando que hacía largos años que ella estaba en abstinencia, ¿qué daño provocaría a la misión una noche de amor con el jefe del pueblo? Ninguna…eso era…ninguna.

Menos aún si la guerra estaba por estallar.

Tres veces por semana, sin haber fallado nunca, Conny y Jonathan se refugiaban en la cabaña de la colina de la laguna cuando la tarde tocaba a su fin, huyendo de sus hogares en los que nadie se preocupaba ya por las escapadas de los jóvenes que regresaban, por lo general, cuando el día alzaba su frente tras las montañas y miraba hacia el lejano océano, regalando diáfanos rayos de nuevas esperanzas.

Julieta había observado un cambio lento y progresivo en quien fuera antes una tímida chiquilla, y que ahora la sorprendía con actitudes y aptitudes que nunca antes demostró.

La notaba, la sentía, más madura y menos temerosa, segura de sí misma, enamorada de los paisajes lugareños y desarrollando, cada vez con mayor agresividad, un estilo pictórico que transitaba de la simple representación fotográfica a un incandescente conjunto de colores y figuras que distaban mucho de la realidad circundante, acercándose a la revoltura de destellos y puntos que hicieron famoso a Picasso y millonario a Dalí.

Le alegraba el alma saber que Conny era por fin feliz en algún lugar de la tierra, por lo que tan singular acontecimiento le hacía agradecer a Dios el haberle impulsado a dejar Santiago y afincarse en aquella zona de salvaje belleza y dudosa civilidad, ensombreciéndole su ánimo únicamente el fantasma tétrico de una guerra que nadie deseaba y cuyo principal escenario se encontraba a tiro de piedra de donde ellos vivían.

No podía dejar de reconocer que también era feliz en Los Piches, pues su trabajo en la escuelita le llenaba de satisfacción al tener conciencia que su labor profesional era el único camino que poseían los niños para acceder al conocimiento, y que sólo a través del esfuerzo que tanto ella como el profesor Ortega desplegaban, los chicos podrían contar con mejores elementos y mayor aprendizaje. Además, el sueldo era mejor que aquel recibido por sus colegas en Santiago, ya que se incrementaba con el porcentaje de zona que el Ministerio cancelaba a los maestros que desarrollaban su acción en lugares apartados, añadiéndole a ello una asignación por desempeño difícil.

Por otra parte, Bernardo le había confesado que su trabajo en el galpón de los militares le otorgaba una permanente capacitación en materias de alto vuelo, pues varias veces hubo de trasladarse hasta Cochrane para recibir calificación especial en tecnologías nuevas que eran aplicadas a los asuntos propios del ejército y que, de inmediato, se acompañaban con la maquinaria pertinente, que era trasladada hasta Los Piches donde él constituía el principal eslabón de esa cadena.

Sólo le preocupaba Carlitos, chiquillo vivaz e inquieto, pues sabía que en pocos años más debería matricularlo en el liceo de Cochrane, pagando una pensión en la que pudiese contar no sólo con alojamiento y comida, sino también con el calor de hogar necesario para llevar a buen término los estudios de educación media, requisito indispensable para que el niño postulara a la Escuela de Aviación, su meta principal según él mismo reconociera cientos de veces, de la cual esperaba egresar como técnico en electrónica o en comunicaciones.

Conny, definitivamente, estaba cambiando a pasos agigantados. Eso le alegraba el alma y aquietaba sus aprensiones.

Gran parte de responsabilidad en ello tenía Jonathan, quien a juicio del profesor Ortega también venía experimentando un crecimiento intelectual que le sorprendía, pero del que no deseaba hablar ya que la ciencia médica le había asegurado que el joven jamás lograría abandonar su característica de limítrofe.  Don Felipe no quería hacerse ilusiones y caer al barranco de la decepción. Por ello, asumía perfectamente que las fugas del “Avutarda” hacia la colina de la laguna resultaban ser la mejor terapia para su hijo.

No obstante, los padres de ambos jóvenes tenían en sus corazones una duda que les roía las entrañas y que en más de una ocasión fue tema central de sus conversaciones.

Jonathan y Conny eran jóvenes vigorosos, de hermosas facciones y cuerpos esbeltos. Se entendían y se querían con entrañable cariño. Jamás habían discutido, nunca se les vio disgustados o aburridos por la presencia del otro. No tenían más amigos que ellos mismos, y habían construido un mundo en el que se comunicaban perfectamente.

Una tarde, don Felipe les sorprendió en el comedor de su casa tomados de la mano y mirándose a los ojos con indiscutible muestra de un cariño que el profesor no pudo confundir.

Los chicos se amaban…estaban enamorados, y eso era un hecho indesmentible.

Las largas y continuas citas nocturnas en la cabaña –que, dicho sea de paso, los padres jamás habían visitado, ya que tampoco se les invitó nunca- podían permitir que el amor inundara sus corazones y excitara sus cuerpos, con el evidente riesgo de un embarazo que nadie deseaba por razones más que obvias.

Era una posibilidad que debía ser considerada, pero sin entrabar el desarrollo de ambos por las atávicas dudas de las familias respectivas, lo que habría desembocado más temprano que tarde en la concreción de un trauma mayor.

Por eso, con el argumento de realizar un examen médico de rutina –lo que además era exigido anualmente por el señor Galleguillos a todos los vecinos- Julieta conversó con la doctora Rodríguez y le expuso sus dudas.

A partir del término de la próxima regla de Conny, Julieta se encargó de suministrarle una píldora anticonceptiva diariamente, afirmando su acción en el diagnóstico de la profesional que le aseguró fehacientemente que la muchacha se encontraba virgen.

Julieta, cauta y equilibrada como era, se juró a sí misma nunca más repetir la pregunta a la doctora y dejar que Conny decidiese su conducta a ese respecto. Con las píldoras ella, como madre, se sentía satisfecha.

Desarrollados así los acontecimientos, Felipe, Bernardo y Julieta dejaron que los muchachos acudiesen a sus citas en la cabaña, sin importarles que allí pasasen noches enteras ya que, al volver a sus hogares, cada vez con mayor certeza, veían en ambos una nueva punta de crecimiento y seguridad.

Como era su costumbre, a las ocho de la tarde de aquel día martes, Conny y Jonathan se juntaron en la puerta de la casa de este último y marcharon a la cabaña de la colina siguiendo el sendero que siempre utilizaban, aquel que atravesaba el bosque de lengas y coigües y aparecía frente al arroyo que contaba con el puente de madera.

Era tanta su tranquilidad y desaprensión que no se fijaron en la figura de Tomás, que les seguía a pie, a pocos metros de distancia.

El maderero deseaba saber exactamente qué diablos hacían los muchachos en la cabaña, ya que le extrañaba que dos jóvenes a quienes consideraba algo deficientes en lo mental concurrieran a ese sitio con la religiosidad de un musulmán.

Se mantuvo en las proximidades de la colina durante largo rato, esperando la oscuridad de la noche para poder acercarse a la cabaña –que él no visitaba desde hacía meses- y observar la actividad que los chicos pudiesen desarrollar en su interior, pues consideraba un verdadero pecado que los padres de ambos les permitiesen alejarse del pueblo en momentos que nadie dudaba de la cercanía de un conflicto de proporciones con el país vecino.

Cuando consideró que la penumbra ambiente otorgaba seguridad para su desplazamiento, Kerneur ascendió la colina por la parte posterior y llegó a la cabaña por su lado norte, de espaldas a la quebrada del río.

  • Dios mío… ¿qué es esto? –se preguntó asombrado.

El techo no era el que había conocido cuando Arcadio le llevó una mañana para mostrarle las habilidades de Jonathan.

Carecía de los convencionalismos de la zona, vale decir, tejuelas de alerce o bien simples planchas de zinc apernadas con fuerza al maderamen de las vigas.

Este techo era un enredo de estilos y formas, a veces con alerce, otras con zinc, en planchas colocadas casi en pendiente, formando figuras surrealistas que terminaban en los cuatro costados con tiras de fierro que tendían hacia el centro, donde casi se juntaban, unidos y separados por una especie de tapa de olla perforada en sus bordes y amarrada con gruesos alambres a las estructuras metálicas.

Casi imperceptiblemente, un tenue y ahogado zumbido dejaba escapar sus bajos tonos desde algún lugar cercano a la cabaña.

Tomás pensó que era el viento bailoteando entre las hojas y arremolinándose en la quebrada cercana, pero luego descubrió que ninguna copa de árbol se mecía  ni tampoco su cabello o su propio cuerpo sentía el tránsito del aire en movimiento…porque simplemente no había viento ni brisa en ese sector….pero más allá de la colina, a pesar de la oscuridad nocturna que era desgarrada por la luna menguante, ¡podía distinguir que los árboles y arbustos sí se movían a causa del soplido del viento típico del mes de diciembre!

Haciendo de tripas corazón, deslizándose agazapado y evitando provocar ruido con sus botas, llegó hasta la pared de la cabaña. Como allí, en el lado norte de la misma, no había ventana, avanzó hasta el lugar lateral del que sobresalía un pesado postigo que se encontraba abierto, dejando escapar la luz de una lámpara a petróleo que los chicos seguramente habían colocado en su mínima intensidad.

Se fue alzando con cuidadosa lentitud, hasta alcanzar la altura requerida para observar al interior del rústico inmueble.

Los muchachos estaban trabajando en perfecto silencio.

Conny pintaba sobre una tela algo que a Tomás le pareció el cuerpo deslavado de una persona alta y extremadamente delgada.

Jonathan lijaba la pata de una mesa, o algo similar, pues no pudo distinguir con precisión qué artefacto o mueble era.

Se fijó que en medio de la pieza había una pequeña mesa que sostenía un aparato de radio común, con su antena levantada al máximo, apuntando al techo.

“Una radio a pilas”, pensó, “les debe gustar escuchar casetes de música”.

Sin embargo, no observó casetes ni envases similares alrededor.

Su corazón dio un brinco fenomenal cuando Conny se levantó repentinamente de su taburete, dejando el cuadro que había estado pintando, para acercarse a Jonathan con evidente cara de preocupación, arrodillándose frente a la silla que ocupaba el joven.

Tomás escondió su cuerpo tras el postigo, manteniendo tan sólo su ojo izquierdo avizorando la escena.

La hermosa muchacha tomó la mano de Jonathan y la colocó sobre su frente, cerrando los ojos y manteniendo quietud durante unos segundos.

El joven lanzó una corta risa que asustó al maderero, pues fue brusca y sonora.

  • No, Conny, deja de preocuparte… hoy es martes y nada malo va a ocurrir. ¿Por qué tienes tales aprensiones? Hemos avanzado mucho en este proyecto, como para que de la noche a la mañana sea abortado por indescifrables ulterioridades.

Por la mente del maderero pasó rauda la pregunta que hería su espíritu en ese instante. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde la última vez que escuchó hablar al “Avutarda”? ¿Por qué y cómo ahora el muchacho a quien todos, y él mismo a la cabeza de todos, suponían enfermito mental, se expresaba con tanta naturalidad utilizando conceptos que escapaban a su calidad de limítrofe?  Aún más, conceptos que quedarían grandes en boca de cualquier persona de Los Piches.

¿Entendía Jonathan lo que Conny le expresaba?

La chiquilla apretó la mano del “Avutarda” contra su propia frente y volvió a cerrar los ojos, esta vez durante un lapso más prolongado.

  • Amor mío, yo también te amo entrañablemente y te juro que en poco tiempo más podremos terminar con esto y hacer una vida juntos.

La preciosa cabecita de la niña rubia se alzó hasta alcanzar la altura que Jonathan ocupaba sentado en la silla, le tomó de la nuca y lo besó apasionadamente en los labios. Ambos comenzaron a levantarse, siempre abrazados y besándose cada vez con más ardor.

Fue un beso largo, profundo.

Con extremadas muestras de cariño y amor, el “Avutarda” comenzó a desnudar a la muchacha, la que a su vez ayudaba al joven a desprenderse también de su ropa, mientras se acariciaban con evidente excitación y gemían en susurros prolongados.

Desnudos, abrazados en una fusión increíble, siempre acariciándose y moviéndose acompasadamente, los amantes se arrastraron hasta una especie de diván ubicado en el fondo de la pieza, donde la luminosidad era vencida por las románticas penumbras de aquel rincón.

Allí se dejaron caer suavemente y continuaron con la actividad erótica que había hecho abrir desmesuradamente los ojos a Tomás, quien de inmediato se retiró del lugar de observación y fue a respirar sus emociones sentado en una piedra alejada de la ventana.

Con la cabeza entre sus manos, el técnico agrícola se arrepentía sinceramente por haber seguido a los chicos hasta la colina, ya que consideraba que la intimidad y privacía eran elementos sagrados en la vida de todas las personas.

Ahora tenía un problema mayor. ¿Cómo explicar a los padres de los jóvenes lo que estos hacían en la cabaña, tres veces a la semana?

Se juró a sí mismo que nunca más se metería en asuntos que no eran de su incumbencia.

Decidió alejarse lo más rápidamente de aquel sitio, saliendo del haz de luz que escapaba de la ventana, sintiendo claramente los quejidos de Conny en una algarabía coral de satisfacción, placer y amor.

Trastabillando en los múltiples obstáculos del terreno, descendió la colina con el alma llena de congoja y cientos de dudas en su mente. Se había equivocado respecto de los chiquillos. Todo Los Piches estaba en un error; incluso los mismos padres de los jóvenes vivían en mundos errados, imbuidos en la falsa idea de tener hijos con limitaciones, hijos que por supuesto habían sido lo suficientemente hábiles para engañar también a los profesionales de la medicina, a los profesores y a sus vecinos.

Jonathan era un hombre lúcido, habilidoso e inteligente. ¡No podía pensar otra cosa luego de haberle escuchado mencionar términos, conceptos e ideas que distaban absolutamente de lo que una persona mentalmente limítrofe podía realizar!

Y Conny…ella se comunicaba con su amado a través de contactos telepáticos transmitidos de su cerebro a la cabeza del muchacho, usando la piel, las manos, la frente, como hilos conductores perfectos. Había visto algo similar en programas de televisión, donde un psíquico español lograba captar los pensamientos de sus telespectadores –lo que siempre consideró un fraude divertido, propio solamente de la farándula del espectáculo, preparado de antemano con mucho dinero de por medio- pero esto fue real, concreto, y él asistió involuntaria e indudablemente a tal evento.

Se acercaba al puente de madera cuando distinguió tres puntos luminosos que descendían del cerro oriental de la quebrada profunda. Lo hacían con lentitud, entrabado el tránsito por la irregularidad de un terreno que aumentaba su dificultad en la oscuridad de la noche.

Como un ramalazo de cordura, las ideas objetivas y concretas regresaron a la embarullada cabeza del maderero haciéndole recordar el objetivo principal de su frustrada inspección a la cabaña, pues seguía sosteniendo que los argentinos habían estado en ese lugar muchas veces, buscando algo que él no alcanzaba a comprender y que ahora parecía escapar de los límites tolerables de la ignorancia.

