Mi adolescente amor por Brigitte me llevó a un internado de curas
Arturo Alejandro Muñoz
A finales de ese año 1956 era todo un experto en la materia, recibiendo el reconocimiento de mis compañeros de curso en el Liceo de Hombres y múltiples invitaciones para asistir a las fiestas de los sábado en la noche, que llamábamos “malones”, y que generalmente se realizaban en la casa de una niña, con los padres de la chiquilla presentes durante todo el baile, danzando en el “living” iluminado “a giorno”, moviéndonos al compás de la música que escapaba del toca discos cuya aguja robaba la voz del cantante grabada en el acetato.
Esas fiestas juveniles comenzaban cerca de las nueve de la noche y terminaban, sagradamente, a la una de la madrugada a más tardar.
Lo mejor venía al regresar a casa, bajo el bruñido fulgor de las estrellas que rebotaba en las calles vacías y tranquilas, pues deteníamos nuestro camino en la Plaza de Armas amparándonos en las frías sombras de las ancianas palmeras que la rodeaban y de los majestuosos árboles interiores que escondían el quiosco de música, a cuyas espaldas coleaban los peces multicolores en medio de las hojas de loto que humedecían sus verdes bordes en el espejo de agua que colmaba la fuente principal.
Allí, con la noche tranqueando cansinamente hacia la alborada gris de una madrugada aún lejana, repasábamos los acontecimientos vividos en el “malón” reciente y disfrutábamos con la esperanzadora posibilidad de transformar la sonrisa que una determinada niña nos había regalado en medio del baile y las bebidas, en futuro “pololeo” serio y romántico.
Pero eso habría que comprobarlo al día siguiente, en la función de “matinée” de las dos de la tarde en el cine “Victoria”. Hablábamos de ello con la emoción de un sentimiento puro y honesto escarceando nuestras ilusiones, encendiendo los que fueron nuestros primeros cigarrillos que compartíamos en grupo, pasando el pitillo de una mano a otra hasta consumirlo absolutamente.
Era el rito de los “machos”. Conversar a las dos de la madrugada de un domingo aún feto, en plena Plaza, ocultos por las sombras arbóreas, fumando un “pucho” y hablando cosas de hombres… pero de hombre muy hombres.
Obviamente, teníamos nuestros propios “modelos” para imitar, ya que no éramos, ni con mucho, lo suficientemente adelantados en materias creativas para dar nacimiento a estilos propios y sólidos. Menos aún en una provincia quieta y tradicional, donde los ejemplos de la “gran metrópolis” santiaguina llegaban con meses –y a veces, años- de retraso, pues no existía la televisión y la prensa se caracterizaba por un acartonamiento aún mayor que el actual.
Mi grupo de amigos tenía sus propios modelos a imitar, sacados por cierto del celuloide norteamericano que invadía las salas de cine nacionales sin competencia de otras producciones, tal como ocurría con la música popular y otras expresiones sociales que alarmaban a los adultos.
Nuestro ídolo máximo era, sin duda, James Dean y su actuación fenomenal en la película “Rebelde sin causa”, seguido por el magnífico Marlon Brando, protagonista inigualable del film “Nido de ratas”. Después venían figuras menores, importantes pero secundarias, como Kirk Douglas, Burt Lancaster y Jeff Chandler.
¿En las mujeres? Sólo una, una y nada más. Brigitte Bardot, la francesita responsable de nuestras primeras grandiosas erecciones con sus desnudos parciales en “Y Dios creó a la mujer”, dirigida por el suertudo de Roger Vadim que se casaría con ella, y después contraería matrimonio con otras beldades, entre ellas Jane Fonda.
Esa película, exhibida con censura “estrictamente para mayores de 21 años” y calificada por los lameculos laicos de la Acción Católica como “altamente inconveniente incluso para adultos”, pude presenciarla merced a ser amigo del “Tamarindo”, quien vivía en una casa cercana a la de mis padres junto a dos ancianas que le habían recogido de los faldeos del cerro “Condell” cuando tenía apenas cinco años de edad, y trabajaba en el cine “Victoria” como boletero en la ventanilla que vendía entradas para el balcón y la galería (segundo y tercer nivel del cine, respectivamente).
Lo malo fue que al salir del “Victoria” esa tarde –con mi pequeño miembro endurecido al máximo-, me topé a boca de jarro con mis padres, quienes venían abandonando el sector de “platea” en ese mismo momento.
¡Para qué contarles el escándalo familiar que se armó con ese incidente! ¡Ni qué decirles respecto del sermón y amenazas de azotainas que me endilgó propinó mi padre esa noche, en la intimidad de la pieza que compartía con Pablo, mi hermano menor!
Pero la Brigitte bien valía un par de correazos en el futuro. Yo no estaba dispuesto a dejar de colarme al cine para verla una y mil veces.
Desgraciadamente, mi madre era un mujer pragmática y decidida, por lo cual estimó que unos cuantos chicotazos no bastarían para enderezar el carácter preocupante de un adolescente que deseaba vivir lo que correspondía a un hombre adulto.

