Juan Carlos Diez
Fuente: Facebook: Xplicadope
Cuando pensamos en la inmensa red de caminos del Qhapaq Ñan (más de 30.000 km), a menudo nos preguntamos cómo era físicamente posible que los mensajeros del imperio recorrieran esas distancias extremas. La respuesta no está solo en su capacidad pulmonar, sino en una pieza de tecnología ergonómica que desafía al calzado moderno: la Ojota.
Ciencia de Materiales: La Resistencia Orgánica A diferencia del calzado europeo de la época, que a menudo era rígido y encerraba el pie, los Incas desarrollaron una suela inteligente. Las ojotas no se fabricaban con cualquier piel; estaban hechas específicamente del «cuero más grueso de la llama». Esta parte del animal (generalmente del cuello) proporcionaba una «alta resistencia» a la abrasión de las rocas volcánicas y los terrenos agrestes de la cordillera, actuando como un escudo natural, pero manteniendo la flexibilidad necesaria para el movimiento articular.
Hidrodinámica y el «Diseño Abierto» El mayor enemigo de un corredor de larga distancia no es el cansancio, sino la humedad. Un pie mojado se macera y genera heridas. La genialidad de la ojota residía en su «diseño abierto». Este sistema permitía un «drenaje inmediato»; si un Chasqui debía cruzar un río o correr bajo la lluvia torrencial, el agua no se acumulaba. El pie se secaba rápidamente con el viento y el movimiento, eliminando el ambiente húmedo que causa fricción.
La Tecnología «Cero Ampollas» Gracias a esta ventilación constante y al ajuste preciso de las correas de fibra o cuero, los corredores andinos podían operar con «cero ampollas». Mientras que una bota cerrada hubiera incapacitado a un corredor tras cruzar un arroyo, la ojota permitía «cruzar ríos y correr sin sufrir» lesiones cutáneas, garantizando que el mensaje llegara a su destino sin interrupciones.
La ojota es un ejemplo maestro de diseño funcional: mínima cantidad de material para una máxima eficiencia operativa. Una lección de adaptación al medio que perdura en la memoria de los Andes.