Regresó con la máxima rapidez que le permitía el terreno agreste, tratando de encontrar el punto donde pudiese toparse con los extraños recién llegados. Eligió una piedra de volumen y tamaño respetables, tras la cual escondió su cuerpo pegando la espalda a las aristas frías de la roca y alertando sus sentidos para percibir el caminar de los desconocidos. Desabrochó su chaquetón para sacar el revólver –lo llevaba siempre consigo en las travesías nocturnas, ya que su Winchester parecía descansar ahora en las manos del Padre Damián- que blandió en la mano derecha, disponiéndose a usarlo si fuese necesario. Con suavidad de experto amartilló el percutor y colocó el cañón del arma a la altura de su boca, asida con ambas manos, suspendiendo su propia respiración para saltar como un condenado y enfrentar a los que arribaban desde el este.

Escuchó sus pasos, algo así como un leve arrastrar de hojas sobre las que se deslizaba una gallina o un animal pequeño y liviano.

Arriesgó su espíritu al levantar un tanto la cabeza sobre la piedra para precisar el lugar en el que se encontraban ahora los extraños. Reconoció de inmediato a Moira D’Angelo y a Paola Tarantini, pese a que vestían ropas oscuras y unas especies de boinas que ocultaban sus cabelleras. El tercer invasor era Néstor, también ataviado con un traje negro, y al igual que las damas portaba una especie de radiotransmisor, o artefacto de control remoto, que apuntaba su antena hacia la cabaña. Se les veía ansiosos, expectantes y tensos.

De un salto brusco, Tomás les enfrentó encañonándoles con el arma apuntada directamente a la cabeza de Néstor. Instintivamente, Moira levantó los brazos, sorprendida. Paola lanzó un corto chillido de temor, mientras que el hombre de negro sólo se limitó a abrir los brazos en cruz para demostrar que no portaba armas.

Kerneur no alcanzó a decir lo que había estado pensando aquellos últimos segundos. Quiso gritarles que botaran al suelo los artefactos, que se pusieran espalda contra espalda formando un círculo, con las manos alzadas y tomadas en lo alto. Quiso decir eso y mucho más.

Pero el zumbido había regresado, esta vez con mayor fuerza y vibración, sacudiendo levemente la superficie de la tierra y provocando la desbandada de aves que habían recogido sus alas en lugares protegidos en los que habituaban pasar las noches.  Avutardas y caiquenes huyeron por decenas hacia los cielos del poniente, batiendo alas sobre las cabezas de los asombrados humanos.

Entonces vino de nuevo la luz, como un haz de ignota procedencia que abrió un día violeta sobre los parajes de la laguna, frigorizando los espíritus de los cuatro espectadores que estaban cerca del puente de madera.

Una enorme cúpula invertida se posó sobre la cabaña donde estaban los muchachos, llenando de color lila el entorno y provocando pequeños rayos de molesto blanco que rechinaban en las puntas de las tiras de fierro provocando múltiples cortocircuitos que rasgaban la atmósfera. El borde inferior de la cúpula se tornó anaranjada, y de su centro surgió un grueso tubo luminoso de color amarillo que cubrió la tapa de olla amarrada a los fierros. Por el medio perfecto de ese tubo comenzó a descender una línea verdosa que simuló traspasar la tapa e introducirse en la rústica vivienda, la que fue abrazada por continuos bombardeos de luces multicolores. Por un momento extremadamente corto, la cabaña desapareció tras la bruma lumínica y pareció que nada había en la cima de la colina…salvo luz y vibraciones.

Moira miró a Tomás con ojos implorantes en un ruego que el maderero captó, asintiendo con su cabeza. La mujer manipuló el artefacto que llevaba en sus manos, apuntándolo a la cabaña directamente. Néstor y Paola le imitaron dos segundos después. Tomás bajó el arma y mantuvo la vista fija en el espectáculo fantasmagórico. Todo era color lila a su alrededor; miró su mano izquierda y dio un respingo brusco. Podía distinguir los cartílagos y falanges, como si hubiese metido el brazo en una máquina de Rayos X.

Observó temeroso a los tres argentinos que dedicaban su tiempo a manejar sus artefactos, ajenos a los atavismos que atravesaban el corazón del maderero. Pudo ver los pulmones y el corazón de Paola, tras la configuración de su caja torácica; distinguió las caderas de la rubia, los huesos de la pelvis… cerró los ojos anonadado, tratando de despejar la ilusión con un fuerte movimiento de su cabeza. Pero, al abrirlos nuevamente la ilusión continuaba existiendo. Un frío glacial recorrió sus brazos y piernas; creyó que iba a perder el sentido pues su corazón golpeaba en su pecho cual tambor indio llamando a la batalla, pero contuvo sus emociones mediante la expulsión de palabrotas que dirigía hacia el cielo violáceo.

El zumbido cesó bruscamente, y el silencio fue de nuevo el único decibel presente en la escena. Las luces fueron bajando su intensidad poco a poco, degradando hasta desaparecer por completo y el cielo mostró su fondo de estrellas con la luna caminando hacia el océano, como si nada hubiese ocurrido en aquel lugar. La brisa regresó con su soplo tenue y fresco, sacudiendo las copas de los árboles y revolviendo los fraseos angustiosos de las bocas temblorosas.

Una cinta de luz alba, nívea, brillante, atravesó el cielo hacia el sur, como un relámpago furtivo, estrecho y corto. Luego, el silbido agudo de la estela luminosa siguió al brochazo blanco en su trayectoria al infinito, para dejar los parajes de la laguna libres de presencias indecibles y las mentes de los cuatro espectadores ahítas de dudas, preguntas y temores.

Sobre la colina, ya despejada de colores, la cabaña reapareció a la vista de los ateridos testigos, y en su interior la débil luz de la lámpara a petróleo iluminó nuevamente una de sus ventanas.

Tomás guardó el arma y echó a correr hacia la falda de la colina. El grito estentóreo de Moira le detuvo.

  • ¡¡NO!!… ¡¡NO!!….
  • ¡Los chicos…los chicos! –gimió el maderero.
  • Esperá un momento, sólo un momento. Quizás los pibes salgan de la cabaña ahora que ha terminado todo –Moira miraba algo en su radiotransmisor- Creo que logré registrar…tenemos que ir a la casamata…allá el equipo nos lo dirá.

Esperaron diez minutos, agazapados tras los arbustos con los ojos puestos en la colina. La luz de la lámpara se apagó, y los muchachos, como sombras recortadas contra el infinito, regresaron al pueblo tomados de la mano, riendo alegremente.

Pasaron a pocos metros del escondite que Tomás había elegido para sorprender a los argentinos, sin percatarse de la presencia de los asombrados testigos. El maderero habría jurado que escuchó a Conny pronunciar algunas palabras….

Con los ojos humedecidos por la emoción y el miedo, Kerneur se sentó al borde de la enorme piedra y escondió su cara entre las manos. Quería llorar y no sabía por qué. Optó finalmente por rezar un Padrenuestro con voz que era casi un susurro; al terminar, respiró con fruición el aire fresco de la noche y se puso de pie para interrogar a los argentinos, llevando su mano al lugar donde había escondido el revólver.

Para su sorpresa, Moira y sus compinches habían desaparecido.

Dubitativo, decidió por fin lanzarse en loca carrera hacia Los Piches, pues deseaba interceptar el paso de los muchachos antes que estos llegasen a sus respectivos hogares y perdiese la oportunidad de contar con las respuestas que sus cientos de preguntas requerían.

Traspuso el bosque de lengas con la velocidad de un atleta, chocando a veces contra los troncos y piedras, resbalando, golpeándose las manos y rodillas, levantándose con agilidad y proseguir corriendo tras los pasos de los jóvenes amantes.

Iniciaba el recorrido final del sendero que llevaba a Los Piches cuando algo trabó sus piernas, yendo a caer cuan largo era sobre el encharcado camino, quedando tendido boca abajo con todo el cuerpo dolorido.

Una sombra se plantó frente a él. Vio un par de botas sucias de barro, una capa larga de gruesa tela colgando de un cuerpo esmirriado…pero que le apuntaba con un Winchester…

El Padre Damián, sin sus hábitos sacerdotales y con rostro ceñudo, le ordenaba silencio perentoriamente.

A las espaldas del cura, otras sombras se movían en absoluto mutismo. Tomás reconoció los uniformes del ejército chileno.

C  A  P  Í  T  U  L  O      V I

La doctora Lula Rodríguez observó desconsolada el tamaño de los siete bultos que ocupaban el espacio de la habitación que ella dispuso como lugar de almacenamiento temporal, dudando si contaría con ayuda el lunes siguiente al momento de inventariar y ordenar los medicamentos que el ejército había enviado hasta Los Piches por propia iniciativa, ya que el stock farmacéutico del policlínico aún contaba con suficiente cantidad de medicinas para tres meses.

Una extraña aprensión llenó sus pensamientos cuando el camión militar se detuvo frente al consultorio y los soldados, envueltos por el mutismo, se afanaron en la tarea de descargar los bultos sin consultarle ni esperar su anuencia.

El sargento que iba al mando del grupo cruzó con ella una mirada astuta, plagada de cómplice entendimiento, que no dio cabida a preguntas ni explicaciones ya que el contenido de los paquetes no podía ser sino un arsenal farmacológico, pese a que no existía indicación alguna en las lonas que los cubrían.

  • Lo dejo en sus manos, doctora. Espero que nunca tenga necesidad de recurrir a estos bultos, pero como van las cosas….
  • Entiendo, no se preocupe –contestó Lula abatida.

Los soldados regresaron a Cochrane tan rápidamente como habían llegado, y la doctora quedó frente a los embalajes parada cual estatua humana, con los brazos cruzados sobre el pecho y una mirada extraviada en los amargos caminos que la guerra construiría pronto.

No contaba con una lista de inventario, por lo que suponía que el ejército deseaba mantener un secreto al respecto, o al menos una sigilosa confidencialidad, a pesar del apuro con que estaba actuando.

Abrió el primer bulto e indagó en su interior con prolija calma.

Había un sinnúmero de instrumentos quirúrgicos, amén de medicamentos variados, pero notó que todos, o la mayoría de ellos, respondían a necesidades de posibles pacientes politraumatizados o heridos por accidentes provocados por elementos corto punzantes.

Pensó en solicitar al sargento Pereda el apoyo de los dos cabos que estaban bajo su mando, pero desestimó la iniciativa de inmediato ya que supuso que los militares del galpón deberían estar cumpliendo otras órdenes, abocados de lleno a los prolegómenos de un conflicto que se veía venir a mata caballo.

Fuertes golpes en la puerta del policlínico la sacaron de su abstracción. Instintivamente miró su reloj. Eran las seis y media de la mañana. Hacía una hora y quince minutos que los camiones del ejército le habían despertado para hacerle entrega de los bultos. Si ahora se enfrentaba a una emergencia médica, su día laboral sería largo y azaroso, debiendo olvidar que su cama tibia le esperaba para una o dos horas más de sueño.

Arregló su cabello con ambas manos y se dirigió a la puerta. Se sorprendió al ver a Tomás Kerneur y al Padre Damián frente a sus ojos, con aspecto de haber vivido una noche tormentosa y agitada, a juzgar por los rostros demacrados y las ropas encharcadas. Sin embargo, lo que hizo mayor fuerza en su extrañeza fue el atuendo militar que usaba el cura y los uniformados que le acompañaban.

Lula tenía algo de experiencia profesional con los hombres de armas; trabajó junto a ellos durante un semestre en Concepción, sirviendo de médico de emergencia en la base militar de la isla Quiriquina, actuando además como enlace efectivo con los galenos de la base naval en el mismo lugar. Por ello, tenía claro que ante la presencia intempestiva de oficiales del ejército la mejor forma de actuar era permitirles el paso y evitar las preguntas, vale decir, no realizar interrogatorios hasta cuando los propios soldados lo permitiesen.

El Padre Damián, o quien quiera que realmente fuese aquel inefable individuo, puso el seguro a la puerta y ordenó mantener las cortinas cerradas para evitar que alguien pudiese observar desde el exterior lo que ocurría dentro del policlínico, a la vez que los soldados buscaban asientos para descansar sus cuerpos y relajar los músculos, dejando sus armas en el piso desaprensivamente y quitándose los cascos que mantuvieron sobre sus rodillas.  

La doctora, parada en medio de la sala de espera, observaba en silencio la acomodación de los recién llegados y dedicaba atención preferente a Tomás, quien había tomado asiento en el piso, en un rincón de la sala, y mantenía su cabeza entre las manos.

El Padre Damián fue el primero, y el único, en hablar.

Le recordó a la mujer que el país estaba al borde de una guerra, por lo cual le exigía reserva absoluta respecto de lo que estaba presenciando y delo que escucharía a continuación, ya que la soberanía de Chile estaba en juego, tanto como la posesión de algunos secretos militares que ahora conocería. Agregó que lamentaba tener que involucrarla en todo aquello, pero la fuerza de las circunstancias no dejaba otra salida.

Se presentó el cura diciendo que en realidad era un oficial del ejército, con grado de capitán, perteneciente a Inteligencia, que su calidad de sacerdote obedecía a los perfiles de la misión que debía cumplir en Los Piches, y que después de esa angustiosa mañana tendría que retomar sus actividades pastorales en la iglesia del pueblo, como si nada hubiese ocurrido. Durante diez meses había estado adiestrándose para cumplir con la tarea teatral de convertirse en representante de la iglesia católica, lo que según su propia evaluación había ejecutado satisfactoriamente aquellos últimos tres años, logrando acumular datos y cifras que eran de gran utilidad para sus superiores en el ejército.  “Nuestra patria –dijo- cuenta ya con elementos de juicio suficientes para planificar ataques al territorio enemigo por estas latitudes; todo marchaba sobre rieles… hasta que llegó al pueblo la familia Cáceres Bastías, en especial la hermosa chiquilla autista, Conny, que prendó al poco sagaz Jonathan, el hijo del profesor Ortega, pues a partir de ese instante las cosas se han precipitado, adquiriendo un cariz que se nos torna inmanejable”.

El falso cura habló largamente, explicando una y mil veces que la soberanía y dignidad de la patria se encontraban por sobre cualquier otro interés; en su relato detalló sus visitas nocturnas a Viento Pampa y el registro de la cabaña que pertenecía a las dos oficiales argentinas, siempre en busca de documentación útil para su misión.

No obstante, lo más significativo se encontraba en las actividades realizadas por Jonathan y Conny –a los que motejó de “un par de avutardas que vuelan libremente de un lado a otro”, sin que nadie se hubiese molestado siquiera en preguntarse qué hacían tres noches cada semana en el interior de esa ridícula cabaña parada en la colina- ya que a poco correr el tiempo, otros sucesos comenzaron a desarrollarse en aquel sitio, lo cual llamó su atención y le hizo deambular por el bosque de lengas durante varias noches, hasta que por fin….fue testigo de tres asuntos particularmente peligrosos: las correrías de Kerneur hacia el Sueño de la Luna, las audaces incursiones en territorio nacional por parte de las oficiales argentinas, moviendo equipos de astronomía, y una singular aparición de luces color violeta que tendían a estabilizarse sobre el techo de la cabaña cuando, precisamente, se encontraban allí los dos muchachos.

Mirando fijamente a la doctora, el hombre agregó que los jóvenes presentaban ahora una aparente normalidad en términos psicológicos.

