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Franz Kafka pidió que todo lo que había escrito fuese quemado

Dom 30 de Nov de 2025
in Curiosidades
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Por Juan Carlos Diez para La Voz Internacional de New York

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Franz Kafka, uno de los autores más influyentes del siglo XX, solo pidió una cosa antes de morir:

que todo lo que había escrito fuese quemado.

Y si su nombre sobrevivió al fuego, no fue por voluntad propia, sino porque su amigo Max Brod desobedeció su última petición. Gracias a esa traición —quizá la más decisiva en la historia de la literatura— conocemos El proceso, La metamorfosis, El castillo… y también su diario.

Ese cuaderno íntimo donde Kafka dejó, sin saberlo, uno de los testimonios más brutales sobre lo que significa crear mientras la vida duele.

Porque para él escribir no era un pasatiempo.

Era una forma de respirar.

Sus noches eran largas y silenciosas, llenas de páginas que a veces lo salvaban y a veces lo hundían. Su autoexigencia era tan feroz que, según estiman los estudiosos, Kafka quemó cerca del 90% de su obra antes de que nadie pudiera leerla. Lo poco que quedó es apenas la sombra de un gigante que él mismo destruyó en vida.

En su diario, Kafka escribe como si estuviera tratando de mantenerse a flote.

Habla de su padre autoritario, de trabajos que lo devoraban, de su frágil salud, de su incapacidad para encajar en el mundo, del amor que nunca terminó de encontrar. Y sobre todo, de ese peso insoportable: la idea de que nada de lo que hacía era suficiente.

“Debo aferrarme aquí: este es el único lugar en el que puedo estar”, anotó una noche.

Ese “aquí” era la página.

Kafka trabajaba en una compañía de seguros que drenaba sus fuerzas. Soñaba con escribir tres horas cada noche. A veces lo lograba. A veces se quedaba mirando sus propios dedos, reprochándose no haber empezado aún.

Se castigaba por cada minuto perdido, por cada frase que no salía, por cada día en que no lograba ser el escritor que soñaba ser.

“Mañana, hoy, comenzaré una obra extensa”, escribe.

Y en la línea siguiente confiesa que teme no tener la fuerza para hacerlo.

Esa contradicción —ese deseo de volar y ese miedo a no tener alas— lo acompañó siempre.

En un mundo donde celebramos el éxito, pero rara vez vemos la lucha silenciosa detrás de él, los diarios de Kafka revelan algo universal:

que el enemigo más cruel suele habitar dentro de nosotros.

Creía que los demás lo despreciaban.

Se veía débil, insuficiente, “menor” frente a gigantes como Goethe.

Pero quienes lo conocieron lo describían como cálido, inteligente, incluso atractivo.

Él nunca lo creyó.

Y, aun así, pese a todo, escribió.

Escribió porque le dolía no hacerlo.

Escribió porque, en sus propias palabras, era la única forma en que podía existir en el mundo.

Murió a los 40 años, consumido por la tuberculosis, demasiado pronto para ver que lo que él consideraba ruinas ahora sostiene bibliotecas enteras.

Kafka nunca se sintió “lo suficientemente bueno”.

Pero transformó su fragilidad en un eco que sigue resonando más de un siglo después.

Quizá, sin quererlo, dejó la mayor enseñanza para todo creador:

a veces, lo que escribes para sobrevivir se convierte en lo que otros necesitan para vivir.

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