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Marie Tharp: punto a punto cartografiando el océano

Mar 6 de Ene de 2026
in Curiosidades
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Juan Carlos Diez

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A comienzos de los años 50, Marie Tharp miraba el papel milimetrado extendido sobre su escritorio en una oficina estrecha, en el sótano del Observatorio Geológico Lamont de la Universidad de Columbia. Durante meses había estado trazando datos de sonar: miles y miles de números que representaban ondas de sonido rebotando en el fondo del Atlántico. Era un trabajo tedioso que muchos hombres consideraban “de oficina”, el tipo de tarea que se le daba a una mujer porque exigía una paciencia infinita y una precisión obsesiva. Pero Marie acababa de notar algo extraordinario: un enorme valle de hendidura recorriendo el centro del Atlántico, parte de una inmensa cordillera submarina. Entendió lo que estaba viendo: señales de que el fondo oceánico se separaba. Una pista clave para explicar cómo se mueven las placas de la Tierra. Se lo mostró a Bruce Heezen, el geólogo marino con el que trabajaba. Su reacción se volvió tristemente célebre: “No puede ser… se parece demasiado a la deriva continental”. Y luego llegaron las palabras que marcaron su lucha: “Me suena a charla de chicas”.

Marie Tharp no se rindió.

Siguió cartografiando. Trazó más datos. Afinó sus dibujos con una precisión casi feroz, sabiendo que su trabajo iba a ser examinado con mucha más dureza que el de cualquier hombre, que cualquier mínimo fallo se usaría como “prueba” de que una mujer no podía hacer ciencia en serio.

Pero antes, entendamos cómo Marie terminó en ese sótano.

A finales de los años 40, Marie Tharp llegó a la Universidad de Columbia con un máster en geología y un sueño: explorar el fondo marino, una de las grandes fronteras por conocer.

La respuesta fue inmediata: las mujeres no podían embarcar en buques de investigación.

No era una sugerencia amable. Era una norma absoluta.

Los barcos oceanográficos que cruzaban el Atlántico reuniendo datos de sonar estaban fuera de su alcance. En lo oficial, se escudaban en supersticiones. En lo real, era más simple y más cruel: muchos hombres querían conservar ese territorio profesional para ellos.

Así que, mientras otros salían al mar y vivían la aventura de la exploración, Marie fue destinada a una oficina pequeña en el sótano.

Le dieron un escritorio, instrumentos de dibujo y filas interminables de números.

Eran lecturas de sonar: ondas de sonido rebotadas para medir profundidades. Cada cifra era un punto bajo miles de metros de agua.

Por separado, no significaban nada. Juntas, debían revelar cómo era de verdad el relieve del fondo oceánico.

Pero casi nadie había logrado convertir todo aquello en un mapa coherente.

El trabajo de Marie se veía como algo rutinario, poco glamuroso, el tipo de tarea que nadie quería hacer durante meses encorvado sobre una mesa de dibujo.

Lo que no vieron fue que, sin querer, le estaban dando la llave para cambiar nuestra comprensión del planeta.

Empezó a trazar coordenadas en papel milimetrado.

Hora tras hora, día tras día, transformó números abstractos en relieve. Poco a poco, como si emergiera un mundo escondido, apareció un paisaje: montañas, valles, llanuras… todo oculto bajo kilómetros de océano.

Y entonces llegó el valle.

La evidencia era demasiado consistente como para ignorarla: una gran hendidura en la zona central de la dorsal mesoatlántica, una señal de una Tierra activa, en movimiento.

A eso Heezen lo llamó “charla de chicas”.

Pero Marie siguió.

Con el tiempo, los datos se acumularon. La evidencia creció. Aquello no era un error: estaba ahí.

Y no era un detalle local. Ese gran sistema de dorsales atravesaba los océanos.

En 1957, Tharp y Heezen publicaron su primera cartografía del Atlántico Norte.

El debate fue intenso.

Pero la idea central se fortalecía: esos mapas aportaban una evidencia clara que apoyaba la tectónica de placas.

El reconocimiento, eso sí, llegó mucho más lento de lo que merecía.

Durante años, Marie siguió trabajando, ampliando y afinando mapas.

Sus dibujos no solo eran rigurosos: también tenían una belleza extraña, la de hacer visible lo que nadie podía ver.

No fue hasta 1965, cuando tenía 45 años, que pudo embarcar por primera vez.

Subió a cubierta y miró el océano que había aprendido a leer desde números, sin haber podido pisar durante tanto tiempo el lugar donde se tomaban los datos.

En 1977, junto con Heezen y con la ayuda del pintor austríaco Heinrich Berann, publicaron un mapa del relieve de todo el fondo oceánico.

Un mapa que cambió la forma en que entendemos el planeta.

Marie siguió trabajando en la Universidad de Columbia hasta 1983.

Había pasado de un sótano y miles de cifras a ayudar a explicar el 70% de la superficie de la Tierra, esa parte que permanece oculta bajo el mar.

La apartaron del barco.

Así que ella encontró otra manera de explorar.

La minimizaron.

Y dejó que los datos hablaran.

La encerraron en una oficina.

Y desde ahí ayudó a dibujar un mundo entero, punto a punto, línea a línea, hasta que ya nadie pudo mirar el océano de la misma forma.

Fuente: Oceánicas (Instituto Español de Oceanografía) («Marie Tharp», s. f.)

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