  • Perdone, pero eso no lo entiendo –interrumpió Lula con voz tímida.
  • Doctora, lo que trato de decirle es que Jonathan y Conny ya no son lo que todos suponíamos que eran. En palabras simples, señora, ellos han dejado atrás sus limitaciones y han crecido al nivel de cualquier ser humano normal.
  • ¡Eso es imposible, padre… perdón, señor! –exclamó la hermosa mujer- Yo misma he testeado en varias ocasiones a ambos, y puedo asegurarle que tanto ella como Jonathan…
  • Sí, sí…ya lo sé, doctora. Ambos presentaban anomalías claras; autismo y capacidad mental limítrofe…nosotros también los tenemos registrados en nuestros archivos con esas características, pero aquí estamos frente a un fenómeno que no comprendemos…pero que debemos averiguar. Ah, y por favor siga llamándome Padre…es más conveniente para todos.

Tomás intervino entonces para relatar a la mujer lo que había observado la noche anterior en la colina, sin omitir nada, ya que mencionó el encuentro con Moira, Paola y Néstor, con quienes participó en la observación de aquella magnífica cúpula invertida que embriagó sus sentidos y le hizo ver los huesos de sus manos y las caderas de la rubia transandina. Luego de algún rato de silencio, Kerneur contó los pormenores vividos por él noches atrás, cuando un rayo estuvo a punto de destrozarlo y fue llevado por las argentinas hasta una especie de campamento situado al norte del Sueño de la Luna, en un punto cuya exactitud quería establecer y develar.

El Padre Damián opinó que el rayo no fue tal, sino que un disparo proveniente de la cúpula había avisado a la gente de Viento Pampa dónde se encontraba el temerario e irresponsable maderero, a objeto que lo rescatasen ya que su caballo había huido, dejándole a merced de la tormenta y del frío penetrante, elementos suficientes para acabar con su vida en pocas horas. Antes que Tomás pudiese rebatir el aserto, ya que había abierto sus labios en un gesto de cómica incredulidad, el Padre Damián le apuntó con un dedo.

  • Créame…así ocurrió. Yo estaba allí, a cincuenta metros de usted, junto a dos de mis hombres –y miró hacia el lado, obteniendo un asentimiento de los militares que descansaban aún sobre las blancas sillas de la sala de espera- Por supuesto que conocemos la locación exacta del campamento argentino, y puedo asegurarle que allí no hay elementos bélicos de importancia, sino implementos de astronomía y medición. ¿Qué desean hacer las argentinas? Me imagino ahora que ellas andan detrás de la famosa cúpula violeta…al igual que nuestros dos aliados europeos.

Por primera vez en la conversación, Tomás levantó la cabeza con nervioso asombro.

  • ¿Los holandeses? Tenía la impresión que eran hidrólogos interesados en el movimiento de los ventisqueros y glaciares, pero, ¿aliados nuestros?
  • Señor Kerneur, ellos no son holandeses –terció un joven teniente que estaba a las espaldas de la doctora- son oficiales del ejército israelí, trabajan con nosotros en el norte del país adiestrando a nuestras tropas en la lucha en el desierto, y solicitaron nuestra autorización para cambiar de identidades y pasar al lado argentino. Terminaron su misión anoche, y están regresando a Tel-Aviv, vía Montevideo, pasado mañana, luego de entregar a nuestro embajador en Uruguay el informe sobre movimiento de tropas, tecnología bélica y capacidad de fuego de los argentinos en esta zona. Pero creo que regresarán pronto por estos lados, ya que se interesaron en los fenómenos que también pudieron observar en la colina de la laguna.

Pese a que la incredulidad se notaba en la faz de la doctora, poco a poco se fue convenciendo que aquellos hombres no mentían y que un fenómeno de incalculable valor científico se estaba produciendo a pocos kilómetros de su propia casa. No se atrevió a pronunciar la palabra “milagros”, pues le pareció apresurado prejuzgar situaciones que podían tener explicación racional y técnica, pero admitió que todos los datos escuchados apuntaban en esa dirección. Sin soslayar sus dudas, Lula opinó que era conveniente examinar a Conny y Jonathan a la brevedad, ya que ellos constituían el centro de aquel asunto.

  • Claro, yo creo lo mismo –dijo el Padre Damián, poniéndose de pie- pero primero tenemos que encontrarlos.
  • Búsquelos en sus casas –respondió amoscada la doctora Rodríguez.
  • Ya lo hicimos hace poco rato… ¡no están allí!  Desaparecieron…se los tragó la tierra… ¡así de simple!  El señor Kerneur jura que los vio abandonar la cabaña rumbo al pueblo, pero nosotros estábamos a media milla detrás de este caballero y no vimos a los chiquillos. O nosotros estábamos ciegos, o el señor Kerneur vio visiones.
  • Hum, quizás aún esté encandilado por los ojos de Pamela –susurró Lula con ironía, agregando con voz decidida- Hay que salir a buscarlos, no pueden andar lejos. Pero es vital examinar a esos muchachos y obtener mayor información respecto de este asunto de cúpulas, rayos y milagros que me causan absoluta incredulidad.
  • De acuerdo –exclamó el Padre Damián- yo regresaré a mis “labores” eclesiásticas de inmediato, y el señor Kerneur acompañará a mis hombres en un rastreo por la zona. Nos juntaremos a las tres de la madrugada en este mismo policlínico. En cuanto a usted, doctora, le recomiendo realizar hoy su labor habitual y tener todo preparado ante el eventual caso que podamos atrapar a ese par de avutardas bribonas y traerlas ante su presencia.  De esta forma, además, podré contar con la tranquilidad de que todos los civiles se encuentran bajo la vigilancia del ejército.

Al retirarse los hombres de la sala de espera, la doctora Rodríguez se percató que uno de ellos había estado allí horas antes, ayudando a descargar los bultos médicos que le provocaron insomnio y preocupación. Mirando al Padre Damián, que ya se retiraba raudamente para “disfrazarse” de sacerdote –como él mismo chanceara momentos antes- Lula se preguntó cuál era el verdadero objetivo de ese tipo en Los Piches, ya que ahora dudaba que la posible guerra con Argentina fuera el móvil principal de su misión como militar.

Una vez sola, cambió sus ropas y se echó encima un grueso chaquetón, con el que salió presurosa a buscar la casa de Conny para confirmar la ausencia de la chica.

Encontró a Julieta y a Bernardo por los alrededores de la vivienda, indagando con sus ojos atormentados la existencia de huellas que les hablasen de los pasos seguidos por su hija y por Jonathan, ya que el profesor Ortega también procuraba averiguar el paradero del muchacho que no había regresado de la colina. Julieta le explicó a Lula que ya habían estado en la cabaña, no encontrando vestigio de los chicos, por lo que su desesperación cundía a pasos agigantados.

Haciendo caso omiso a las recomendaciones del falso cura, Lula solicitó a Pamela Kurkovic que le acompañara en una intensa búsqueda por la zona, luego de explicarle someramente el motivo de esa acción, aunque omitió lo relativo a la cúpula y a las luces, así como a la verdadera identidad del padre Damián y a la presencia intempestiva de Tomás en el policlínico.

La empresaria se mostró sorprendida por la noticia de la desaparición de los jóvenes, y aceptó la invitación de la doctora. Los caballos fueron facilitados por los hermanos Rocuant y, además, uno de ellos, Angel, los acompañaría también. Previo a salir del pueblo rumbo a la laguna y a la quebrada, consiguieron que el viejo Arcadio les sirviera de guía, ya que era un baqueano conocedor de la zona y, como colofón, quería a Jonathan como a un pariente propio.

En medio de tanta trifulca, carreras, gritos, órdenes y piafar de caballos, Carlitos se evadía limpiamente de la custodia de sus atribulados padres y se acercaba al aserradero de Tomás, conocedor de la ausencia de este en el lugar ya que le vio alejarse del pueblo junto a cinco militares montando caballos del ejército.

Desató a “Gregorio” que descansaba plácidamente a un costado de su pequeña casa, le dio algunas galletas y tomándolo por las orejas con suavidad y ternura, le explicó la razón de su proceder.

  • Yo sé dónde están…pero tú tienes que ayudarme… ¿de acuerdo?

El ovejero peludo movió su cola y paseó la lengua por la mejilla del mocoso, que rió quedamente para abrazarlo luego con cariño.

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Por segunda vez en la semana, Moira enfrentaba la ira de Silveira teniendo como base el mismo gastado expediente de la seguridad y soberanía nacional, al que ahora la bella mujer agregaba con desparpajo un nuevo comentario –“es parte de mi propia misión”- que, por cierto, aumentaba la furia del sargento.

La ocasión en que tuvieron el primer gran desencuentro, había sido Paola quien hizo perder la paciencia a la primera autoridad local con explicaciones absurdas que trataban de justificar las incursiones nocturnas a territorio chileno, sin autorización oficial ni objetivo conocido, afirmando finalmente la rubia que ella y Moira se encontraban en ese lugar para realizar investigaciones científicas ordenadas por el ejército y financiadas por la NASA.

A Silveira se le llenó la cabeza de datos, cifras, nombres y siglas –la mayoría de ellas no las conocía ni había oído mencionarlas- en una envolvente marea de hechos acaecidos en distintos lugares del mundo, así como experiencias vividas por más de un astronauta que recibió comunicación directa en sus paneles, proveniente de lugares que no correspondían a las bases rusas o norteamericanas.

La Tarantini fue directo al punto aquella vez. Le aseguró que al norte del Sueño de la Luna, en la banda del país vecino, cerca de la laguna de las tres colinas, había una profunda y larga quebrada en la que perfectamente podría esconderse un escuadrón completo de cazas chilenos –siempre que se contase con una pista de aterrizaje adecuada, la que al parecer no existía- siendo este el principal objetivo de sus superiores al enviarlas a Viento Pampa, pero que se fue desvirtuando por el objetivo secundario, otorgado por NASA,  quien además colaboró sustanciosamente con el financiamiento para la creación del pueblo.

Moira explicó entonces, sin abundar en detalles, que la NASA había logrado acotar y triangular las zonas desde las que se emitían señales de radio al espacio, pensándose en la existencia de equipos y bases chilenas en el lugar, lo que hablaría de una capacidad tecnológica desconocida para los Estados Unidos y sumamente peligrosa para los vecinos del país sudamericano. En Washington llegaron a teorizar sobre una supuesta industrialización bélica chilena, la cual constituiría la respuesta a las prohibiciones norteamericanas empujadas por la Enmienda Kennedy que dejaba a ese pequeño país sin posibilidades de defenderse ante ataques foráneos, lo que abrió el apetito inmediato de Argentina y  Perú –que sí contaban con la ayuda de los Estados Unidos- para presionar sobre el gobierno de Santiago y obtener satisfacciones territoriales que durante  un siglo no habían sido resueltas.

A través de sus satélites de espionaje, la CIA y la NASA determinaron la zona exacta desde donde nacían aquellas comunicaciones que recibían en el espacio los astronautas norteamericanos y rusos; era, precisamente, la quebrada al norte de la laguna de las tres colinas, en territorio chileno. Junto a ello lograron también aclarar la inexistencia de pistas de aterrizaje, aviones bombarderos, plataformas misileras u otro tipo de armamento conocido. Quedaba, entonces, sólo la probabilidad que algún tipo de inteligencia hubiese establecido allí una base de operaciones para contactarse con naves espaciales, cual un faro en la inmensidad de la galaxia o un centro de reabastecimiento o acopio de algo que los científicos no podían descifrar todavía.

Por eso, ambas mujeres fueron enviadas a aquel lugar aprovechando la creación de Viento Pampa, con lo que se mataba  dos pájaros de un tiro, a saber: el ejército argentino, siempre desconfiado de las opiniones y sugerencias de las potencias mundiales, deseaba conocer con meridiana claridad si en la zona existían bases chilenas de cualquier tipo, a la vez que NASA exigía a las dos oficiales argentinas informar sobre la presencia de tecnología desconocida en el lugar y, de haberla, lograr contacto técnico con ella.

Por esos motivos se deslizaban cada noche hacia el Sueño de la Luna y la quebrada, donde habían logrado instalar una casamata con el equipo necesario que ya estaba midiendo todo aquello que interesaba a NASA y al ejército argentino.

Paola habló de las luces violetas, los zumbidos y trallazos que recorrían el cielo buscando el infinito, mencionó la rústica cabaña levantada por un joven en una de las colinas de la laguna, sobre la cual muchas veces las luces se detenían durante unos minutos. Finalmente, con sus verdes ojos abiertos cual diademas, le explicó a Silveira que la seguridad del sitio levantado por ellas había sido violada, ya que encontraron un papel, una hoja, con una especie de poema o cuarteta –ella no sabía mucho de poesía, en verdad- que iba dirigida a Moira y que parecía corresponder a una escritura antigua, al igual que el papel, a juzgar por su textura y grosor, excepto aquella línea en la que se había escrito el nombre de la capitana.

Silveira se enfureció como jamás le habían visto, dio manotazos al aire y llegó a empujar a Moira con algún grado de violencia. Manifestó que se había cansado de ser “el marido engañado”, que ahora nadie se movería de Viento Pampa sin su autorización expresa pues se estaba intentando construir un pueblo allí, pese al fantasma de la guerra, y que él no podía permitir que por culpa de un par de estúpidas fantasiosas los chilenos dejaran caer su artillería sobre los tranquilos vecinos del villorrio. Con una reacción felina, se apoderó del papel que le mostraba Paola y leyó su contenido. Contuvo la respiración unos segundos, levantó la vista sobre la hoja y regaló una mirada de fuego a las mujeres.

  • ¿Ustedes saben qué es la Logia Lautarina? –preguntó con voz henchida de rencor.
  • No mucho –titubeó Paola.
  • Averígüenlo –apuntó Silveira como una orden perentoria.

Supieron al día siguiente que el irascible sargento había enviado la hoja dentro de un sobre clasificado como “Secreto” por el correo directo que utilizaba, y el destinatario era el ex subsecretario Orlandini, quien ahora ocupaba la cartera de Ministro de Economía. Antes que despegara el helicóptero rumbo a la base militar ubicada a cien kilómetros al este, Silveira radió el texto del poema a Buenos Aires junto a su propia versión de los hechos, solicitando a Orlandini que retirara a las dos oficiales de la misión en Viento Pampa.

Paola logró escuchar lo que Silveira dictaba al viejo Facundo, radiotelegrafista de Viento Pampa, y decidió que debería intervenir rápidamente para evitar el fracaso de una misión que hasta ese instante era prometedora.

Enterada de los sentimientos que Juan Carlos Silveira albergaba hacia ella, pues las bromas y alusiones eran cosa diaria entre los hombres que conformaban el grupo comandado por Moira, la hermosa rubia determinó que era hora de coquetear derechamente con el sargento.

Esa misma noche, mientras las nubes corrían presurosas cubriendo la comarca, armada de una botella de vino blanco, Paola se presentó en la casa de Juan Carlos dispuesta a sacrificar parte de su tiempo en beneficio de la misión.

Lo que no podía saber la teniente era que, ya en la madrugada, contemplando el rostro apacible de un cansado Silveira que dormitaba a su lado, iba a enamorarse por fin.

Por esa razón, la ira del sargento se dirigía sólo a Moira esta vez, acusándola de perturbar maliciosamente la feble paz que aún persistía entre ambos poblados, quietud y tranquilidad que era rota por la insistencia de la D’Angelo en meterse subrepticiamente al territorio vecino basando su accionar en un discutible asunto científico que carecía de bases sólidas y que, de existir, bien podría ser trabajado conjuntamente con las autoridades de Los Piches una vez que el fantasma agorero de la conflagración se hubiese extinguido.

