Por Juan Carlos Diez
17 de diciembre de 2025
Fuente: Facebook – Datos Históricos
En 1854, Londres estaba asfixiada.
No solo por el humo y la miseria de la era industrial, sino por una amenaza invisible que avanzaba calle por calle: el cólera.
Mientras la mayoría de médicos sostenía que la enfermedad viajaba en el aire, en los “miasmas”, un hombre decidió mirar el problema de otra forma. Su nombre era John Snow.
Snow no buscó explicaciones abstractas. Caminó. Observó. Anotó.
Fue casa por casa en el barrio del Soho, registrando quién enfermaba y dónde vivía. Luego hizo algo que nadie había hecho antes: dibujó un mapa.
Cuando terminó, el patrón era imposible de ignorar.
Los casos se agrupaban alrededor de un solo punto: la bomba de agua de Broad Street.
No era el aire.
Era el agua.
Snow convenció a las autoridades locales de retirar la palanca de la bomba. No presentó teorías grandilocuentes. Solo datos. Solo hechos.
Poco después, los contagios comenzaron a disminuir.
La comunidad científica lo ignoró.
Durante años.
Pero su método había nacido.
Sin saberlo, John Snow acababa de sentar las bases de la epidemiología moderna. Introdujo algo radical para su tiempo: la idea de que las enfermedades podían estudiarse con mapas, estadísticas, patrones y evidencia concreta.
Más de un siglo después, durante pandemias modernas, el mundo volvió a hacer lo mismo.
Rastreo de contactos. Análisis de focos. Mapas de calor. Decisiones basadas en datos.
Todo eso ya estaba allí, en el Soho de 1854.
John Snow no solo ayudó a detener una epidemia.
Cambió para siempre la forma en que la humanidad entiende cómo se propaga una enfermedad.
A veces, el verdadero avance no nace de saber más…
sino de atreverse a mirar distinto.

