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La importancia de la pregunta de Sofia Tomov

Mié 10 de Dic de 2025
in Curiosidades
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Por Juan Carlos Diez

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Fuente: Facebook – La Casa del Saber

Sofia Tomov estaba sentada en su casa de Knoxville, Tennessee, viendo la televisión con sus padres cuando apareció un anuncio farmacéutico. Ya sabes cómo son: gente perfecta haciendo cosas perfectas mientras una voz calmada enumera efectos secundarios cada vez más alarmantes.

«Puede causar náuseas, mareos, arritmias…»

La lista siguió. Y siguió.

Sofia, con solo 12 años, se volvió hacia sus padres con una pregunta que iniciaría un camino extraordinario:

«¿Por qué los medicamentos dañan a algunas personas y ayudan a otras?»

Muchos adultos habrían dado una explicación superficial y cambiado de tema. Pero Sofia no era de esas.

Quería entender el mecanismo. La razón detrás de la razón.

Y una vez que empezó a preguntar, ya no se detuvo hasta encontrar una respuesta.

El descubrimiento que la dejó atónita

Lo que descubrió fue inquietante: las reacciones adversas a medicamentos —ocasiones en las que un fármaco destinado a sanar acaba produciendo daño grave o incluso la muerte— estaban empatadas con los accidentes cerebrovasculares como la cuarta causa de muerte en Estados Unidos.

Mataban a más personas que el SIDA, la diabetes, las enfermedades pulmonares o la neumonía.

No era un problema menor. Era una crisis de salud pública escondida a plena vista.

Y Sofia, una estudiante de octavo grado educada en casa, amante del dibujo de naturaleza, de tocar canciones de David Bowie en su guitarra eléctrica y de la esgrima, decidió que iba a hacer algo al respecto.

La raíz del problema: la genética

Todos tenemos un ADN ligeramente distinto. Algunas personas poseen mutaciones genéticas que las hacen reaccionar mal —a veces de forma catastrófica— a ciertos medicamentos.

Un fármaco perfectamente seguro para la mayoría podía desencadenar fallos orgánicos o la muerte en quienes tenían ciertas variaciones.

Los científicos ya sabían esto.

Pero no tenían una solución práctica.

El desafío era el tiempo.

En una emergencia —un infarto, una convulsión, una reacción alérgica grave— los médicos necesitan actuar de inmediato.

Pero secuenciar el genoma de un paciente para comprobar mutaciones lleva demasiado.

Con unos seis mil millones de pares de bases, los algoritmos existentes podían tardar horas o días en localizar mutaciones peligrosas.

Los pacientes en emergencias no tienen horas. Tienen minutos.

Como dijo Sofia:

“Hasta ahora, los científicos no han encontrado una solución viable porque los algoritmos tardan demasiado en ejecutarse en un genoma de 6 mil millones de bases.”

La idea brillante de una niña de 12 años

¿Qué pasaría si, en vez de secuenciar el genoma durante una emergencia, se hiciera de forma rutinaria cuando el paciente está sano?

Así, la secuencia ya estaría almacenada en la historia médica.

Y en una emergencia, los médicos solo tendrían que consultar la información: qué medicamentos evitar para esa persona.

Pero quedaba un problema: incluso con el genoma ya secuenciado, buscar mutaciones relevantes seguía tardando demasiado.

Entonces Sofia hizo lo que hacen las mentes extraordinarias:

Se puso a programar.

La adolescente que optimizó un algoritmo genético

Sofia ya había tomado clases de informática y tenía buenas habilidades de programación.

Estudió algoritmos genómicos existentes, analizó sus limitaciones y buscó cómo acelerarlos.

Y lo consiguió.

Logró optimizarlos para que pudieran ejecutarse en múltiples procesadores en paralelo, acelerando drásticamente la búsqueda de mutaciones que podían provocar reacciones adversas.

Su algoritmo no solo era un poco mejor.

Era transformador.

Lo que antes tardaba horas, ahora podía hacerse en una fracción del tiempo.

Suficientemente rápido como para ser útil.

Suficientemente rápido como para salvar vidas.