La capitana aguantó el chaparrón sin chistar, endureciendo su rostro y aguzando la mirada. ¿Obtendría algo diciéndole a Silveira que los chilenos eran potenciales enemigos, y que había llegado la hora de la verdad? Decidió que constituía un deber militar dar a conocer su pensamiento, más aún si las noticias provenientes del Estado Mayor argentino apuntaban a la movilización decidida de tropas y a un grado de alerta máxima en la frontera austral, lo que significaba la ocurrencia de acciones bélicas de un momento a otro.

La respuesta del ex policía fue enfática y contundente.

Había recibido esa misma mañana un correo secreto y urgente. El famoso trozo de papel encontrado por las mujeres en la casamata, sometido a pruebas en laboratorios militares en Buenos Aires, indicaban que la hoja y la tinta con que se escribió el texto correspondían a una época situada entre los años 1800 y 1830, pero la tinta usada para escribir el nombre de Moira en el encabezamiento de la hoja era actual, reciente.

Por lo tanto, sí había un misterio en todo eso. La tecnología lo comprobaba. Silveira aumentó su nivel de enojo, manifestando que la situación escapaba absolutamente de control y tornaba angustiosa la aclaración de todo aquello. Quería, qué va, exigía conocer a fondo el trabajo de las mujeres en la otra banda, y ordenó a Moira entregarle ese mismo día un informe acabado de las pesquisas efectuadas. Omitió, por cierto, que desde Buenos Aires había llegado también una cortante negativa a su solicitud de sacarse de encima a las mujeres y, por el contrario, le indicaba que el trabajo de las oficiales debía continuar. Pero no se le instruía respecto a la confidencialidad del mismo, por lo que Silveira informó a la D’Angelo que al día siguiente viajarían juntos hasta Los Piches para entrevistarse con las autoridades chilenas que comandaba Patricio Galleguillos.   

Esa noche, el sargento recibió noticias de un enfrentamiento en la frontera chileno-argentina, a la altura de Punta Arenas, provocado por reclutas nerviosos que jalaron los gatillos de sus armas sin que ningún oficial hubiese dado la orden de abrir el fuego, resultando la existencia de algunas bajas en ambos bandos luego de un tiroteo que se había prolongado por dos horas.

La situación era tensa y la guerra total podía estallar en cualquier momento. Pese a ello Silveira ratificó su decisión de ir a visitar a Galleguillos, arriesgando la explosión de un nuevo enfrentamiento no bien traspusiese la frontera por el Sueño de la Luna.

Ni siquiera Paola, entre besos y caricias, logró esa noche que su amado desistiera de la idea.

A esa misma hora, en pleno hito fronterizo, dos mujeres cabalgaban junto a Angel Rocuant y Arcadio buscando a Conny y Jonathan en una inútil aventura ya que los muchachos, definitivamente, se habían esfumado.

Carlitos vio pasar los aviones en vuelo rasante sobre los picachos de la quebrada. Eran seis aparatos negros, veloces y siniestros, a los que “Gregorio” lanzó furiosos ladridos que pretendían ser una defensa del muchacho que en ese momento se había constituido en su amo.

Con el corazón en la boca y las sienes palpitándole con furia, el mocoso se dejó caer libremente por una canaleta de barro y pedruscos cual, si fuera un tobogán, yendo a parar en la base misma de una de los cerros en que días atrás había sorprendido el movimiento de gente al mando de dos mujeres, y la existencia de una casamata oculta tras arbustos y ramas.

Otro grupo de aviones surcó la noche en viaje vertiginoso hacia el sur. Observó luces de bengalas sobre la frontera y la oscuridad abrió sus fauces dejando ver las siluetas de montañas y bosques, lo que aprovechó para marcar su propio sendero hacia el lado norte de la quebrada en cuyo fondo se encontraba ahora, con la solitaria compañía del perro que corría delante suyo con el hocico pegado al suelo, olfateando algún rastro que les llevara al escondite donde su hermana pudiese estar oculta.

Pasó por el costado de la casamata que descubrió con facilidad al quitar un arbusto que denotaba estar fuera de lugar; cerró los ojos para rememorar el camino que habían seguido los hombres esa vez y avanzó prestamente hacia la ladera del monte que estaba cubierta por enramadas naturales. “Gregorio” intuyó de inmediato lo que el chico andaba buscando; dio un par de vueltas sobre sus patas traseras y se lanzó en loca carrera hacia el tejido natural que caía por el costado del cerro, perdiéndose entre los bejucos como por encanto.

Carlitos le siguió, con evidente cuidado, levantando ramas y lianas verdes, hasta encontrar un enorme forado que simulaba una especie de túnel pequeño y oscuro. Silbó acompasadamente tres veces, repitió el silbido… ”Gregorio” apareció frente a él con la lengua afuera y ojos fieles.

  • Vamos “Greg” –dijo el chiquillo, palmoteándole el lomo- llévame al otro lado.

Pero el túnel parecía descender hacia una explanada interior que mostraba signos inequívocos de movimiento humano, ya que podía escucharse a la distancia el incesante murmullo de un grupo considerable de personas que trataban pasar desapercibidas, ocultas del resto de la humanidad, a la espera de acontecimientos en los que tendrían especial participación.

Si bien el chiquillo tenía cortos años de vida, su sagacidad le indicaba que el seseo tenue no podía corresponder a Conny y Jonathan, ya que estos se encontrarían en silencio absoluto para no ser descubiertos o, en su defecto, habría oído la voz de Jonathan con perfecta claridad, puesto que el joven se caracterizaba por un hablar alto y agudo.

Carlitos evaluó la situación y determinó que más allá de la salida del túnel debía haber un grupo importante de gente, escondiéndose “por algo” o “para algo”, lo que significaba que se había topado con problemas gordos.

Abrazó al perro por el cuello, obligándole a arrastrarse junto a él hacia la luz exterior de la cavidad que presentaba una leve subida antes de abrirse definitivamente a un valle extendido, pudiendo notar copas de árboles y desniveles pronunciados del terreno gracias a las luces de bengala que seguían cayendo como gotas de lluvia.

Agazapado como una fiera a la espera de su presa, el mocoso levantó con lentitud su cabeza despeinada y pudo observar un panorama que le puso los pelos de punta, amén de un fuerte dolor en el estómago que estuvo en un tris de abrirle los esfínteres.

Recostados en las laderas de las primeras cornisas de aquella quebrada, cientos de soldados ocultaban sus cuerpos y caras de la luminosidad que bajaba del cielo producto de las últimas bengalas lanzadas por los aviones. Los hombres llevaban sus rostros embadurnados con betún, quizás tiznados con carbón, y portaban fusiles ametralladoras que protegían bajo sus gruesas capas de lona verde. Más atrás, cubiertas por arbustos y ramas, un sinnúmero de máquinas de acero y muerte mostraban largos cañones cuyas bocas tenebrosas apuntaban hacia Los Piches.

Carlitos comprendió que los tanques y blindados se ocultaban de la vista de los aviones merced a encontrarse magistralmente protegidos por un círculo de montes de baja estatura y de un camuflaje efectivo, realizado con ramajes, paja y barro.

Regresó sobre sus pasos con cautela y en silencio, preocupado de tranquilizar a “Gregorio” para evitar que ladrase en el momento menos oportuno, lanzándose en loca carrera una vez que se encontró nuevamente frente a la quebrada, seguido por el fiel perro que se adelantaba en el camino que conducía a la laguna y al bosque de lengas.

Al ingresar al villorrio encontró que había un inusual movimiento de hombres y bestias en sus calles, formándose un conciliábulo frente al policlínico debido a la presencia de una veintena de militares que habían arribado en camiones artillados pocos minutos antes, siendo precedidos por un helicóptero provisto de un fuerte reflector que iluminaba la plaza del pueblo.

Le extrañó la tranquilidad que expresaban los rostros de los soldados, quienes poseían una actitud de calma y descanso, como si nada estuviese ocurriendo a escasos kilómetros de allí.

Se enteró por boca de la señora Natalia, esposa de uno de los trabajadores de don Fidel, que Tomás Kerneur y los militares habían regresado desde el lago principal, sin noticias de Jonathan y Conny, disponiéndose a marchar ahora hacia las tres colinas para proseguir la búsqueda en los deslindes fronterizos, pese a que el Padre Damián se oponía a esa marcha, aduciendo que los aviones de la fuerza aérea chilena se encontraban patrullando la zona y podrían confundir a los exploradores en la oscuridad nocturna, disparándoles con sus poderosas ametralladoras.

Buscó desesperadamente a Tomás y cuando lo encontró en la puerta del consultorio de salud le golpeó el brazo sin respeto alguno para ganar su atención.

En palabras nerviosas le relató lo que había visto en aquel punto de la quebrada, pidiéndole comprensión por haberse llevado con él a “Gregorio” en esa trajinada aventura.

Kerneur empalideció y le hizo repetir, con calma y detalle a detalle, lo que había descubierto más allá de la laguna de las tres colinas.

En pocos minutos se armó una batahola gigantesca que provocó un revoloteo de caballos y personas que no sabían qué hacer concretamente, ya que el rumor había avanzado como lenguas de fuego entre la gente y las palabras “invasión” y “guerra” saltaban de boca en boca.

El Padre Damián cogió al chiquillo por un brazo y lo sacudió molesto, intentando reprenderlo por hacer circular una fantasía infantil que podía desembocar en una locura.

  • ¿Y cómo podías saber que esos soldados, si realmente estaban allí donde dices, eran argentinos?
  • Porque si fueran chilenos, los tanques y los fusiles apuntarían hacia Viento Pampa, y no hacia acá –respondió Carlitos con voz fuerte y segura- Además, trataban de esconderse de los aviones que lanzaban bengalas…y si los aviones son nuestros, ¿por qué se escondían?

Eso fue suficiente para causar el caos y el pánico entre quienes escucharon las palabras del niño, pero, a la vez, hizo saltar como resortes a los militares que estaban cerca del cura, corriendo hasta el helicóptero e informando a Cochrane y a Punta Arenas lo que parecía ser el inicio de las acciones bélicas por parte de Argentina.

Kerneur llegó en desalada carrera al aserradero, seguido por “Gregorio”, montando en el primer caballo que encontró disponible y lanzándose hacia el Sueño de la Luna donde estaban Pamela y Lula, según le había informado Bernardo en el policlínico.

Ahora había logrado cerrar el círculo.

Tenía claro que Moira y Paola cumplían labores dobles, de espionaje militar y afanes científicos. Eso le había despistado por varios días, ya que su cerebro se había debatido en procura de una explicación lógica que le permitiera entender por qué las bellas militares parecían no preocuparse por el desarrollo de los acontecimientos que sacudían a las dos naciones, y preferían mostrarse ante la gente de Los Piches como tecnócratas dedicadas a la investigación científica del fenómeno luminoso… ”y casi lo habían logrado esas malditas”, masculló.

Aprovechando lo anterior, Moira logró que las tropas transandinas pudiesen meter sus efectivos en las narices mismas del territorio nacional, llegando quizás a secuestrar limpiamente a Jonathan y Conny para hacer perder tiempo a las autoridades chilenas en una búsqueda sin sentido, ganando horas y espacio para una invasión exitosa.

¿Cúpulas violetas, luces multicolores, silbidos en el espacio? 

¡¡Pamplinas!! Todo era parte de un plan perfectamente estudiado, y él había caído en la trampa como un párvulo, arrastrando en su ingenuidad a los propios militares chilenos y ofreciendo campo libre a las operaciones bélicas argentinas manifestadas en las caras picarescas y femeninas de ese par de bribonas.

Tenía que llegar rápidamente al Sueño de la Luna y traer de regreso a Lula, Pamela, Angel y Arcadio, antes que los compinches de Moira los tomasen prisioneros…o los tumbaran a balazos.

Galopó sin preocuparse del ruido que hacía su cabalgadura entre las hojas del bosque, hiriendo insensatamente los ijares del caballo con las púas de sus espuelas. Con un fuerte golpe de rienda torció a la derecha y eligió el sendero paralelo a la huella que habitualmente se usaba para ascender hasta el paso que conducía a Viento Pampa, enganchando finalmente con el camino conocido, que recorrió a toda velocidad mientras en el cielo una nueva escuadrilla de aviones chilenos surcaba la noche y lanzaba dos bengalas que pintaron de blanco y amarillo el telón cordillerano.

Con el credo en la boca, detuvo su caballo en medio de la pampa helada del Sueño de la Luna para otear en todas direcciones, procurando encontrar una pista que le condujese hasta donde pudiese ubicar a sus amigos.

El viento le llevó a sus oídos el inconfundible ruido de movimiento de camiones y personas que se acercaban a la laguna de las colinas desde Los Piches, encabezadas por el Padre Damián que seguramente iría “disfrazado” de sacerdote, pero con un arma en las manos.

“Gregorio” ladró parejo, mostrando un punto hacia el noroeste.

Espoleó el caballo y se lanzó en persecución de los avisos del perro que ya se había perdido en la bruma, con el revólver en la mano y los ojos desorbitados por la rabia y la esperanza.

 Ingresó a territorio argentino sin temor a romper acuerdos o tratados oficiales. Hacia el este observó luces y escuchó ruidos mecánicos, entendiendo que la gente de Viento Pampa también comenzaba a movilizarse hacia la quebrada para sumar sus fuerzas al contingente de soldados argentinos que esperaban la orden para invadir Los Piches. Pero, en el poblado chileno había comenzado también la movilización. Como por arte de magia apareció –nadie sabe de dónde- un voluminoso contingente militar que se dirigía raudamente hacia el sitio de la confrontación. La guerra comenzaba, y el destino quiso que los prolegómenos mortales de la contienda tuvieran su bautizo en esa precisa zona. 

Un fuerte silbido le hizo tirar las riendas con todas sus fuerzas, haciendo que el caballo se sentara en sus cuartos traseros y caracoleara breves instantes.

Detrás de una roca apareció la enorme cabeza de Angel Rocuant que le hizo señas con su poderoso brazo para que se acercara rápidamente hacia donde él estaba.

Su corazón saltó de alegría al encontrarse con las mujeres y Arcadio, que acariciaba a “Gregorio” con evidente nerviosismo. Saltó de la montura y se abrazó fuertemente con Lula, a quien besó emocionadamente en las mejillas, en los labios, en la frente, mientras Pamela le observaba sonriente y divertida, ya que ella había obtenido una noche atrás lo que más le interesaba de aquel hombre solitario.

Angel le informó que llevaban horas buscando a los jóvenes extraviados, sin resultados positivos, pero en su tránsito por las alturas pudieron detectar el movimiento de un centenar de soldados argentinos acompañados por dos carros blindados y un tanque de pequeño volumen, que se movilizaban hacia el poniente de la quebrada del río grande.  Pamela, mostrando un gran control sobre sí misma, le comunicó que “la tal Moira encabezaba las huestes invasoras”, vestida con uniforme militar y blandiendo un fusil ametrallador como si se tratara de la batuta de un director de orquesta.

Con palabras entrecortadas, Tomás les relató lo que Carlitos había visto horas antes en algún lugar de la quebrada, y que correspondería al sitio donde se dirigieron los militares argentinos que eran buscados por la aviación chilena.

