Juan Carlos Diez
Tomado de Datos Históricos
En 1872, en la ciudad de Łódź, entonces un rincón gris del imperio ruso, nació Maksymilian Faktorowicz en una familia judía sin recursos. La infancia no fue un refugio, fue un trámite breve. A los nueve años ya trabajaba en una peluquería, aprendiendo en silencio cómo unas manos podían transformar una cara cansada en algo distinto.
A los catorce años dejó Polonia y llegó a Moscú. Allí, casi por azar, entró a la Gran Ópera Imperial como maquillador. Mientras otros veían arte y espectáculo, él observaba algo más profundo: el rostro como escenario, la piel como lenguaje.
A los dieciocho fue reclutado por el ejército ruso. Cuatro años de disciplina, rigidez y espera. Al regresar, abrió un pequeño taller donde fabricaba cremas, perfumes y pelucas. La calidad de su trabajo lo llevó a la corte imperial. Parecía haber encontrado estabilidad, pero la historia no había terminado con él.
En 1904, las leyes antijudías lo obligaron a huir. Tomó a su esposa Lizzie, a sus tres hijos y cruzó el océano rumbo a Estados Unidos. En San Luis empezó de nuevo, vendiendo sus productos de puerta en puerta. Poco después, un socio desapareció llevándose todo. Dinero, materiales, esperanza.
Otra vez desde cero.
Abrió una barbería modesta. Y entonces comprendió algo que cambiaría su destino: el futuro no estaba en las calles, sino en un nuevo arte que aún no sabía quién era. El cine.
En 1908 se mudó a Los Ángeles. Hollywood apenas nacía y los actores usaban maquillaje teatral, pesado, artificial. En cámara no funcionaba. Faktorowicz creó algo distinto: un maquillaje flexible, natural, humano. El rostro ya no debía parecer una máscara.
Hollywood lo adoptó de inmediato.
Fue él quien definió el maquillaje moderno. En 1916 llevó sus productos fuera de los estudios y los puso al alcance de cualquier mujer. En 1918 presentó Color Harmony, un sistema que respetaba los tonos naturales del rostro. En 1928 creó el brillo labial. En 1935 lanzó el Pan Cake Makeup, la base de lo que hoy sigue usándose.
Ese mismo año presentó su invento más inquietante: el Calibrador de Belleza. Un armazón metálico que rodeaba la cabeza y medía cientos de puntos del rostro para detectar desequilibrios y corregirlos con maquillaje. No para imponer una belleza única, sino para armonizar. Las estrellas hacían fila para probarlo.
En 1938, en la cima de su éxito, comenzaron a llegar cartas anónimas exigiendo dinero bajo amenaza de muerte. El chantajista escapó. El miedo no. Faktorowicz enfermó gravemente y no volvió a levantarse.
Murió el 30 de agosto de 1938.
No dejó solo una empresa. Dejó una idea poderosa: la belleza no es esconder, es revelar. No es disfraz, es herramienta. Su apellido, simplificado, se convirtió en sinónimo mundial.
Max Factor.
Un niño pobre de Europa del Este que transformó la forma en que el mundo se ve a sí mismo.

