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Esta lengua castellana, bella como la que más

Lun 5 de Ene de 2026
in Opinión
A A

Arturo A. Muñoz

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Cuando el Camino Medio se rompe

Nuestro idioma es, sin duda, el mejor y más completo, permite crear poesías holísticas y holística poética.

Y el poeta –gracias Pablo- escribió su homenaje a las palabras, al castellano, al mejor de los idiomas…pase y lea querido amigo:

<<Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos. Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, tabaco negro, oro, maíz con un apetito voraz.

<<Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías… Pero a los conquistadores se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí, resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… salimos ganando. Se llevaron el oro y nos dejaron el oro. Se llevaron mucho y nos dejaron mucho…

<<Nos dejaron las palabras>>

La belleza de nuestro idioma está adherida al ‘ser latino y ser hispano’ como la hiedra a la roca. Es parte de nuestra identidad. Nos representa. Sin embargo, muchas veces maltratamos a nuestra propia lengua y la globalizamos en demasía, permitiendo que pierda no sólo presencia, sino también identidad.

Nuestro idioma es poético, logra construir frases de belleza inigualable con un vocabulario riquísimo que es difícil de atesorar en su total dimensión.  Por ello debemos cuidarlo, protegerlo, utilizarlo. Y, por cierto, enriquecerlo también.

Es posible que lo mío se trate de una deformación profesional, lo cual no es infrecuente en muchos egresados de estudios pertenecientes al área de las ciencias sociales, pues siempre han hecho fuerza en mi espíritu los inicios –las primeras líneas- de aquellos libros que he leído, así como también determinadas estrofas de algunas poesías, pero, extrañamente, son libros y poemas que han surgido de las plumas de grandes maestros de la escritura, todos ellos de habla hispana.

Entiendo y acepto que el castellano usado hoy, dista de aquel que se acostumbraba normalmente hace uno o dos siglos atrás. No pocas veces dan deseos de recuperar lo perdido, lo olvidado, aunque muchos de nuestros hermanos queden en la intemperie, asfixiados por no poder entender palabras y conceptos pertenecientes a esta vieja y digna lengua.

En ocasiones, vuelvo a los viejos textos en procura de alimento lingüístico, de nutriente idiomático, de la raigambre que me interpreta y representa. Así entonces, el sonido dulce e imantado de las inmortales e imperecederas estrofas escritas por enormes vates nuestros, se pegan y adhieren a mi piel, escalando hasta mi mente horadándola para construir fantástico camino hacia mi alma.

Y recuerdo… y disfruto… y comienzo a leer. Es García Lorca quien primero viene a mi encuentro en la ribera del Guadalquivir, a la vez que, ante mis asombrados ojos, declama con pasión gitana una de sus inolvidables estrofas.

El día se va despacio,

la tarde colgada a un hombro,

dando una larga torera

sobre el mar y los arroyos.

Las aceitunas aguardan

la noche de Capricornio,

y una corta brisa, ecuestre,

salta los montes de plomo.

Antonio Torres Heredia,

hijo y nieto de Camborios,

viene sin vara de mimbre

entre los cinco tricornios.

Antonio, ¿quién eres tú?

Si te llamaras Camborio,

hubieras hecho una fuente

de sangre con cinco chorros.

Ni tú eres hijo de nadie,

ni legítimo Camborio.

¡Se acabaron los gitanos

que iban por el monte solos!

Están los viejos cuchillos

tiritando bajo el polvo.

La tierna voz de una mujer se impone entre todas las voces y todas las letras. Es la maestra, la luchadora, la forjadora de sueños, herrera de versos.

Gabriela Mistral, cuyo nombre real fue Lucila Godoy Alcayaga, poeta, pedagoga y diplomática chilena; la primera mujer de Iberoamérica que obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1945 y que dejó un gran legado para la enseñanza y la educación pública, pero también para las letras de América Latina.

Piececitos de niño,

azulosos de frío,

¡cómo os ven y no os cubren,

Dios mío!

¡Piececitos heridos

por los guijarros todos,

ultrajados de nieves

y lodos!

El hombre ciego ignora

que por donde pasáis,

una flor de luz viva

dejáis;

que allí donde ponéis

la plantita sangrante,

el nardo nace más

fragante.

Sed, puesto que marcháis

por los caminos rectos,

heroicos como sois

perfectos.

Piececitos de niño,

dos joyitas sufrientes,

¡cómo pasan sin veros

las gentes!

Lo dicho… bello idioma el nuestro, maravillosa lengua… tan maltratada a veces por nosotros mismos.

Al cerrar estas líneas me sacude un recuerdo de mi época de profesor. ¿El lugar?, una escuelita pública en barrio obrero. ¿Mis alumnos?, mozalbetes inquietos deseosos de dejar el salón para conquistar el amplio patio donde nacían y renacían momentos de carreras, gritos, bromas y empellones.

Hablábamos de la hispanidad, de su nacimiento, su historia desde la época visigoda y la invasión de las legiones romanas, de su expansión por el mundo y su incuestionable aporte a la cultura de la humanidad. ¿Dónde nació el castellano?, recuerdo que pregunté.

Casi en coro, muchos chicos gritaron, “en España, profesor”.

“No, eso es falso” … una voz de sonido alegre enmudeció a todos.

Un chiquillo delgado, de rostro moreno, ojos vivaces y sonrientes, con su brazo aún alzado para acaparar mi atención, repitió la frase de inicio: “no, eso es falso, profesor”.

– ¿Falso? ¿Y si no nació en Castilla, o en León, o en Aragón, dónde crees que tú que nació nuestro idioma?

– Bah, donde nacieron todos los idiomas –respondió con seguridad el mozalbete.

– Y eso dónde está, ¿dónde queda? –pregunté divertido

– En Babel pues profesor, en la Torre de Babel.

El sonoro retintín del timbre anunciando hora de recreo vino en mi auxilio. Como estampida de búfalos la chiquillada escapó del salón en procura de las aventuras que ofrecía el amplio patio.

Yo quedé sentado ante mi mesa de maestro en profunda reflexión. Babel. La Torre de Babel…claro que sí, ¿por qué no?

Qué hermoso es mi idioma. Qué privilegio haber crecido gracias a él y junto a su vera. Lengua castellana, bella como la que más.

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