Lula intervino nerviosamente para decir que ellos también habían visto un destello violeta hacia la laguna de las colinas, pero que de eso hacía ya un par de horas a lo menos,

  • Es un engaño, Lula, te lo aseguro –respondió roncamente Kerneur- Se trata de un fenómeno luminoso provocado por los equipos técnicos de Moira. Con ellos nos tuvieron entretenidos en asuntos paranormales mientras los ché estructuraban su plan de ataque. Afortunadamente, desde Cochrane llegaron nuestros soldados y ya se dirigen a la quebrada acompañados por los vecinos del pueblo.
  • Pero, ¿los chicos, qué tienen ellos que ver con todo esto? –aventuró la doctora.
  • Deben estar en poder de Moira –contestó el maderero con la rabia fulgurando en sus ojos.
  • Tomás, tú dijiste que habías escuchado a Jonathan mencionar conceptos imposibles de manejar por un joven limítrofe –insistió la mujer.
  • Ehh… sí… así fue… ehh… ¡no tengo explicación para eso, Lula!

Convencido que no había peligro real para el regreso, Kerneur propuso a las mujeres que se marcharan de inmediato hacia Los Piches, acompañadas por “Gregorio” que ya mostraba cansancio a esas alturas de la madrugada, mientras él, junto a Angel y Arcadio, tratarían de encontrarse con las tropas chilenas que comandaba el Padre Damián… o coronel Damián.

A las cinco de la mañana de aquel 21 de diciembre de 1978, los tres jinetes bajaban a galope tendido hacia la laguna de las colinas, mientras en el cielo una delgada luz de color violeta se apoderaba del horizonte.

C  A  P  Í T  U  L  O     V I I

Los Piches estaba convertido en un pueblo fantasma, con su calle vacía y las casas oscurecidas por orden militar, dejando que el silbido del viento azotara sus entornos y se metiera ruidosamente en los galpones y aserraderos desolados.

Julieta no había parado de sollozar desde la mañana anterior, perdidas las fuerzas para aventurarse en una búsqueda por lugares que desconocía, reiterando una y otra vez su arrepentimiento tardío por haber metido a su familia en una tragedia como esa.

De nada le valió a Bernardo abrazarla y acariciarle la cabeza en un vano intento por hacerle comprender que las líneas del destino eran trazadas por el libre albedrío que Dios entregaba a los hombres poderosos, quienes ocupaban sus capacidades para enfrentarse mortalmente por intereses que no representaban a la mayoría de los habitantes de un país.

Felipe Ortega, que les había acompañado en el dolor, se encontraba presente en la casa de los Cáceres Bastías, buscando inútilmente en ellos un atisbo de fortaleza para sobrellevar la pena que invadía su alma.

Carlitos dormía plácidamente en su cama, destrozadas sus fuerzas luego del deambular que había efectuado junto a “Gregorio” por las alturas de la quebrada, ajeno a los avatares que se desarrollaban en aquel lugar y que tenían a todos con los nervios alterados.

Bernardo escuchó el sonar de los cascos y atisbó por la ventana, sin encender luz alguna, viendo el paso cansino de los caballos que montaban la doctora Rodríguez y la señora Pamela.

Salió a la calle para obtener información sobre su hija y Jonathan, pero la mirada de Lula le señaló que habían fracasado.

Entonces, cuando las mujeres se habían retirado doblando la esquina hacia el policlínico, Bernardo notó que una figura humana se encontraba semi cubierta por un árbol, esperando hablarle a solas. Parecía ser también una mujer, pero la oscuridad y la distancia le impedían asegurarlo, y ya que ella se mantenía apostada tras el árbol mirándole fijamente, decidió levantar el brazo a guisa de saludo antes de regresar al interior de su casa.

Para su sorpresa, la figura contestó el saludo y dejó el escondite saliendo al medio de la explanada.

Bernardo frunció el ceño, tratando de reconocer algún rasgo en la persona que caminaba con lentitud hacia él, pero debió aceptar que no le resultaba familiar, aunque la penumbra del ambiente podía conspirar contra sus intenciones. Avanzó también algunos metros y la figura fue haciéndose más nítida.

Era, definitivamente, una mujer, ya que su porte distinguido y lo gracioso del caminar la señalaban como tal, pero la túnica púrpura que cubría su cuerpo impedía distinguir los rasgos de su rostro que, además, estaba embozado en un albornoz albo que le cubría la frente hasta los párpados.

El padre de Conny miró hacia atrás, confirmando que nadie más había en la calle, por lo que la mujer estaba dirigiéndose a él necesariamente.

Apuró entonces su paso para preguntarle qué deseaba, pero la figura alzó una mano delgada indicándole que se detuviese, acto que ella también realizó, quedando la mitad de su cuerpo en una penumbra extraña.

Bernardo pensó que la dama era alta, demasiado quizás para considerarla normal en un país como Chile, pero ahora surgía en su cerebro la duda respecto del sexo de aquella persona, lo cual fue enredándose aún más al escucharle hablar, ya que el timbre y tono de su voz parecían salir de un pequeño megáfono que no logró descubrir.

Aquel ser le dijo, en palabras concisas, que Conny y Jonathan estaban perfectamente bien y a salvo, que debían cumplir una tarea loable antes de ser llevados al lugar que eligiesen; agregó finalmente que todos sabrían de ellos en un tiempo más, pero que debían prepararse con alegría y satisfacción pues los jóvenes habían experimentado un cambio notablemente positivo.

Dicho aquello, la figura giró sobre sí misma y caminó hacia la oscuridad, perdiéndose en las tinieblas brumosas de la neblina que provenía del bosque. Un halo de quietud inundó la calle, Bernardo quedó boquiabierto en medio de la nada, sintiendo un frío glacial transitando por su espalda.

Sacudió su cabeza, aspiró profundamente y regresó corriendo a casa mientras emitía un grito profundo.

  • ¡¡JULIETAAAA!!…

Moira sintió el taconeo de los chilenos acercándose a la entrada del túnel natural. Les avizoró desde el forado oculto por la enramada y midió las fuerzas de sus odiados enemigos.

Esbozó una sonrisa al evaluar la cantidad de hombres y su capacidad de fuego, ya que la mayoría de los adversarios era gente de trabajo, armada con fusiles, escopetas y revólveres, amén de algunos soldados –calculó su número en ochenta o noventa- que sí podían presentar resistencia menor al ataque que ordenaría en breves momentos.

Lo único que le preocupó fue el zumbido del helicóptero artillado que llegaba tras las filas de los chilenos, optando por regresar al fondo del túnel y ordenar el inmediato viaje de los “cazas” que se encontraban a menos de veinte millas, para que estos se encargaran de barrer con la potencial amenaza que representaba el helicóptero, y dejar así el campo libre para la toma de Los Piches, camino obligado hacia Cochrane y el océano Pacífico.

Pero el Padre Damián, luego de encontrarse con Tomás, Angel y Arcadio, había dividido sus fuerzas, enviando una columna de cuarenta hombres –entre ellos quince soldados- de regreso al Sueño de la Luna con las órdenes de aparecer por las líneas de la retaguardia argentina, en una maniobra de obvio envolvimiento. El propio Tomás le indicó que ese movimiento demoraría media hora, aproximadamente, por lo cual debería evitar la lucha hasta que transcurriese el tiempo necesario, no sólo para permitir a la columna tomar posición a las espaldas de los argentinos, sino también para otorgar minutos a los “cazas” chilenos que habían estado lanzando bengalas durante la noche y que ahora deberían regresar a aquel punto, luego del llamado emitido por el Padre a través de la radio del helicóptero.

La media hora se cumplió luego de una tensa espera que fue rota por la voz de Moira ordenando a sus tropas movilizarse hacia el túnel, iniciándose un sonoro cañoneo que terminó por derrumbar el tubo natural convirtiéndolo en un amplio pasadizo.

En ese instante, la columna chilena llegaba a las espaldas de los argentinos y comenzaba un fuego graneado que obligó a los transandinos a refugiarse de cara al suelo para evitar caer abatidos.

Algunos soldados argentinos comenzaron a disparar sus armas contra las figuras, apenas visibles, que se levantaban más allá del inicio de la quebrada. Un carro blindado disparó su proyectil, el que fue a explotar a las espaldas de la gente del Padre Damián.

Entonces la tierra vibró, luego tembló y finalmente se sacudió con inusitada fuerza, haciendo tambalear a los hombres e impidiendo el avance de camiones, carros y tanques que parecieron hundir sus cremalleras hasta los ejes en el barro blando.

La luz apareció súbita, brillante y enceguecedora, coloreando de lila el horizonte e inundando el posible campo de batalla.

Como si un pase mágico hubiese actuado, todos pudieron ver los esqueletos de sus adversarios, tanto como los propios, olvidando el motivo que les había llevado hasta la quebrada y mirarse manos y pies con la horrorosa sensación de desnudez que era propia de aquellos pacientes sometidos a los Rayos X.

Sobre las cabezas de los contendientes se situó una enorme cúpula violácea que emitía pequeños fulgores albos, cual rayos eléctricos que tocaban las copas de los árboles produciendo un chirrido tétrico.

De la base de la cúpula surgió un tubo verde que posó su luz sobre la cima de la colina más próxima, abriéndose en su base una especie de portezuela que permitió distinguir dos figuras humanas que avanzaron hacia el barranco, de frente a los adversarios.

Las túnicas blancas no impidieron que Tomás reconociera a Jonathan y Conny.

Fue la muchacha quien habló, y su voz, increíblemente, tronó por todo el pasaje de la quebrada, rebotando en piedras y ventisqueros, en árboles y soldados.

  • Hemos logrado que ustedes llegasen hasta este sitio –dijo potente- para que comprobaran que las líneas del mensaje enviado por Manuel Rodríguez a los oficiales españoles el año 1818, tenían la intención de aclarar que la frontera posee sólo un dueño: LA PAZ. Abandonen sus armas y regresen a sus hogares, donde tanto se les necesita. La guerra es un imposible, y en pocas horas más sabrán que los gobiernos de Argentina y Chile habrán recurrido al arbitraje magnífico de Su Santidad el Papa Juan Pablo Segundo.

Uno de los blindados intentó avanzar sobre el barro, desoyendo el llamado de la chiquilla. Esta levantó su brazo y una delgada luz rojiza surcó el aire, cayendo sobre el armatoste que pareció encandilarse, produciéndose un ruido metálico que indicó claramente que sus motores se habían fundido.

Nuevos haces de luces se esparcieron por doquier; el helicóptero cayó pesadamente a tierra sin explosionar, y las máquinas argentinas dejaron de ronronear, transformándose en montones de chatarra inservible.

Sin embargo, Moira reaccionó con rapidez y recurrió a su artefacto de control remoto, apuntándolo hacia la cúpula, maniobrando sus botones para transmitir información al equipo ubicado en la casamata.

Un estallido asustó a los presentes, y una lengua de fuego se levantó hacia el cielo desde algunos kilómetros al sur, cerca de la colina más próxima a la laguna.

Era la casamata que había explotado, desperdigándose sus restos por cientos de metros a la redonda.

Los hombres, asustados, huyeron en variadas direcciones desordenadamente, tratando de salvar el pellejo a como diese lugar.

Sólo Moira insistió en un ataque personal a los jóvenes parados en la cima de la colina, hincando una rodilla en tierra y apuntando con su fusil al cuerpo de Conny.

El disparo sonó perfecto, limpio, seco.

La soberbia mujer vestida como militar sintió la sacudida de su propio cuerpo al ser lanzada de espaldas contra el suelo, con su hombro derecho sacado del lugar natural por el balazo que le traspasó tejidos y huesos. Sintió que la bruma la envolvía y un sabor acre le lleno la boca. Perdió el conocimiento sin haber descubierto al infame que le disparó a mansalva.

Cuando despertó, la cara de la doctora Rodríguez le recibió con una sonrisa de satisfacción.

Estaba en el policlínico de Los Piches, metida en una cama. Desnuda, vendada y aún mareada, la oficial quiso protestar con su habitual vehemencia, pero alguien le apretó el hombro herido y ella lanzó un quejido agudo de dolor. Tomás la miró con cara de pocos amigos, apurándose en indicarle que él no había sido el responsable, señalándole con la vista a la persona que estaba detrás de la cabecera.

Era Juan Carlos Silveira.

  • Se acabó, capitana. No hay ni habrá guerra. Hace dos horas se ordenó el retiro de tropas argentinas y chilenas de la frontera -el sargento volvía a contar con su rostro duro- Buenos Aires y Santiago acordaron entregar el asunto del Beagle al Vaticano. Volvemos a Viento Pampa, Moira, tenemos mucho que hacer allá.

La hermosa oficial estuvo cinco días bajo la inspección clínica de Lula que la atendió profesionalmente y le otorgó la hospitalidad de su propia casa, contando con la anuencia de Patricio Galleguillos que comprometió su palabra con Silveira, asegurándole el regreso de la capitana a territorio argentino en cuanto tuviese el alta médica de la doctora, quien ocupó por primera vez el material quirúrgico y farmacológico entregado por los soldados dirigidos por el Padre Damián.

 Durante el tercer atardecer de su convalecencia, Moira recibió la visita de Tomás. Este venía de los bosques ubicados al sur de Los Piches, donde había estado talando árboles para su aserradero junto a sus empleados y a la gente del señor Fidel Bustos, quien pronto instalaría el primer salón de juegos del poblado una vez que recibiera desde Puerto Montt las tres mesas de billar y los dos equipos de juego-video que eran ya –aún antes de llegar- la atracción de todos los habitantes del naciente villorrio.

El maderero se dio tiempo y maña para mostrarle a Moira los adelantos del lugar, enfatizando en la dureza de sus colonizadores y en el espíritu audaz de sus autoridades, señalando que la fiereza del sector distaba mucho de la tranquila extensión existente en el lado argentino, donde sólo se requería soltar el ganado para que este se alimentara y multiplicase. En cambio, al oeste de la cordillera, la naturaleza había puesto en juego su más audaz creación, llenando los sitios visibles con picachos y quebradas, saltos de agua, lagos y ríos torrentosos, bosques impenetrables, costas zigzagueantes y rompientes fastuosas en donde las olas luchaban a diario por penetrar al interior con sus explosiones de espuma, aislados del resto del mundo no bien el invierno asomaba su rostro nuboso, debiendo satisfacer por sí solos las necesidades diarias, sin ayuda de nadie que no fueran ellos mismos.

  • Aquí vivimos los chilenos –dijo con melancólico orgullo- luchando por poner nuestros pies en tierras sagradas, combatiendo la geografía y el clima, sabiendo que sólo nuestro tesón hará civilización en estos lugares donde Dios vacaciona cada mil años. Al menos, eso asegura la leyenda.

Pamela pasó a visitarla una vez antes de despedirse, ya que regresaba a Coyhaique pues el centro de acopio estaba terminado y su equipo de diez trabajadores se diseminaba por la comarca en busca de yerbas y flores para la producción de cosméticos. Para sorpresa general, la empresaria dio un prolongado beso en los labios a Tomás y, acariciándole una de las mejillas, les dijo adiós a todos, montando la yegua que Angel Rocuant le prestase para su viaje hasta el embarcadero que debía conducirla a Cochrane.

Desde el vano de la puerta, la doctora Rodríguez contemplaba la escena con cierto aire de estudiada ausencia, aunque en el interior de su pecho batía alas la alegría de ver partir a quien consideraba su más enconada adversaria sentimental.

