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Ecuador: Un país que no entra en sí mismo

Mar 24 de Feb de 2026
in Opinión
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Por Gabriela Moreno Valle

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Parte 1 — Cuatro mundos un solo golpe

Hay países que se explican con estadísticas. Ecuador no es uno de ellos.

Ecuador se siente. Se huele a las tres de la mañana en una cocina ajena, cuando un café pasado te alcanza de golpe y te devuelve entero —sin fisuras— a un lugar que ya no está exactamente donde lo dejaste.

Es un territorio que cabe en unas pocas horas de carretera. Pero lleva dentro algo que ningún mapa contiene.

Más especies por kilómetro cuadrado que cualquier otro país del planeta. Cuatro mundos distintos apretados en un solo cuerpo: Andes, Costa, Amazonía, Galápagos. Lenguas, memorias, sangres y maneras de habitar la vida que no caben en ningún libro de texto.

Todo eso junto, apretado, latiendo. Eso es lo que aplasta y sostiene al mismo tiempo.

Este pueblo ha recibido golpes que no cesan. Y aun así extiende los brazos como si la supervivencia del mundo dependiera de ese gesto.

—

Esa resistencia tiene nombres y apellidos. En Manabí, Joselías Sánchez excavó con las uñas rotas entre los escombros del terremoto de 2016 porque sus hijos yacían debajo. