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El fantástico Israel Kaʻanoʻi Kamakawiwoʻole

Mar 9 de Dic de 2025
in Curiosidades
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Por Juan Carlos Diez

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Fuente: Facebook – La Casa del Saber

La mañana del 26 de junio de 1997, un silencio profundo descendió sobre el archipiélago hawaiano. Desde Oʻahu hasta Niʻihau, las radios, los mercados y las cocinas quedaron inmóviles cuando la noticia comenzó a propagarse:

Israel Kaʻanoʻi Kamakawiwoʻole había muerto.

El rostro ancho y sonriente de “Bruddah Iz” apareció ese día en la portada del Honolulu Star-Bulletin, confirmando lo que muchos temían: había fallecido debido a problemas respiratorios y otras complicaciones derivadas de su enorme estatura.

Con poco menos de metro noventa y un peso que llegó a superar los 450 kilos, Iz vivía consciente de que su tiempo sería corto.

“No tengo miedo de morir”, dijo una vez. “Nosotros, los hawaianos, vivimos en los dos mundos. Cuando llegue mi hora, no lloren por mí.”

Pero Hawái sí lloró.

Lloró profundamente.

Porque perdía más que a un músico: perdía su voz.

Un origen humilde para un futuro improbable

Nadie habría imaginado, en los años setenta, que aquel chico local—enorme, travieso, expulsado de la escuela y atrapado entre adicciones—sería algún día el símbolo musical de todo un pueblo.

Iz pasó su juventud como un kolohe, un joven revoltoso.

Pero en su sangre corría la música, tan inevitable como las mareas que golpean las costas del Pacífico.

Junto a su hermano Skippy, fundó The Makaha Sons of Niʻihau, un grupo fundamental para el Renacimiento Hawaiano, un movimiento cultural que recuperó la lengua, las tradiciones y el orgullo nacional tras décadas de represión que siguieron al derrocamiento ilegal del Reino de Hawái en 1893.

La música de los Makaha Sons era auténtica, poderosa, profundamente isleña.

Era el eco de un pueblo que intentaba reencontrarse consigo mismo.

Pero el destino fue cruel.

En 1982, Skippy murió a los 28 años por complicaciones relacionadas con la obesidad.

Iz jamás se recuperó del todo.

Esa pérdida puede escucharse en cada nota que canta, en cada susurro que se eleva como una plegaria.

El momento que cambió la música: 2:30 a.m., 1988

La historia cuenta que la grabación que inmortalizaría a Iz comenzó con una llamada telefónica tambaleante después de unas copas.

El ingeniero de sonido Milan Bertosa estaba a punto de cerrar su estudio cuando el teléfono sonó.

Una voz insistió:

“Israel quiere grabar. Ahora mismo.”

Minutos después, Iz apareció en la puerta.

Bertosa recordaría más tarde: “Era el ser humano más grande que había visto en mi vida.”

Tuvieron que traer una silla de acero reforzado.

Iz respiraba con dificultad.

Pero cuando tomó su diminuto ukelele—que parecía un juguete en sus manos—algo cambió por completo.

Cerró los ojos.

Y en una sola toma, sin edición, sin repeticiones, nació una de las grabaciones más conmovedoras del siglo:

“Somewhere Over the Rainbow / What a Wonderful World.”

Una mezcla improvisada, con letras trastocadas y acordes imperfectos, pero con un alma absolutamente pura.

Una voz que no cantaba: rezaba.

Bertosa guardó la cinta. No sabía aún que había capturado historia.

La grabación dormiría olvidada durante cinco años.

Facing Future: el álbum que transformó el mundo

En 1993, Iz iniciaba su carrera en solitario, sobreviviendo con ayuda social para mantener a su familia.

Cuando los productores decidieron incluir la vieja grabación de 1988 en su álbum Facing Future, nadie imaginó lo que vendría.

En Hawái, el disco fue un éxito inmediato.

Pero el mundo no escuchó realmente a Iz hasta después de su muerte.

En 1999, un pequeño fragmento fue usado en un anuncio televisivo.

Miles de personas buscaron desesperadamente aquella voz…

Aquella mezcla de ternura, nostalgia y luz. La canción se volvió un fenómeno global.

Hoy, es una de las grabaciones más reconocibles del planeta.

Facing Future se convirtió en el primer álbum hawaiano en vender más de un millón de copias.

Un adiós digno de un jefe hawaiano

El 26 de junio de 1997, Hawái lloró como una sola familia.

Locutores de radio rompieron en llanto. Llamadas inundaron los programas.

Era como si una parte del espíritu de las islas se hubiese apagado.

El gobernador Benjamin Cayetano tomó una decisión casi sin precedentes: permitir que el ataúd de Iz, tallado en madera de koa, reposara en el Capitolio estatal.

Un honor reservado para altos funcionarios… y para un tesoro del Estado.

Diez mil personas esperaron durante horas para despedirlo.

Tras un concierto-homenaje al anochecer, sus restos fueron cremados.

Sus cenizas, llevadas en una enorme vasija, fueron transportadas en canoa hasta la playa de Mākua, su playa amada.

Cientos de personas, desde tierra y mar, acompañaron el cortejo.

Hubo tráfico colapsado en toda la isla.

Cuando sus cenizas fueron liberadas en el océano, la gente aplaudió, hizo sonar bocinas, levantó banderas.

Su esposa, Marlene, y sus seres queridos se lanzaron al agua para un último baño junto a él.

Cada 26 de junio, la gente sigue acudiendo a Mākua.

Siguen arrojando flores. Siguen nadando con Iz.

Porque Israel Kamakawiwoʻole nunca se fue del todo.

Permanece en cada ola, en cada voz que canta su canción, en cada corazón que se abre al espíritu del aloha.

Su vida fue corta. Pero su eco, inmenso.

Iz vive donde siempre quiso vivir: en el mar, en la tierra, y en el alma de su pueblo.

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