Ello no escapó a la sagacidad de Moira, que sólo sonrió divertida ante el cuadro que había presenciado, pero sintiendo también un cosquilleo molesto en su estómago al considerar que el beso de Pamela a Tomás se había prolongado en demasía.

A la mañana del quinto día, Silveira y Paola arribaron a Los Piches encabezando una comitiva de treinta personas. Venían no sólo a buscar a Moira, sino también a ser partícipes de un asado al palo ofrecido por Galleguillos y el Concejo Colonizador a las autoridades del pueblo vecino.

El evento se realizó en medio de camaradería y amistad. Hubo mutuas promesas en cuanto a colaborar efectivamente cuando el invierno se dejase caer en la zona, acordando mantener abierto el paso del Sueño de la Luna sin trabas burocráticas, con la sola condición de no pasar más allá de los respectivos pueblos a objeto de evitar el disgusto de las autoridades nacionales.

Todos reían y disfrutaban de la comida… a excepción de Julieta, Bernardo y Felipe que estaban ausentes.

Habían transcurrido seis días desde la desaparición de los muchachos y nada se sabía de ellos ni de su paradero.

Al caer la tarde, una nueva sorpresa agitó los corazones.

Tres camiones militares irrumpieron desde el oeste preocupando el ánimo de los comensales, muchos de los cuales se pusieron nerviosamente de pie, temiendo escuchar malas noticias respecto del desarrollo de las conversaciones chileno-argentinas que habían comenzado en Roma días atrás.

Pero, los soldados venían con ánimo festivo, lanzando pullas en el sentido de lograr tomar ubicación frente a uno de los corderos que consumía el fuego. Se les invitó de inmediato y los espíritus recompusieron la paz anterior, entre zalagardas y vocinglería que llegó a los oídos de Carlitos como un murmullo arrastrado por la brisa de diciembre desde las gargantas lejanas e inaccesibles que espaldeaban las Torres del Paine ya que, como se lo indicara el mentiroso de Arcadio, era allí donde nacían los vientos australes.

La doctora Rodríguez, que le venía observando hacía largo rato, se acercó hasta el chiquillo y le acarició su melena con cariño, tomando asiento a su lado para conversar unos momentos e intentar animarlo. Sabía que en el alma infantil más de un dolor traqueteaba libre. Pensó que Carlitos era el tipo de niño que le hubiese gustado tener; ágil de mente y de cuerpo, vivaz, inquieto y, por, sobre todo, poseedor de una estructura de personalidad sólida en la que los valores familiares constituían la principal armazón sobre la cual se estaba construyendo el carácter del muchacho.

Dialogaron animadamente y hubo momentos en que el mocoso llegó a sonreírle con franca alegría, pero persistía en su corazón la pena marcada por la ausencia de Conny, a quien extrañaba y necesitaba. Carlitos le confidenció que había registrado todos los lugares que acostumbraba visitar su hermana en compañía de Jonathan; la cabaña en la cima de la colina, la quebrada del río grande, los alrededores de lo que quedó de la casamata, el Sueño de la Luna, el pequeño túnel que daba a la explanada en territorio de Argentina, en fin, todos los sitios posibles…pero su hermana no aparecía y no había tampoco ningún rastro para pensar que estuvo cerca de esos lugares.

  • Tampoco hemos vuelto a ver la luz violeta desde aquella noche en que nuestra gente se trenzó a balazos con los vecinos –interrumpió impensadamente Lula, en voz baja.
  • Anoche vi la luz de nuevo –respondió el chiquillo, como si hablara consigo mismo.
  • ¿Anoche? –la doctora se inquietó y su tono de voz tuvo matices emotivos- ¿Dónde?
  • Estuve despierto hasta las cuatro de la mañana; vi una línea violeta, larga y delgada… hacia allá –Carlitos señaló con su mano un lugar distante en el sur, en sus ojos comenzaban a aflorar algunas lágrimas- Pero, muy, muy allá… lejos… cerca de las Torres del Paine.

 “¿Torres del Paine?”. Impulsada por un presentimiento repentino, Lula buscó a Tomás entre el gentío, encontrándole cerca de uno de los corderos que se asaban atados a tiras de fierro que enfrentaban el rescoldo de brasas, bebiendo y charlando animadamente con Silveira y Fidel Bustos. Bastó una mirada de la doctora para que el maderero intuyera que algo importante estaba ocurriendo. Sin provocar alarma en sus contertulios, el hombre se acercó hasta Lula y caminó junto a ella rumbo al policlínico.

Luego de intercambiar informaciones, se dirigieron a la casa de Conny para entrevistarse con Julieta y Bernardo –quienes habían preferido no asistir al asado, pues sus ánimos decaídos les impedían obviar el dolor que atenazaba sus almas- y solicitarles autorización para revisar los cientos de dibujos y pinturas que la muchacha tenía en su cuarto, ordenados por fechas de elaboración y guardados en un baúl que le regalara el propio Tomás a los pocos días de haberla conocido.

  • La última vez que la examiné fue, me parece, el mes de mayo del presente año –dijo la doctora, mientras revolvía el baúl buscando las pinturas que correspondían a esa fecha- Recuerdo ahora que ella redactó en mi cuaderno sus deseos de conocer las Torres del Paine, yo le aconsejé que esperara unos años para aclimatarse a estos lugares y después juntara dinero a objeto de cumplir su sueño. 

Conny acostumbraba archivar sus trabajos envolviéndolos en paños blancos, sobre los que pegaba una hoja en la que indicaba el mes y el año en que habían sido hechos. En el baúl había cientos de pinturas y dibujos, debidamente guardados y protegidos en la forma ya indicada, por lo que Lula y Tomás respetaron los paquetes, buscando únicamente aquel que tuviese la fecha “Mayo’78”, para no tener que abrirlos todos en un trabajo inútil.

  • Fue entonces que ella me dijo lo que en ese momento consideré una respuesta cualquiera, pero que ahora pareciera ser una pista –agregó Lula, impaciente, revisando nerviosa el contenido del baúl- Ay, Dios…esa chiquilla escribió algo así como “quiero conocer el gran dulce de anís que duerme entre los cuernos de esas torres”.
  • Pero, las Torres del Paine están a cientos de kilómetros de aquí –protestó Kerneur con la cabeza metida en los paquetes envueltos en paños- ¿Cómo podía referirse a “dulces de anís”? La verdad, Lula, es que cada vez entiendo menos.
  • Yo entiendo bastante…

Ambos voltearon sus cabezas hacia la puerta del dormitorio, atraídos por la voz de Moira que les miraba con aspecto serio. La capitana les había seguido desde el lugar del asado, luego de presenciar los movimientos nerviosos de la doctora al hablar con Carlitos, a quien la vio posteriormente dirigirse hacia Tomás y salir prestamente en busca de la casa de Conny.  Moira conversó con el chiquillo breves minutos y consiguiendo la compañía de Patricio Galleguillos les siguió hasta allí.

Paola Tarantini, el Padre Damián y Juan Carlos Silveira estaban también en el descanso de la escala.

  • Pero, primero, busquemos la pintura que nos interesa –apuntó la rubia Paola, ingresando al dormitorio decididamente e hincándose para colaborar en la pesquisa.
  • Soy todo oídos, Moira –dijo Lula intrigada.
  • Ustedes siempre creyeron, y tú también sargento, que nosotras estábamos instalando equipos de espionaje en territorio chileno, pero la verdad es que nuestro interés principal residía en estudios muy especializados, ya que en esta zona se registraban fenómenos muy particulares que habían sido detectados por…
  • … los satélites que NASA mantiene circulando en dirección norte-sur –el Padre Damián terminó la frase de Moira, mirando sospechosamente a la Tarantini- los cuales informaban de la presencia de inteligencia en la frontera, pero de una inteligencia que obraba en total desacuerdo con los cánones conocidos por nuestros científicos. Se pensó en un comienzo –y nosotros también creímos lo mismo- que se trataba de armamento sofisticado de procedencia desconocida, quizás israelita, según Buenos Aires…o norteamericana, según Santiago.
  • Mi país tiene un programa especial, destinado a recoger información sobre fenómenos como el que hemos presenciado en la colina de la laguna –terció Paola, arrodillada frente al baúl, levantando la vista hacia los presentes- La capitana y yo fuimos escogidas para asistir a un entrenamiento en NASA, continuando las investigaciones en la Estación de Rosario, en Argentina. Con la proximidad de un conflicto bélico con ustedes, nuestros superiores estimaron oportuno enviarnos hasta acá para proseguir el trabajo, aprovechando que se estaba levantando el pueblo de Viento Pampa, pero nadie podía anticipar la actuación de Conny y de Jonathan, que levantó una cabaña en medio del sitio que nos interesaba, convirtiéndose en el centro mismo de la ocurrencia del fenómeno luminoso. El resto, ustedes lo conocen a la perfección.

Tomás cruzó los brazos sobre el pecho y lanzó una risa sarcástica e insolente, dirigiéndola al Padre Damián que seguía jugueteando con la cruz de plata que colgaba de su cuello.

  • Hasta ahora no me han explicado nada de lo que realmente me interesa, y que interesa en especial a los padres de esos muchachos, cuyo paradero es una incógnita. ¿Podría decirme alguno de ustedes por qué Jonathan dejó de ser un chico limítrofe, de la noche a la mañana, y Conny superó el autismo convirtiéndose en una oradora de excepción? ¿Qué tiene que ver la cúpula violeta en todo esto? ¿Van a responderme con opiniones lógicas, o van a continuar fantaseando con cuestiones milagrosas?
  •  ¡¡Aquí está!! –exclamó la doctora, mostrando triunfalmente un paquete cuyo papel señalaba la fecha “Mayo’78”.
  • Antes de abrir ese envoltorio, deseo continuar con mi evaluación –Moira se acercó a Kerneur y le desafió con la mirada- Tomás, nosotras también pensamos que eran ustedes los responsables de esos eventos, pero nos percatamos tempranamente que se trataba de una tecnología que no tenía parangón en nuestro planeta.
  • ¡¡Ja, ja, ja!! –se burló el maderero- Ahora me vas a decir que se trata de Ovnis, o de marcianitos verdes….
  • En realidad, no sabemos de qué se trata objetivamente todo esto –respondió la capitana- pero no por ignorarlo podemos asegurar la inexistencia de vida inteligente en otro lugar de la galaxia. Lo concreto es que algo hay, tú mismo lo viste, lo escuchaste…y nuestros equipos quedaron deteriorados, inservibles luego de lo ocurrido la madrugada del 21 de diciembre en el túnel natural de la quebrada, por lo que careceremos de registros técnicos para comprobar la existencia de…de lo que sea que hubiese habido allí – la mujer hizo una pausa que aprovechó para respirar profundamente- Sobre los chicos y su actual dirección, nada puedo decirte. Por eso es importante que la doctora abra ese paquete en el que quizás esté parte de la respuesta.

Había cuatro pinturas y dos bocetos. Tres de las pinturas mostraban parajes de Los Piches: el aserradero, el policlínico, y Arcadio –porque se trataba de él, no cabía duda- cargando madera sobre una carreta carente de animales de tiro. Los bocetos no decían nada, ya que se trataba de largos y repetidos trazos de colores variados, formando una policromía densa de pequeños cuadros y puntos. La tercera pintura despertó el interés de los presentes.

Era un magnífico dibujo de las Torres del Paine bajo un atardecer veraniego, con cielo límpido en el que comenzaban a aparecer las dos primeras estrellas. Sobre los picachos conocidos como “los cuernos del Paine”, una pequeña figura ovalada, con la forma de una pastilla de anís –con el color típico de esos dulces- aparecía estacionaria en el cielo. Pero lo más interesante estaba en el dibujo mismo, ya que el pintor debería haberse ubicado “detrás” de las torres para efectuar su trabajo, lo que obligaba al artista a efectuar una romería de difícil tránsito hacia aquel sector –el más apartado e inaccesible- si deseaba contar con una perspectiva real del paisaje.

  • ¿Esto aumenta tus dudas, o las aclara? –preguntó con sorna Moira a Tomás.

El maderero estaba cavilando, sin dejar de mirar la pintura, pues él conocía el sector ya que en dos oportunidades visitó el parque del Paine, y en la última visita realizó un largo viaje a caballo, junto con turistas alemanes, al sector trasero de las torres. Reconoció que los paisajes, las formas y la vegetación correspondían en forma muy precisa a la existente en el lugar, agregando que no podía asegurar que hubiese fotografías o tomas de vídeo de ese sector en el comercio, ni tampoco en revistas y publicaciones de turismo.

La doctora Rodríguez, pese a su calidad de científica, se mostró complacida con el descubrimiento y lo hizo saber al resto, argumentando que el ser humano era parte pequeña de un entorno magnificente, en el que podía darse la evolución de especies inteligentes, una de las cuales bien podía encontrarse muy por delante de la tecnología humana.

Mientras Lula exponía su pensamiento, el Padre Damián había continuado trajinando el interior del baúl, abriendo y cerrando paquetes con dibujos. Uno de ellos acaparó su atención; con ambas manos fue levantando la pintura llevándola hacia la luz que escaseaba ya, por lo que se acercó a la ventana y colocó el cuadro frente al vidrio. Todos le miraron, avanzando lentamente hasta donde se encontraba el sacerdote.

El silencio se hizo como por milagro, y un murmullo de sorpresa enmadejó el ambiente.

La pintura mostraba la figura de un ser alto, delgado, vestido con túnica de color gris pálido que le ocultaba los pies; la cabeza estaba cubierta por un albornoz que le escondía la frente, resaltaban a la vista de los espectadores unos ojos enormes, ovalados, de profundo color negro, bajo los cuales dos pequeños orificios servían de elementos nasales, y la boca, pequeña y casi circular, se abría en una sonrisa tierna, hermosa. Pero lo más inquietante era el papel que esa figura tenía en su mano, levantado ante el pintor, como si estuviese regalándoselo.

Moira aproximó su cara al cuadro y sintió que un estremecimiento sacudía su cuerpo. Con algo de nitidez alcanzaba a leerse un par de líneas…recorrió el trazado y fue repitiendo en voz alta. “Seráficos rostros amortajados… de lunas rojas y astros vedados”.

Un desvanecimiento le sopló el alma, y la capitana fue deshilachando la fortaleza de sus piernas para caer doblada sobre el piso. Silveira logró atraparla por los hombros, evitando que se golpeara en el suelo de la habitación.

Mientras, Paola Tarantini llevaba sus manos a la boca y sollozaba frenéticamente.

C  A  P  I  T  U  L  O     V I I I

Marzo era el mes de mayor trabajo para Arcadio, y por ello rezongaba esa mañana.

Tenía que cortar leña para la casa de los Ponce y la de los Cuevas, porque al loco del Tomás Kerneur se le había ocurrido contraer matrimonio con la doctora Rodríguez e irse de luna de miel a Santiago, cerrando el aserradero y dejando a los vecinos con la necesidad de contar con leña para sus chimeneas y salamandras. Claro que los felices novios regresarían pasado mañana, entonces ya no tendría que seguir pidiendo sierras y hachas a los militares del sargento Pereda.

Además, a don Bernardo se le había metido en la cabeza que era conveniente pintar la casa y el galpón.

Tendría trabajo para el resto de su vida, lo que no le molestaba en absoluto, de no haber recibido la orden del Padre Damián que le conminó a ayudarle en la instalación del equipo de amplificación en el nuevo gimnasio techado, al lado de la iglesia.

