Por Juan Carlos Diez
Fuente: Facebook – Gente que lee
A fines del siglo XIX, China vivía una humillación constante. Potencias extranjeras controlaban puertos, comercio, ferrocarriles y hasta territorios enteros. Misioneros occidentales se expandían por el país y la población sentía que su cultura, sus tradiciones y su soberanía estaban siendo destruidas.
En ese contexto nació la Rebelión de los Bóxer (1899–1901), un violento levantamiento popular protagonizado por la sociedad secreta Yihequan —“Puños rectos y armoniosos”—, conocidos por los occidentales como Bóxer. Creían que, mediante rituales y artes marciales, podían volverse invulnerables a las balas.
Su objetivo era claro: expulsar a los extranjeros y acabar con la influencia occidental en China. El movimiento atacó misiones cristianas, asesinó misioneros y conversos chinos, y sitió las legaciones extranjeras en Pekín.
La respuesta fue brutal. Ocho potencias mundiales —entre ellas Reino Unido, Japón, Rusia, Alemania y Estados Unidos— formaron una alianza militar y aplastaron la rebelión con extrema violencia. China fue obligada a pagar enormes indemnizaciones y aceptar aún más control extranjero.

Aunque derrotada, la Rebelión de los Bóxer dejó una huella profunda: demostró el hartazgo del pueblo chino y marcó el principio del fin del viejo imperio. Años después, la dinastía Qing colapsaría, dando paso a una nueva era.
Una historia de resistencia, fanatismo, choque cultural y dominación imperial que todavía resuena en la memoria histórica de China.

