Por Juan Carlos Diez
8 de diciembre de 2025
Fuente: Facebook – La Casa de Saber
Muy por encima del océano Índico, el vuelo 9 de British Airways transportaba a 248 personas en su enorme cuerpo de acero, un Boeing 747 rumbo a Perth. El viaje era rutinario hasta que, sin aviso alguno, la quieta oscuridad del cielo nocturno fue atravesada por destellos inquietantes.
El parabrisas de la cabina y las alas empezaron a brillar con una luz azulada: el fuego de San Telmo, un fenómeno raro, hermoso y aterrador.
Y luego, cayó el silencio.
Los cuatro motores se apagaron. El gigante de los cielos se convirtió en un planeador colosal, deslizándose en el vacío sobre el océano, en completa oscuridad.
El capitán Eric Moody tomó el mando.
Apenas tenía treinta minutos para lograr lo imposible: reiniciar los motores antes de que el avión descendiera por debajo del punto sin retorno. Bajo ellos se extendía un terreno montañoso; adelante, solo el abismo.
La cabina se despresurizó y las máscaras de oxígeno cayeron del techo.
Cuando el capitán Moody se dio cuenta de que la máscara de su copiloto estaba dañada, tomó una decisión desesperada: descendió intencionalmente el avión, arriesgando sus vidas para llevarlo a una altitud donde el aire fuera lo suficientemente respirable como para salvar a su compañero.
Y entonces, ocurrió.
Un motor volvió a la vida. Luego un segundo. Un tercero. Y, desafiando toda lógica, el cuarto también se encendió.
El avión empezó a respirar de nuevo.
Pero el calvario estaba lejos de terminar.
Las ventanas de la cabina habían quedado arenadas, corroídas desde dentro por las partículas volcánicas. Los pilotos casi no podían ver: apenas sombras, apenas rendijas de visión.
Guiaron al enorme avión usando asistencia por radio, su memoria y una valentía absoluta.
Contra todo pronóstico, aterrizaron sanos y salvos en Yakarta.
Ni una sola persona resultó herida.
Solo más tarde descubrieron los investigadores la causa: el avión había atravesado una densa nube de ceniza volcánica procedente de la erupción del monte Galunggung.

La ceniza había asfixiado los motores, grabado las ventanas y convertido un vuelo comercial en un auténtico thriller apocalíptico.
Desde aquel día, la aviación cambió para siempre. Ahora, cada cabina recibe alertas en tiempo real sobre actividad volcánica.
Y el nombre del capitán Eric Moody quedó grabado en la historia.
No por el pánico, sino por su serenidad inquebrantable, su dominio del avión y por salvar 248 vidas en plena noche.
Y cuando el avión por fin se detuvo en tierra, no fue solo un aterrizaje: fue un regreso al hogar.
El miedo se derritió, sustituido por el alivio profundo y abrumador de seguir vivos. Cada una de las 248 personas descendió del avión no como pasajeros, sino como testigos de un milagro irrepetible.
Esta historia no trata solo de un avión averiado ni de soluciones rápidas; trata del poder del espíritu humano.
Del temple de un capitán, del trabajo impecable de una tripulación y de la sencilla e increíble alegría de sobrevivir.
Enfrentaron la oscuridad y salieron adelante, demostrando que, incluso cuando el cielo enmudece, la determinación compartida y el coraje son las fuerzas más poderosas.
Una historia verdadera.
Un milagro entre las nubes.