  • Es mi último deber en Los Piches –le había dicho el cura- El próximo mes me reemplazará un sacerdote joven que envía el Episcopado de Aysén, y es mi deseo entregarle el gimnasio terminado y dispuesto para el uso que él quiera darle.
  • ¿Pa’onde se va usté pairecito? –le había preguntado el viejo.
  • Mis superiores me han privilegiado con un año sabático, Arcadio.
  • ¿Un año…qué?
  • Sabático, hombre. Significa que tendré cinco o seis meses de vacaciones, y pienso viajar hasta el norte del país en un automóvil que compraré en Puerto Montt. Necesito impregnarme del desierto y sus colores.
  • ¿Después de ese año “selvático”, usté va a volver por estos pagos?
  •  Me parece que no, Arcadio, me parece que no –había respondido el cura, riendo alegremente por la confusión que el viejo mostraba respecto del año sabático- Por eso quiero dejar listo el gimnasio. ¿O tú prefieres que el nuevo cura me critique?

El viejo aysenino traqueteó hacia el norte del pueblo, cargando en sus espaldas la sierra manual que le había facilitado el sargento Pereda, quien también le había anunciado su alejamiento de Los Piches argumentando que “don Bernardo quedará a cargo del galpón y de las maquinarias”.

En fin, nada era eterno. Sonrió al pensar que eso mismo estarían diciendo los alumnos de la señora Julieta y del profe Ortega, ahora que las vacaciones habían terminado, deseando esos pillastres que un incendio echara abajo la escuela para seguir vagabundeando por los alrededores, bajo la batuta de Carlitos, líder indiscutido de todo el tropel de cabros chicos.

El día anterior había encontrado unas cepas de buen tamaño para hacer leña; las vio en la salida poniente del bosque de lengas y coigües al ir tras unas liebres que le sacaban distancia a su escopeta, y que no logró cazar finalmente.

Las cortaría para doña Julieta. Le caía bien esa señora, tan dama, tranquila y buena persona. Y tan sufrida, además. Aunque al pensar en Carlitos y sus barrabasadas, hubiese preferido que el mocoso se helase en las noches, para que dejara de molestar con sus bromas y travesuras. Pero, doña Julieta no merecía tamaña desconsideración…además, pagaba bien.

Al ingresar al bosque le pareció que algo no calzaba en el horizonte. Una especie de luz, un brochazo fulgurante, llamó la atención de sus cansados ojos que buscaron las colinas de la laguna, pero los cuerpos de los árboles le impedían concentrar su atención, por lo que optó por acercarse pues pensó en un incendio de matorrales, aunque no era la época de siniestros ya que había llovido, y bastante, los últimos días de la semana anterior.

Atravesó el puente de madera y encaró las colinas, distinguiendo con claridad la cabaña que una vez levantara Jonathan en la cima de una de ellas.

Todo estaba en calma, la brisa era leve y los animales del bosque cesaban en sus actividades al escuchar los pasos del viejo.

  • Estoy más que loco –se dijo- agora ando viendo luces yo también.

Encendió el último cigarrillo que le quedaba, pensando comprar otro paquete esa noche cuando fuera a jugar “truco” con sus amigos en el boliche de don Fidel, y comenzó el regreso   hacia el lado poniente del bosque donde estaban las cepas que le interesaban ya que cobraría buena plata por ellas, dinero suficiente para unas botellas de pisco y un par de cajetillas de cigarros, amén de las posturas mínimas en el “truco”.

  • ¡¡Arcadio…viejo amigo!!

La voz le sorprendió con el cigarrillo en los labios y el corazón en la garganta.

Él conocía esa voz.

Volvió el cuerpo hacia el norte…nada… no había nadie.

  • ¡Arcadio, “Quillayquén” … soy yo… ¿no me reconoces, viejo gruñón?!
  • ¡¡Jonathan!! –musitó asustado el leñador- ¡¡No puede ser!!

Comenzó una loca carrera hacia la cabaña lejana; estaba cierto que la voz del muchacho provenía de aquel lugar. Dejando tirada la sierra en medio del sendero y botando el cigarro que molestaba su ansiosa boca abierta, corrió y corrió, sin tropezar ni trastabillar. Alcanzó las faldas de la colina donde estaba la cabaña, y trepó por sus lomajes con la agilidad de un perdiguero, abriendo la puerta del inmueble con un fuerte empellón que estuvo a punto de hacer saltar los goznes que la sujetaban.

Ingresó al espacio interior con la vehemencia de un demente.

  • Jonathan…cabro’e mierda… ¿dónde estai?

Nadie le respondió. Sólo el eco de su voz rebotando en las paredes de madera de la habitación regresaba a sus oídos, reverberando en su cabeza, mareándole y embotando su mente.

Recorrió el lugar como un poseído, encontrando los mismos vestigios que meses antes habían visto los soldados chilenos junto al Padre Damián, al señor Galleguillos, la doctora Rodríguez y el loco del Tomás.

  • ¡Por la puta maire, Jonathan! ¿Dónde crestas estai? –gimió el viejo, abatido ante la posibilidad de considerarse insano por estar escuchando voces en la soledad del bosque…y sin haber tomado un solo trago la noche anterior- Meh…y además estoy oyendo ladridos de perro…no me faltaba niuna custión más.

Pero esos ladridos de verdad se acercaban. Eran reales. Tanto, que una figura peluda de cuatro patas irrumpió como celaje por la puerta de la cabaña, yéndosele encima con gruñidos amistosos y lengüetazos de felicidad.

Era “Gregorio”, ni más ni menos.

Arcadio lo abrazó con algo de ternura y mucho de temor, ya que tampoco comprendía por qué el quiltro había escapado del aserradero corriendo directamente hasta la cabaña, si nunca antes había vagado solo por esos lugares. Determinó que la llegada del animal obedecía a circunstancias extrañas, parecidas a las que experimentó él en el bosque, pero al menos ahora contaba con compañía para retirarse de allí tan rápido como fuera posible, pues si algo temía era la presencia de “penaduras” y fantasmas.

Al volverse hacia la puerta para iniciar su salida de la habitación, los pelos de sus brazos comenzaron a erizarse uno a uno, sintiendo que una mano etérea y poderosa le tiraba el cabello desde la frente hacia la nuca.

Alelado, se dio cuenta que al ingresar a la cabaña no había reparado en la pared donde se encontraba la puerta, pero al retirarse de la sala tuvo que mirar las maderas de ese punto del inmueble.

¡Había un conjunto de pinturas, de lado a lado, y en todas ellas aparecían Conny y Jonathan junto a…! ¡¡Dios santo!!……debía regresar a Los Piches e informar del hallazgo a la señora Julieta y al profe Ortega. Quizás ellos pudiesen entender.

Hombre y perro atravesaron el puente de madera, el bosque y la explanada cual seres volátiles, llegando a la calle del pueblo en medio de la mirada atónita de quienes les vieron surcar la atmósfera como almas que se llevaba el diablo.

Lo primero que escuchó Tomás en la ciudad de Cochrane, al descender de la motonave junto a su esposa, fue que en Los Piches la gente estaba loca.

Antes de iniciar el viaje hacia el poblado pasaron por la oficina de correos, ofreciendo llevar la correspondencia recibida en esos días y evitando al funcionario respectivo un trabajo más.

Había una carta de Moira para él, venía con timbre de Buenos Aires.

La leyó en voz alta durante el trayecto en la camioneta que arrendaron para llegar hasta el lago grande, donde deberían balsear y seguir viaje en carretas hasta Los Piches.

Moira les saludaba y felicitaba, pues se había enterado por Paola –que continuaba en Viento Pampa junto a Silveira- del matrimonio del maderero con la doctora, lamentando no haber podido asistir a la fiesta, aunque sabía que esta se había prolongado durante tres días. La capitana contaba en la carta que estaba asignada a una oficina del Ministerio de Guerra, realizando trabajo administrativo de bastante interés, ya que decía relación con el tema que ellos podían imaginar. Les invitaba a pasar unos días en la capital federal, azuzándoles para asistir a los espectáculos que los teatros ofrecían en la avenida Corrientes, solicitándoles también que no la olvidaran, que le escribieran y que, cuando hubiese líneas telefónicas en Los Piches, o en Viento Pampa, no dudasen en llamarla (agregaba sus números telefónicos del domicilio y de la oficina). Finalmente les hacía dos preguntas, que subrayó con lápiz rojo. Inquiría noticias de Conny y Jonathan, ya que Paola le había escrito diciéndole que aún se carecía de noticias sobre ellos. La segunda pregunta era tan quemante como la anterior. Moira quería saber quién había sido el autor del disparo que le atravesó el hombro aquel 21 de diciembre, porque su instinto le avisaba que algún soldado de su propia tropa, asustado ante las luces que destruían los blindados, disparó sobrecorriendo y le alcanzó a ella.

  • ¿Vas a contarle la verdad? – preguntó Lula a su esposo.
  • Sí. Merece saberla, y ya que ha pasado tiempo suficiente creo que le escribiremos, diciéndole que quien la hirió no fue uno de los suyos
  • Con eso no le estás diciendo nada –protestó la doctora, apretando el brazo del maderero.
  • Lula, por el amor de Dios, no puedo contarle la verdad, y tú lo sabes. ¿Cómo le voy a explicar que el Padre Damián no es el Padre Damián, sino un oficial de inteligencia del ejército chileno en misión de espionaje, y que es el responsable de un tiro certero en el hombro de la ché?
  • Entonces, no le contestes –concluyó Lula, molesta- Ella resultó herida levemente, pero parece desconocer que en el tiroteo anterior dos soldados nuestros resultaron fatalmente abatidos por la metralla argentina.
  • Estás celosa, Lulita mía –rió Kerneur, tomando la barbilla de su mujer y besándola suavemente en los labios.
  • Sí, y tengo razones suficientes para estarlo. ¿Crees que me he olvidado de la mirada libidinosa que le prodigaste a esa mujer cuando la desnudaste en el policlínico? Ya te habías dado un gusto con Pamela, y seguramente querías repetir la gracia con Moira.
  • Eso es el pasado, amorcito. Ahora soy un responsable y enamorado marido.
  • Eso espero, por tu bien –Lula rió y se colgó del cuello del hombre- Le escribiremos a Moira… los dos… ¿oíste? Tú y yo….

Al llegar a Los Piches al día siguiente, el matrimonio encontró un pueblo con su calle casi vacía ya que la mayoría de los vecinos se hallaba en la cabaña de la colina, donde Patricio Galleguillos y los hermanos Rocuant montaban guardia para evitar la invasión de curiosos.

Lula había salido de la ducha cuando Julieta y Bernardo concurrieron a saludar a los recién llegados, contándoles en palabras emocionadas lo que el viejo Arcadio había descubierto en el interior de la cabaña de Jonathan.

Sin esperar más, Tomás y la doctora ensillaron sus caballos y galoparon hasta la colina de la laguna, donde unas ochenta personas aguardaban pacientemente el momento en que Galleguillos estimase oportuno permitirles el paso hasta la cima para observar lo que circulaba con insistencia en el villorrio.

Angel Rocuant les vio llegar, y desde la baja cumbre del cerrillo les hizo señas ostentosamente, indicándoles que subiesen de inmediato.

Lula y Tomás ingresaron a la cabaña donde Galleguillos miraba por enésima vez lo que había en la pared.

Conny había pintado un enorme mural, dividido en dos partes fundamentales, instaladas paralelamente de izquierda a derecha y compuestas por cuadros que representaban fragmentos de la vida de ambos jóvenes.

El primero de ellos trataba sobre el primer encuentro de los muchachos, en la casa de los padres de Conny en Los Piches, con Arcadio observándoles desde la puerta.

Los otros cuadros de la parte superior de la pared eran también representaciones de los momentos que los jóvenes consideraban importantes en sus vidas. Allí estaba el autismo de Conny, la habilidad de Jonathan en materias de construcción, un paisaje de un maravilloso atardecer hacia el lado de la quebrada –quizás presenciado por ambos, al comienzo de su idilio- el primer beso de amor que él depositó en los labios de la chica y, casi al final de la primera parte, un cuadro estremecedor que mostraba los signos de la guerra en Los Piches, con  casas incendiadas, gente muerta en su calle y un jinete tenebroso,  vestido de negro,  bajando desde las montañas con buitres circunvolando su cabeza.

La segunda parte era estremecedora.

El primer cuadro presentaba las colinas y la cabaña, con la pequeña laguna en los faldeos, y una hermosa cúpula de color violeta estacionada sobre el techo de la vivienda. En un costado de la cabaña, algunas avutardas daban la bienvenida a la luz lila.

Los cuadros siguientes, más pequeños que los de la primera parte, mostraban lo que había sido el “tratamiento” aplicado a ambos muchachos por aquella cúpula, ya que una luz verdosa, en forma de tubo, llegaba hasta las cabezas de Jonathan y Conny, manteniéndoles suspendidos en el aire. La muchacha había logrado crear una secuencia perfecta con sus pinturas, pues se dibujaba a sí misma con una faz reidora y “habladora”, mientras Jonathan aparecía con un cerebro que amenazaba escapar de su cavidad craneana.

Los cuatro últimos cuadros resultaban explicativos y contundentes, aun para los más incrédulos que, como Tomás, aseguraban que los chicos habían huido del pueblo, temerosos de un castigo paterno que les encerrase en un sanatorio por haber tenido actividad sexual.

En estas pinturas finales, los jóvenes conversaban –dentro de la cabaña iluminada por una luz violeta- con dos seres idénticos a los que meses antes habían visto en los dibujos que Conny mantenía guardados en su hogar, pero a las espaldas de esas figuras había una nube enorme, con bellas formaciones de nimbos y cúmulos, quedando la sensación que todos se encontraban suspendidos en el aire.

Los dos cuadros que seguían al anterior estaban ocupados por una enorme ventana de lo que podría considerarse una nave, a través de la que se observaba el planeta tierra a cierta distancia, con sus colores azul y blanco refulgiendo vivamente en los brochazos dados por Conny. Eran dos claras representaciones de un viaje al espacio exterior, distinguiéndose parte de la espalda de Jonathan que se encontraba próximo a otro de los seres.

El mural terminaba con un cuadro que llamó la atención de Lula, ya que la doctora se mantuvo durante largos minutos descubriendo sus detalles y cada vez que aproximaba su cara a la pared para precisar mejor lo que le interesaba, un murmullo de sorpresa huía de sus labios entreabiertos.

La pintura era algo más grande que el resto de los trabajos y presentaba la cara y el busto de un ser de rostro ovalado, que sonreía plácidamente. En sus manos portaba dos papeles que contenían dibujos fácilmente distinguibles, siendo cada uno de ellos un trabajo artístico afinado y meticuloso. Eran policromías conformadas por pequeños cuadrados y una multiplicidad de puntos de colores diversos, pero Lula debió reconocer que no le decían nada especial.

Fue Tomás quien descubrió una similitud.

  • Mira, esos dibujos de cuadraditos y puntos multicolores son idénticos a los bocetos que encontramos en el baúl de Conny. Es una extraña coincidencia, ¿no?

La doctora dio un respingo y regresó sus ojos al cuadro final. Levantó luego su vista hacia Kerneur y tomándole del brazo le impulsó a dejar la cabaña. El semblante de estupor que adquirió la faz de su esposo, le hizo adelantar el presentimiento que comenzaba a embargarle.

