Foto: Jack Mitchell / Getty Images
Por Juan Carlos Diez, para La Voz Internacional de New York
4 de diciembre de 2025
Fuente: Facebook – La Casa del Saber
Decían que el ballet tenía una forma fija, casi inamovible: «blanco, frágil, europeo». Decían que el escenario pertenecía únicamente a las hijas de Moscú, París y Londres, herederas de una tradición que parecía cerrada sobre sí misma.
Y cuando una joven osage de Oklahoma se atrevió a soñar con ese mismo escenario, las voces empezaron a susurrar a sus espaldas:
«Su nombre es demasiado extraño.»
«Su piel es demasiado oscura.»
«Nunca será lo que una bailarina debería ser.»
Estaban equivocados. Maria Tallchief —nacida Elizabeth Marie Tall Chief en 1925— creció en tierras marcadas por la historia y la prosperidad del pueblo osage. Su comunidad poseía riqueza petrolera, sí, pero poseía sobre todo una herencia profunda: ceremonias antiguas, ritmos transmitidos de generación en generación, un orgullo colectivo que no cedía ante el mundo exterior.
Mientras tanto, en las salas de danza, los profesores le exigían precisión, equilibrio, dedicación absoluta.
Para Maria, estas dos fuerzas —la tradición osage y la disciplina del ballet— no se contradecían.
«No me sentía dividida», dijo una vez. «Me sentía completa. Pertenecía a ambos mundos.»
Su familia fue su primera fortaleza. Su madre la llevó a clases, la animó cuando el cansancio rozaba el límite, y repetía una frase que se convertiría en un principio rector de su vida:
«Nunca permitas que alguien te diga quién eres.»
Cuando la familia se trasladó a Los Ángeles, el entrenamiento de Maria se volvió aún más riguroso. Practicaba hasta que los dedos de sus pies sangraban. Practicaba cuando sus maestros decían «ya es suficiente por hoy». Practicaba cuando nadie la veía.
La disciplina no era un sacrificio: era su manera de avanzar por un camino estrecho, uno que pocas jóvenes de su origen podían imaginar.
Pero incluso así, las mismas palabras la perseguían:
«Eres muy talentosa, pero… no tienes aspecto de bailarina.»
Lo que querían decir era:
No eres europea. No encajas en nuestra imagen. Por favor, encógete para que podamos aceptarte.
Maria se negó.
A los diecisiete años consiguió un puesto en el Ballet Russe de Monte Carlo, un sueño para cualquier bailarina joven. Pero la compañía tenía una petición: «¿Podrías cambiarte el apellido? Tall Chief suena demasiado indio. El público no lo aceptará.»
Maria se quedó quieta. Después respondió con una serenidad férrea: «Ese nombre me lo dio mi padre. Se queda.»
Aceptó llamarse «Maria», pero jamás renunció a su identidad osage. En una época en que muchos niños nativos eran castigados por hablar su propio idioma, conservar su apellido fue un acto de resistencia cultural, silencioso pero decisivo.
Su nombre entraba con ella al escenario. Y entraba con dignidad.
Todo cambió en 1946, cuando el coreógrafo ruso George Balanchine la vio bailar.

Donde otros habían visto diferencia, él vio energía. Donde otros habían señalado límites, él vio posibilidad.
«Tiene velocidad y fuerza», dijo. «Baila como si estuviera hecha de luz.»
La colaboración entre ambos —artística y brevemente matrimonial— transformó el ballet estadounidense. Balanchine imaginaba las formas; Maria les daba vida. Él dibujaba el fuego; ella ardía en escena.
Y entonces llegó The Firebird en 1949.
Balanchine la coreografió pensando en ella. Y la noche del estreno, cuando Maria apareció en escena, el público no vio a una joven de Oklahoma que parecía no encajar en los moldes tradicionales.
Vio a una artista que dominaba el escenario como si el escenario hubiera sido creado para ella.
Sus saltos eran feroces, sus giros parecían impulsados por una fuerza interior ancestral. Las críticas la describieron como «un milagro en llamas». Esa noche, Maria Tallchief se convirtió en la primera prima ballerina de Estados Unidos, una distinción que no solo celebraba su grandeza, sino que demostraba que el talento extraordinario podía surgir de raíces diversas.
Y aun así, jamás olvidó quién era.
«Siempre bailé con mi sangre osage», dijo. «Eso me daba fuerza.»
Durante los años cincuenta, se convirtió en una figura esencial del recién fundado New York City Ballet. Sus interpretaciones en The Firebird, The Nutcracker y Swan Lake marcaron estándares que todavía hoy siguen estudiando bailarinas de todo el mundo.
No se limitó a interpretar un repertorio: lo redefinió. Hizo que el ballet estadounidense dejara de ser una sombra de Europa y se convirtiera en algo vivo, propio, inconfundible.
Tras retirarse en 1965, Maria abrió el camino a nuevas generaciones. Cofundó el Chicago City Ballet, enseñando con una combinación única de dulzura y exigencia. Visitó comunidades nativas, habló con niñas que dudaban de sus sueños, y repetía:
«Tu historia tiene valor. Llévala con orgullo.»
Cuando falleció en 2013, a los 88 años, el mundo de la danza hizo un silencio solemne. Sabían que nunca habría otra como ella. Sabían que, gracias a ella, el ballet ya no podía entenderse sin diversidad, sin identidad, sin valentía.
Hoy, cada bailarina que sube a un escenario con un nombre que antes habría sido cuestionado, con un rostro que antes habría sido excluido, con una historia que antes no habría tenido espacio… camina por la puerta que Maria Tallchief abrió con fuego en los pies y dignidad en el alma.
Dicen que una niña nativa nunca podría convertirse en una gran bailarina.
Maria Tallchief no solo lo logró.
Demostró que la grandeza puede nacer allí donde otros no saben mirar.

