Por Alfredo Astorga
La sexta extinción masiva del planeta ya ha empezado. Su conocimiento ha circulado entre pocos iniciados. Actualmente, se difunde con toda su gravedad y sus desafíos
La vida actual -la modernidad líquida como la llama Z. Bauman- nos tiene inmersos en el vértigo y la visión estrecha en términos de tiempo y de espacio. Nos movemos sobre todo en el aquí y el ahora. Y en el mejor de los casos, en el pasado mañana.
Por eso resulta significativo -aunque turbador- conocer visiones de largo plazo (millones de años) y de gran amplitud (planetaria). Una de ellas -la que vamos a seguir- viene del científico británico, Roger Penrose, especialista en Física, Matemática, Cosmología y Filosofía de las Ciencias.
Su planteamiento es inequívoco. Y se sustenta en el análisis del registro fósil de la Tierra y sus patrones… En su vida, el planeta ha experimentado 5 extinciones masivas. La primera tuvo lugar en el período llamado Ordovícico (445 millones de años). Desde entonces se han sucedido nuevas extinciones, con un promedio de 100 millones de años de intervalo.
Cada evento ha borrado la mayor parte de especies -no siempre en forma súbita- en cientos o miles de años. La más feroz fue la del período Triásico-Jurásico (201millones de años): 96% de especies marinas y 70% de vertebrados desaparecidos. La última, corresponde al período Cretácico-Paleógeno (66 millones de años) acabó con los dinosaurios.
Según el científico, las causas han sido diversas: erupciones volcánicas, acidificación de océnaos, impacto de asteroides, cambios climáticos rápidos, agotamiento del oxígeno. El efecto, el mismo: ecosistemas colapsados, profundas transformaciones en el planeta.
Lo alarmante del planteo radica en que hoy vivimos en tiempo real la sexta extinción masiva, veloz e indetenible. Las causas, esta vez, son la actividad humana, el cambio climático, la destrucción del hábitat, la contaminación, la sobre explotación, la introducción de especies invasoras… La tasa de desaparición de especies es hoy hasta 1000 veces más rápida que la tasa natural. Decenas de especies desaparecen cada día: insectos, plantas, hongos, organismos pequeños, ni siquiera catalogados.
Demasiado tarde. Aun cuando la gestión ambiental humana fuera perfecta, el impulso de la extinción ya está prendido en los sistemas; seguirá desarrollándose independientemente de lo que hagamos. Una vez traspasados ciertos umbrales, no hay retorno…
El tema no es sencillo. Introducimos con Penrose 3 conceptos clarificadores. Uno, la “deuda de extinción” que refiere a las especies que ya están destinadas a desaparecer: muy pequeñas, fragmentadas o aisladas, empobrecidas genéticamente, confinadas en hábitas degradados. No sabemos cuántas, serán miles.
Dos, la “coextinción “que implica que la desaparición de una especie acarrea la de otras relacionadas o dependientes. Si muere una planta, quedan comprometidos insectos, aves, hongos. Un efecto cascada indetenible.
Y tres, “redundancia funcional” que significa que cuando falta una especie, otra la suplanta porque cumple funciones similares. En nuestro caso, esta redundancia, disminuye, aumentando la fragilidad de los ecosistemas.
La roca empezó a rodar
Penrose utiliza una figura potente para explicar la irreversibilidad de la extinción. La roca cuando rueda, en un punto ya no necesita nuestro empuje; el impulso y la gravedad toman el control; igual llegará al fondo. No importa lo que hagamos.
No se puede detener. Los despropósitos cometidos ya están incrustados en los sistemas. Los efectos, por ejemplo, de la actividad humana, el calentamiento global, la acidificación de océnos, etc. ocasionan desaparición de especies. Y lo seguirán haciendo.
Por si fuera poco, el crecimiento poblacional es un agravante. La humanidad se acerca a los 10 mil millones. La tecnología no alcazarán para disminuir la presión a los ecosistemas. Los procesos de adaptación de las especies también tienen sus límites.
El descubrimiento es apocalíptico. Aún con políticas ambientales excelentes, la tendencia no cambirará. El sistema está comprometido. Los efectos llegarán a la economía, la agricultura, la política…. De ninguna manera esto significa volverse observadores externos y pasivos. Comprender el momento histórico y la transformación planetaria no implica inmovilización.
Es imperativa la acción positiva del hombre, el acercamiento de la ciencia a la política y la economía… Y su visión de futuro extendido, su ética en favor de las nuevas generaciones. Aunque no pueda detener la tendencia, sí puede influir en su alcance, magnitud, intensidad, duración. La vida no se detiene. Pero tiene ya cambios significativos.
Penrose termina afirmando que hoy todo cuenta: cada décima de grado de calor que no ascienda, cada hectárea que se preserve, cada especie que se salve. Tenemos un punto a favor: el conocimiento adquirido. Concluye con una reflexión inmensa: la extinción masiva no es solo un fenómeno biológico, es una prueba civilizatoria
(Roger Penrose (1.931) . Profesor emérito de Matemáticas en Oxford. Ganó junto con un colega el Nobel en 2020. Divulga su saber en el canal Penrose Mind Cosmos. Canal con fines informativos y educativos)