  • Aquí no hay coincidencias de ningún tipo, Tomás. Se trata de un trabajo perfectamente ordenado, donde cada trazo tiene su razón de ser. Esos dibujos en la mano del ser vestido de gris son los mismos que Conny guardó en su baúl. Debemos revisar de nuevo esos bocetos; estoy segura que la chiquilla nos ha querido decir más de algo.

Una hora después, ambos estudiaban con paciencia los dibujos sacados del baúl de Conny, acompañados por el Padre Damián y el señor Galleguillos, pero nada notaban en ese enredo de figuras geométricas ínfimas, coloridas y brillantes.

Cansados de observar puntos y rayas, dejaron los cuadros sobre la cama de la muchacha y bajaron al primer piso para reposar en la sala junto a Julieta que les había preparado café y algo de comer.

Carlitos había subido al dormitorio de su hermana, en silencio y con lentitud. Vio los dibujos sobre la cama y comenzó a revisarlos prolijamente durante largos minutos, acercando sus ojos a los papeles y alejándolos pausadamente. Una enorme sonrisa comenzó a pintarse en su cara.

Dio un grito llamando a Tomás, quien subió con presteza hasta el segundo piso seguido de Lula y Julieta, quien pensó en un accidente sufrido por el niño. Pero este se encontraba embobado contemplando uno de los bocetos, con su faz iluminada de alegría y los ojos chispeantes de emoción.

  • Hay una pintura muy linda dentro de los cuadraditos –dijo por toda explicación- Tienen que mirar el fondo del dibujo con harta paciencia y van a descubrir la pintura que estoy mirando ahora.
  • Es una tercera dimensión –masculló Lula impresionada- Conny dibujó esos bocetos en profundidad… es un sistema que conocí en Concepción, y permite adentrarse en paisajes hermosos.

Tomó el boceto que tenía Carlitos y aguzó su vista, fijándola en el centro del cuadro, tornando casi turnia su mirada hasta que, de pronto, la pintura pareció abrirse y pudo ingresar en el panorama que Conny había creado. Se trataba de Arcadio, más joven y enhiesto, sentado sobre una piedra ubicada a la orilla de un camino rural; tras él se levantaba un enorme monte que ocultaba el sol y acaparaba el mayor espacio de la pintura.

Lula estudió el segundo boceto, repitiendo la acción anterior y ya que ahora conocía el sistema para ingresar al fondo del dibujo se le hizo muy fácil meterse en medio de él. Exhaló un quejido largo, seguido de temblores en sus manos y balbuceos continuos. Comenzó a llorar como una adolescente, dejándose caer sentada en el borde de la cama. Tomás le quitó el boceto y apuntó su vista al centro del mismo… repentinamente los primeros planos de cuadros, puntos y rayas se abrieron mostrando un fondo maravilloso.

El maderero descubrió que Jonathan, Conny y dos de los seres extraños mostraban sus espaldas al artista, abrazándose por las cinturas y contemplando la misma nube de cúmulos y nimbos que había visto en la cabaña. Pero esta vez existía una persona más en el cuadro, y estaba de frente, sonriendo, mirando a los jóvenes y a los seres.

Era un hombre joven, de rostro bellamente luminoso, cabello largo y rizado; vestía una túnica blanca, afirmada por un cordón de color rojo que caía a lo largo de uno de los pliegues. Los ojos eran color miel y la barba, muy cuidada y corta, tenía el tinte del trigo maduro empapado por el sol. Sonreía con cariño y ternura, desnudando sus dientes albos y parejos. Se le notaba feliz, lleno de calma y bondad, mostrando su satisfacción en el brillo de la mirada. Su mano derecha, colocada a la altura del corazón, dejaba ver en le dorso una profunda herida ya sanada. Alrededor de todo el cuerpo brillaba tenuemente un halo de color amarillo suave.

  • Lula, ¿es quien yo creo que es? –tartamudeó el demudado Kerneur.
  • Amor, tú también te llamas Tomás –respondió la doctora sorbiendo sus sollozos- ¿Vas a ser el segundo incrédulo de la Historia?

Abrazó a su esposa con cariño y le acompañó en la emoción, llorando como un niño.

La mañana siguiente fue un tráfago de noticias traídas por los curiosos que habían permanecido toda la noche junto a la cabaña, y el rumor transitó libre por las casas de Los Piches originando nuevas aprensiones en los esforzados colonos.

Al mediodía llegó Angel Rocuant fustigando su caballo que frenó escandalosamente frente a la iglesia donde el cura le esperaba extrañado.

  • Padre, Padre –gritó el gigantón apenas bajó de su montura- ¡La pintura de la cabaña se aguó!
  • ¿Cómo que se aguó? ¿Quieres explicarte?
  • Ya no hay dibujos, Padre –gimoteó Rocuant- Cuando el sol apareció sobre la cordillera, los colores de la pared comenzaron a diluirse y ahora sólo hay unos manchones enormes. ¡¡Perdimos los cuadros de Conny!! ¡¡Perdimos las pruebas!! ¡¡Se deshicieron como bloques de hielo puestos al sol!!

Durante dos días el Padre Damián, enfurecido y fuera de sus cabales, intentó atrapar un trazo, un resto, un brochazo de lo que había sido un mural maravilloso, pero cada veinticuatro horas los colores perdían fuerza, absorbidos por la madera de la pared y opacando el brillo que una vez mostraron.

Finalmente, al atardecer del tercer día, la pared de la cabaña era sólo una extensión de madera manchada por vestigios de pinturas de distintos matices.

El Padre debió conformarse con las fotografías que había ordenado tomar al lugar cuando el mural se encontraba presente, esperando ansioso el regreso de las dos personas que había enviado a Cochrane para revelar los tres rollos en un estudio fotográfico de aquella ciudad, los que debería enviar a Santiago según se lo había ordenado el Servicio de Inteligencia Militar.

Su indignación se transformó en mutismo, y este en abatimiento, cuando al regresar sus enviados estos le mostraron más de cien fotografías veladas y una nota del técnico, propietario del estudio, que le comunicaba su extrañeza porque los negativos se encontraban en perfecta condición, pero el trabajo había terminado en aquellas películas grises y negras que ahora le enviaba. Por supuesto, no cobraba un céntimo por ello.

Dos días después, sin esperar a su reemplazante ni haber terminado la instalación del equipo de sonido en el gimnasio, el Padre Damián abandonó el pueblo cuando el sol aún no despuntaba sobre el Sueño de la Luna.

Nunca más volvieron a saber de él.

DOS MESES MAS TARDE

JUNIO DE 1979.    

Tomás se encontraba luchando contra un tronco de gran tamaño, con  el bramido de la motosierra hiriéndole los oídos bajo la lluvia inclemente que caía sobre el pueblo esa tarde oscura y gris. Esa noche tenía que entregar cuatro cargas de leña al galpón de Bernardo, quien deseaba trabajar durante toda la noche junto a su ayudante en el nuevo torno recibido el día anterior, para rebajar los metales que serían usados en el centro de acopio de Pamela Kurkovic, lo que además le serviría para, como dijo el ingenioso mecánico, “asentar el torno”.

Además, el profe Ortega le había solicitado unas vigas enormes para el techo de la nueva sala de geografía cuyos planisferios, globos terráqueos y mapas climáticos, Julieta había conseguido de parte de los militares de Coyhaique.

Y esa maldita lluvia le impediría cabalgar con Arcadio hasta el sur de Los Piches al día siguiente, para acercarse al Llanto del Ánima donde poseía ochenta hectáreas recién compradas al gobierno para ser explotadas de inmediato. Allí contaba con madera de gran calidad, que deseaba comenzar a cortar y arrastrar hasta el aserradero a objeto de lograr secarla bajo los galpones antes que el verano se apoderara de la comarca, pues en esa época llegaban los compradores de Puerto Montt y Temuco en busca de materiales primorosos para la fabricación de muebles y la construcción de casas.

Estaba atrasado con sus compromisos, y el que más le preocupaba era el contraído con Bernardo, pues del galpón y del torno dependía la solidez del trabajo de veinte hombres que alimentaban sus familias con la sacrificada labor de cosecha permanente de arbustos y flores para los cosméticos coyhaiquinos.

Y como corolario a toda esa tensión, Lula se había marchado el día anterior rumbo a Cochrane, donde estaría más de una semana inventariando y descifrando los nuevos equipos enviados por el Ministerio de Salud desde Santiago.

El ladrido de “Gregorio” le sacó de sus abstracciones. El perro venía corriendo hacia él desde la casa, y detrás suyo dos jinetes se acercaban a trote acompasado. Reconoció los caballos argentinos por la alzada más alta, diferente a la de los pingos chilenos.

Uno de ellos era Juan Carlos Silveira, y el otro parecía ser una mujer.

“Paola”, pensó acongojado, ya que la visita de sus amigos le atrasaría aún más en sus labores.

Con la lluvia deslizándose por sus párpados, fue midiendo el porte de la recién llegada, concluyendo que era más alta que Paola. Apagó la motosierra y corrió hacia los jinetes con una enorme sonrisa en los labios. Era Moira D’Angelo. La mujer había viajado desde Buenos Aires y se acercó a Viento Pampa, haciendo caso omiso del temporal que sacudía el territorio austral argentino, porque traía noticias tan importantes que había preferido entregarlas personalmente, aprovechando los diez días de descanso que sus superiores le otorgaron luego de meses de arduo trabajo.

Entraron a la casa donde Tomás echó un nuevo leño en la chimenea y abrió una botella de pisco para ofrecerla a sus amigos. Moira bebió un sorbo corto y tosió suavemente. Kerneur la miraba intrigado, ya que presentía algo demasiado trascendente en esa visita.

  • Están en Montevideo –dijo sorpresivamente la capitana.
  • ¿Quiénes están en Montevideo? –preguntó Tomás.
  • ¡Los chicos, pues! Jonathan y Conny… fueron descubiertos por un periodista bonaerense que les entrevistó en la capital uruguaya. Leí la crónica en el diario “Clarín” el martes pasado –Moira sonreía divertida al ver la expresión de estupor de Kerneur- Están instalados con un pequeño taller de mueblería y decoración en Carrasco, lo que me hizo fácil contactarme con ellos.
  • ¿Les entrevistaron por el asunto de…?
  • No, querido. Como dicen ustedes, “ná’que ver”. La crónica se originó en un concurso de muebles de época, y Jonathan Ortega obtuvo el primer lugar con un sillón idéntico al que usaba Artigas durante la guerra de independencia de la banda oriental. Es un sillón monísimo, con perfiles dorados en su…
  • Bueno, bueno –interrumpió Tomás ansiosamente- ¿Les visitaste? ¿Hablaste con ellos?
  • Mejor que eso, maderero bruto. Les llamé por teléfono y ellos fueron a Buenos Aires de inmediato, estuvieron en mi apartamento, durmieron allí, conversamos casi toda la noche, y se marcharon temprano rumbo a Chuy, un pueblito que está en la frontera de Uruguay con Brasil. Quieren instalarse allí porque aseguran que en ese lugar se produce un tráfico internacional de personas y costumbres que les permitiría vender fácilmente sus productos. Están dedicados a la mueblería y a la decoración; Conny pinta de una forma bárbara…y está bellísima la chica. Habla y habla. No para de charlar, ¿viste?

Moira contó todo lo que pudo averiguar durante aquella noche que los muchachos pasaron en su apartamento, pero nada obtuvo respecto de cómo habían superado sus limitaciones ni de la forma en que se evadieron de Los Piches aquel inolvidable 21 de diciembre. Aseguró que Jonathan le había dicho, sonriente y cauto, que “hay cosas de las que se nos prohíbe hablar”.  Le solicitaron que viajara hasta el sur, cruzara la frontera y entregara a los padres de Conny y al profesor Ortega unos sobres gruesos en los que enviaban pasajes aéreos para que fueran a visitarlos a Chuy.

  • Te mandan a vos un beso grandote y los mejores deseos de éxito en tu matrimonio. Además, debo entregar al viejo Arcadio esta carta que Jonathan le escribió, en la que le dice -y no me preguntés nada porque estoy tan ignorante como la que más- que ya sabe por qué los chicos de don Ulises le decían “Quillayquén”. Parece que ese señor y el viejo Arcadio trabajaron juntos en un lugar de la zona central chilena, cortando álamos donde hay un monte que se llama así.  Allí, Arcadio y Ulises se pelearon por el amor de una mujer, y según me contó Jonathan, estuvieron en un tris de trenzarse a cuchilladas. Pero la mujer les abandonó a ambos y se fue con otro hombre a la zona norte. Muchos años después, Ulises y Arcadio se encontraron en Los Piches. ¿Cómo supo todo esto Jonathan? Ni idea, querido, ni idea.

Tomás engarzó esa historia con el inexplicable papel que contenía un poema escrito, al parecer por el propio Manuel Rodríguez, el año 1818. La D’Angelo contó que Conny le había confidenciado que ese papel lo recibieron directamente de las manos de un hombre de rostro ovalado que les visitaba una vez por semana en la cabaña de la colina, que a la vez les llevó una madrugada hasta el sitio donde se encontraba la casamata.

  • Ahora está claro que la misión de esos seres no era otra que evitar la guerra –apuntó Silveira- Y lo consiguieron a través de los chicos, pero debieron pagar el favor que hacían los muchachos, sometiéndoles a un tratamiento que nuestra ciencia no es capaz ni siquiera de explicar.
  • Lo que será mejor olvidar y agradecer a Dios por tal intervención –concluyó Moira- En fin, tengo que ir a conversar con los padres de los muchachos para ayudarles a empacar, pues deberán salir conmigo rumbo a Buenos Aires no bien termine este temporal.

Tomás optó por omitir los sucesos que Moira y Juan Carlos desconocían, ya que tenía nuevas y angustiosas dudas sobre la verdadera procedencia de la cúpula violeta y de los seres vestidos con túnicas grises, como tampoco quiso contarles que Arcadio vivía en la cabaña de la colina pues el viejo deseaba mantenerla intacta y bien conservada, a la espera que Jonathan, su querido “Avutarda”, regresase algún día a Los Piches.

En ese instante la lluvia cesó de caer y en el cielo se dibujó un bello arcoiris que nacía en las cercanías del bosque de lengas y parecía morir en algún lugar del territorio argentino.

Kerneur invitó a sus amigos a contemplar el hermoso panorama que ofrecía el poblado de Los Piches con los techos mojados y unas avutardas levantando el vuelo hacia el este.

Estaba seguro que nunca lograría entender los sucesos vividos en los meses anteriores, pues eran hechos casi oníricos que encontraban concreción en el amor que sentía por Lula y en la pasión que despertaba en su alma aquel paraje salvaje, donde los hombres luchaban contra los desafíos de la naturaleza con el simple expediente de saberse privilegiados por el destino, al haber logrado poner sus pies en un territorio no domeñado por otros hombres provenientes de orgullosos países y poderosos imperios.

Ahora sabía que formaba parte de un grupo de seres elegidos para la misión más sagrada, que era aumentar y administrar la obra magnífica del Hacedor.

Ahora poseía el mejor don al que un hombre puede aspirar: el amor sincero de una mujer y un pedazo de tierra hermosa en medio del universo.

Ahora creía en Dios.

F   I   N

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