Por Juan Carlos Diez
30 de diciembre de 2025
Fuente: Faceboo – La Casa del Saber
Los árboles estaban hablando. Nadie escuchaba.
Durante décadas, la silvicultura enseñó una sola regla:
Los árboles compiten. Corta a los débiles. Libera a los fuertes.
Los bosques eran campos de batalla.
Entonces una mujer hizo una pregunta peligrosa:
¿Y si eso está mal?
Se llama Suzanne Simard.
Suzanne creció en los bosques de Columbia Británica. Su familia trabajaba en la tala.
Vio caer árboles. Vio plantar otros nuevos en filas perfectas. Ella misma se convirtió en ingeniera forestal. Y algo no le cuadraba.
Cuando los bosques se talaban por completo y se replantaban con una sola especie —a menudo abeto de Douglas—, los árboles sufrían. Morían. No prosperaban.
La industria culpaba al abedul cercano. “Competencia”, decían. “Quiten el abedul”.
Suzanne no se lo creyó.
En los bosques naturales, el abedul y el abeto convivían y prosperaban juntos.
Así que decidió poner a prueba lo impensable.
El experimento que lo cambió todo.
A principios de los años 90, Suzanne plantó plántulas de abedul y de abeto. Algunas quedaron aisladas. Otras permanecieron conectadas bajo tierra.
Entonces hizo algo radical. Marcó el carbono en los árboles —con isótopos distintos para abedul y abeto— para poder rastrear adónde iba.
Si los árboles eran competidores aislados, ese carbono se quedaría donde estaba. Si estaban conectados… No lo haría.
Esperó. Luego midió. El carbono se movió. Del abedul al abeto. Del abeto al abedul. No por el aire. No por el agua. A través del suelo.
A través de una vasta red subterránea de hongos alrededor de las raíces—hongos micorrícicos— hilos vivos extendiéndose por todo el bosque.
Los hongos intercambiaban minerales y agua por azúcares.
Pero Suzanne vio algo más profundo. Los árboles no solo estaban conectados. Estaban compartiendo. El bosque estaba cooperando
En verano, el abedul frondoso enviaba carbono al abeto en sombra.
En otoño, cuando el abedul perdía sus hojas, el abeto perenne devolvía carbono.
No era accidente. No era coincidencia. Equilibrio.
Los árboles más viejos y grandes actuaban como centros — luego llamados “árboles madre”.
Sostenían a las plántulas. Ayudaban a los más débiles. Transmitían señales químicas sobre insectos, enfermedad y sequía.
Cuando caía un árbol madre, la red se debilitaba. Los jóvenes sufrían. El bosque no era un campo de batalla. Era una comunidad.
La resistencia
Las empresas madereras se opusieron. Algunos científicos se burlaron. “Demasiado emocional.” “Demasiado humano.”
Suzanne respondió con datos. Más experimentos. Más repetición. Más pruebas.
Con el tiempo, la evidencia fue clara. Los bosques funcionan como redes, no como individuos aislados.
En 2016, Suzanne lo contó al mundo en una charla TED titulada TED: «Cómo se comunican los árboles entre sí».
Millones escucharon.
En 2021, publicó sus memorias, Finding the Mother Tree —una historia de ciencia, resistencia, pérdida y asombro.
Por qué importa ahora
La tala rasa no solo elimina árboles. Destruye relaciones. El cambio climático no solo estresa a los bosques. Rompe las redes que los ayudan a sobrevivir.
Algunas prácticas forestales han cambiado. Algunas empresas ahora dejan árboles madre en pie. Pero los bosques antiguos —las redes más fuertes de todas— siguen siendo talados.
Suzanne sigue luchando.
Durante generaciones, creímos que sobrevivir era dominar. Ella nos mostró algo más antiguo. Algo más silencioso.
Cooperación.
El bosque vive no porque los árboles compitan— sino porque se cuidan unos a otros. Recuerda su nombre.
Suzanne Simard nos enseñó que cuando talamos un árbol, no solo quitamos madera. Rompemos una conversación que lleva siglos ocurriendo.