Una finalista nacional entre miles

En junio de 2016, Sofia presentó su proyecto al Discovery Education 3M Young Scientist Challenge, uno de los concursos científicos juveniles más prestigiosos del país. De miles de participantes, fue elegida una de las diez finalistas nacionales.

Su mentor, el científico de 3M John Henderson, la acompañó durante tres meses a través de reuniones por Skype. Juntos pulieron el algoritmo, resolvieron problemas y prepararon su presentación para el panel de jueces en la sede de 3M en Minnesota.

No era su primer gran proyecto.

Años antes, Sofia había presentado una patente para un dispositivo que permitía desechar medicamentos sin contaminar el agua.

También había publicado un libro infantil.

Había aprobado cursos universitarios, obtenido resultados excepcionales en exámenes estandarizados y tomado clases avanzadas estando aún en la secundaria.

De hecho, la Universidad de Tennessee en Knoxville la aceptó como estudiante visitante a los 12 años.

“¡Estoy muy emocionada por tomar clases en un campus universitario!”, dijo Sofia a la prensa, radiante.

Una educación basada en la curiosidad y la conexión

Su madre, Beverly, educadora, y su padre, profesional de la informática, fomentaron desde pequeña la curiosidad y el aprendizaje activo.

Sofia no estudiaba para memorizar: estudiaba para comprender.

Y para conectar ideas entre sí: ciencia, tecnología, salud, naturaleza.

Visitaba regularmente reservas naturales, observaba aves e insectos, tocaba riffs de Bowie y competía en esgrima.

Aprendía haciendo.

Y esa filosofía se notaba en cada proyecto suyo.

La final de 3M: un escenario para los futuros innovadores del país

En octubre de 2016 viajó a St. Paul para presentar su proyecto.

Los otros finalistas también eran brillantes: jóvenes que habían trabajado con científicos de 3M para desarrollar soluciones reales a problemas reales.

Sofia no ganó el primer premio (que fue para Maanasa Mendu).

Pero ser finalista nacional a los 12 años ya era un logro extraordinario.

Más importante: su algoritmo tenía potencial real para salvar vidas.

Ella lo sabía.

Sabía que aún requería desarrollo, pruebas clínicas, aprobación regulatoria.

Pero no se desanimó.

“Nunca puedes investigar lo suficiente sobre un tema”, aconsejó a otros jóvenes científicos.

Mirando al futuro: IA, medicina personalizada y liderazgo

Sofia ya tenía metas claras:

— Obtener un doctorado en ciencias de la computación.

— Fundar una empresa de machine learning.

— Crear sistemas que aprendan a resolver problemas complejos, como el análisis genético masivo.

Su historia revela varias verdades esenciales:

1. La edad no limita la genialidad.

Una niña de 12 años abordó un problema que desconcierta a expertos adultos porque no tenía miedo de hacer preguntas básicas.

2. La curiosidad unida a la habilidad técnica puede cambiar el mundo.

Sofia no solo se preguntó por qué.

Construyó la respuesta.

3. Los peores problemas a veces están escondidos a simple vista.

Las reacciones adversas matan a miles cada año.

Era una niña quien preguntó:

¿Por qué aceptamos esto como inevitable?

4. El futuro no espera permiso.

Mientras los adultos discuten si los jóvenes están «preparados», jóvenes como Sofia ya están resolviendo los problemas.

El legado de una niña que no aceptó el “así son las cosas”

Hoy, Sofia sigue estudiando y perfeccionando su investigación.

Su algoritmo demuestra que la cuarta causa de muerte no es una sentencia inevitable.

Solo requiere nuevas mentes, nuevas preguntas, nuevas soluciones.

A veces, son los jóvenes quienes ven lo que el mundo adulto ya no mira.

Y la próxima vez que alguien diga que “los niños de hoy no hacen nada”, recuerda a Sofia Tomov:

Mientras otros memorizaban para un examen,

ella desarrollaba un algoritmo para evitar que miles de personas murieran por sus medicamentos.

La genialidad no pide permiso.

Simplemente se pone a trabajar.

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