
Un soplo del Espíritu Santo para acercar la Evangelización al Pueblo de Dios ha sido el Concilio Ecuménico Vaticano II (1962-1965) que soñó con una evangelización viva, participativa y encarnada en el seno de la Iglesia.
El Vaticano II en su constitución dogmática sobre la Iglesia “Lumen Gentium” (21 de noviembre 1964) capítulo II “El Pueblo de Dios” y capítulo IV “Los Laicos” y el decreto Apostolicam actuositatem (18 de noviembre de 1965) reafirman que los fieles laicos tienen dentro de la Iglesia una misión especial, propia y específica en la misión evangelizadora, de la cual no se puede prescindir, llevando el evangelio a la vida cotidiana, la familia y el trabajo.
Su misión incluye ser testigos de Cristo en la sociedad, tanto en su vida personal como a través de la acción social, y participar activamente en la liturgia, la catequesis y dar testimonio de su fe en diversos ámbitos como el profesional, social, cultural y político.
Según el «Anuario Estadístico 2025» (Annuarium Statisticum Ecclesiae) de la Iglesia católica, que ofrece un panorama de la presencia de los católicos en el mundo, señala que hay 1.405 millones de católicos. En contraposición el número de sacerdotes a nivel mundial está disminuyendo sumando un total de 407.000 entre diocesanos y religiosos.
No hay duda, que el presente y futuro de la misión evangelizadora de la Iglesia pasa por los laicos. En el pasado, la actividad misionera de la Iglesia era llevada a cabo casi exclusivamente por congregaciones religiosas o por sacerdotes que se dedicaban a ello con un mandato específico. Actualmente, la misión evangelizadora laical no se limitará a unos pocos territorios, sino que se extenderá a todas las regiones de la tierra y a todos los sectores de la sociedad, sobre todo pasará principalmente por el testimonio de vida.
De hecho, los hombres y mujeres de nuestras sociedades modernas están acostumbrados a verse rodeados de personas absortas en sus propios compromisos, encerradas en su pequeño mundo, a menudo incapaces de ir más allá de sus propios intereses y, por tanto, hostiles a acoger a los demás en la “burbuja” protegida de sus vidas. Pero cuando a los ojos de estos hombres y mujeres aparecen laicos que viven las bienaventuranzas del Evangelio, que ven a Cristo en los demás, siguiendo lo que se dice en el capítulo 25 de Mateo, inmediatamente aparece algo más.
Un tema al cual hay que prestarle la mayor atención posible es lo relativo a la “formación de los fieles laicos” con vistas a la misión. La formación no debe entenderse como instrucción escolar. Debe verse desde la perspectiva de alimentar ante todo la fe de los fieles con la Palabra y los sacramentos. Los laicos “bien formados” no son otros que los laicos “bien alimentados” en la fe y que, por tanto, sentirán de forma casi natural el deseo de dar testimonio de lo que viven personalmente. La propia gracia divina, recibida en la Palabra y los sacramentos, los dirigirá a la misión.
El papel de evangelización de los laicos, de hecho, debe ser potenciado especialmente en algunos ámbitos particulares que están en primera línea en la Iglesia de hoy. A los laicos se les debe confiar, en primer lugar, la catequesis, especialmente la catequesis familiar y la catequesis para las parejas jóvenes, no sólo las que se preparan para el matrimonio, sino también las recién casadas o las que llevan varios años de matrimonio, a las que se debe acompañar en su camino matrimonial.
Los laicos deben participar en la pastoral juvenil. No se trata de dar a los jóvenes una educación escolar, sino de acompañarlos en su crecimiento en la fe. En este sentido, los laicos son los más indicados para estar cerca de los jóvenes de forma continuada, porque se trata de “hacerse cargo de ellos” quizás incluso de acogerlos en sus casas para reunirse en pequeños grupos, rezar con ellos, escuchar sus experiencias y sus dificultades, animarlos, estar cerca de ellos en sus crisis y alegrías, tener momentos de celebración y amistad con ellos.
Es poco probable que un sacerdote solo haga todo esto por todos los jóvenes de su parroquia. Por tanto, es esencial implicar a los laicos, y especialmente a las familias jóvenes, y despertar en ellos este “amor a los jóvenes”, esta “pasión” por educarlos y acompañarlos en la vida.
Concluyendo, una de las tareas más importantes a cargo de los obispos y pastores es ayudar a los laicos a redescubrir su plena participación en la vida y misión de la Iglesia. Todos los aspectos de la vida y de la misión de la Iglesia pertenecen también, por derecho propio, a los fieles bautizados.
