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La Tierra, ¿comenzó la sexta extinción?

Vie 13 de Mar de 2026
in Opinión
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Quizás no sea tarde para detenerla, pero, quizás también, estemos a tiempo para preservar la humanidad más allá de nuestras fronteras como planeta

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Esta bella y pequeña esfera azul donde habitan más de 8.000 mil millones de seres humanos –con una proyección de 10.300 millones para la década del 2080- no ha sido nunca un territorio quieto. Por el contrario, desde su nacimiento hace 4.600 millones de años, la Tierra ha experimentado cinco extinciones masivas, las que no solamente cambiaron la orografía, la vegetación y el   paisaje, sino, también, las especies que la poblaban.

La extinción del Ordovícico Tardío

En esta época, hace unos 445 millones de años, la mayor parte de la vida se encontraba en los océanos. Las plantas acababan de empezar a colonizar la tierra y la mayor parte de la diversidad animal existía en los mares poco profundos que rodeaban el supercontinente de Gondwana.

Entonces, la Tierra entró bruscamente en una edad de hielo. Muchas especies no pudieron soportar el frío y, al acumularse gran parte del agua del planeta en gigantescas capas de hielo a lo largo de Gondwana, el nivel del mar descendió drásticamente, vaciando los mares poco profundos donde habían prosperado tantas especies.

En conjunto, la extinción masiva del Ordovícico Tardío acabó con aproximadamente el 85% de las especies marinas, provocando un importante reajuste.

La extinción del Devónico Tardío

Esta extinción masiva, que tuvo lugar hace entre 372 y 359 millones de años, fue menos dramática que su predecesora. Se produjo como una serie de “pulsos” de extinción a lo largo de decenas de millones de años, en los que murió  80% de la vida marina.

La teoría más popular sugiere que los niveles de oxígeno en las aguas del planeta descendieron drásticamente durante este periodo, lo que habría asfixiado a un gran número de criaturas marinas.

Los sistemas de arrecifes de coral se colapsaron y muchos linajes marinos ancestrales desaparecieron; se calcula que los ecosistemas submarinos tardaron más de 40 millones de años en recuperarse.

La extinción del Pérmico-Triásico (“La Gran Mortandad”)

Hace unos 252 millones de años, la Tierra atravesó la crisis biológica más grave de su historia conocida.

Este acontecimiento de extinción masiva parece haber sido provocado principalmente por grandes erupciones volcánicas que liberaron enormes cantidades de dióxido de carbono y metano a la atmósfera.

El impacto fue inmenso. Alrededor del 90% las especies marinas y el 70% de las especies de vertebrados terrestres desaparecieron. Los bosques tropicales alcanzaron un punto de inflexión y se colapsaron intensificando aún más el calentamiento global.

La vida parece haber tardado 10 millones de años en recuperarse de la Gran Mortandad. Sin embargo, de la devastación surgieron nuevos tipos de animales, como cangrejos, langostas, reptiles marinos y los reptiles terrestres que más tarde evolucionarían hasta convertirse en dinosaurios.

La extinción del Triásico-Jurásico

Sabemos mucho menos sobre esta extinción masiva, que se produjo hace unos 201 millones de años, al final del período Triásico, pero los científicos creen que lo más probable es que fuera consecuencia de la desintegración del supercontinente Pangea.

Esto parece haber desencadenado una actividad volcánica a gran escala, provocando un rápido cambio climático, la acidificación de los océanos y estrés ecológico.

Cerca del 80% de las especies desaparecieron, siendo la vida marina, los anfibios y los reptiles los más afectados.

Sin embargo, un grupo de reptiles demostró ser especialmente resistente al cambio de condiciones y llegó a dominar los ecosistemas terrestres durante los 135 millones de años siguientes. ¿Ese grupo? Los dinosaurios.

La extinción del Cretácico-Paleógeno

Probablemente hayas oído hablar de esta extinción masiva, aunque quizá no la conozcas por su nombre.

A principios y mediados del Cretácico, la biodiversidad de la Tierra comenzó a aumentar a un ritmo sin precedentes a medida que surgían las plantas con flores, la deriva continental creaba climas y hábitats diversos y la Tierra disfrutaba de condiciones relativamente estables y cálidas.

Entonces, hace 66 millones de años, un asteroide de 15 km. de diámetro chocó contra lo que hoy es el sur de México a una velocidad 20 veces superior a la de una bala, liberando una energía equivalente a 100 millones de megatoneladas de dinamita.

El impacto desencadenó un amplio abanico de catástrofes: grandes incendios forestales, terremotos, corrimientos de tierras, tsunamis y un “invierno nuclear” ―agravado por la continua actividad volcánica― a medida que el polvo y los aerosoles bloqueaban la luz solar.

La fotosíntesis dejó de funcionar, las redes tróficas se deshicieron, y alrededor del 75% de las especies se extinguieron, incluidos todos los dinosaurios no avianos.

En última instancia, sin embargo, la extinción masiva del Cretácico-Paleógeno resultó ser sólo un revés temporal para la explosión de biodiversidad que continúa hasta nuestros días.

La Tierra hoy, año 2026.

Recordemos que el homo sapiens apareció en nuestro planeta hace 350 mil años, lo que confrontado con el desarrollo de todas las otras especies animales arroja un período extremadamente corto de existencia.  Digamos también que nuestra especie humana, homo sapiens, es la última que ha aparecido en el devenir de la Tierra, y la última también en la evolución de los homínidos, desde el Australopithecus, hace cuatro millones de años, hasta llegar a nuestra sociedad actual.

Sí, son correctas esas aseveraciones. La nuestra es la especie más joven en el planeta y, a la vez, la más destructiva, dañina y predadora.

Es cierto que hemos dominado la energía creando electricidad, que hemos transformado a voluntad grandes extensiones de la naturaleza, hemos creado procesos que perdurarán por siglos, y hemos provocado daños tal vez irreversibles a nuestro propio hogar. La sobre explotación de vastos terrenos, la sobrepoblación humana, el cambio climático, la experimentación con elementos altamente dañinos, la liberación de una gran cantidad de virus, la ‘plastificación’ de los océanos, el pésimo manejo de la energía atómica, son ejemplos claros de lo señalado.

 En sistemas complejos, cuando se cruzan ciertas variables, los bucles de la extinción aparecen. Y eso es lo que tenemos ahora. Nos encontramos en pleno proceso de la sexta extinción masiva. Ella llegará, tarde o temprano. La naturaleza nos lo viene avisando desde hace décadas, pero somos sordos, ingenua y torpemente sordos, ensoberbecidos por nuestros avances ingenieriles confiados en saber más que aquella naturaleza que ha vivido 4.500 millones de años.

En nuestra bajada de título de esta nota, dijimos quizás también, estemos a tiempo para preservar la humanidad más allá de nuestras fronteras como planeta.

Es, a no dudar, la tarea que la humanidad debe ejecutar junto con el salvamento de nuestro actual espacio terrestre. Nada es eterno, nada (ni nadie) vive para siempre. Y si nuestro planeta ha experimentado cinco extinciones masivas, resulta más que probable una sexta extinción, más aún si los signos de esta última ya se hacen presente.

Pero, que quede prístinamente claro; la sexta extinción masiva no será responsabilidad de la Tierra ni del comportamiento de cuerpos cósmicos… la sexta extinción será responsabilidad total y exclusiva de nosotros, los humanos. He ahí la gran diferencia.

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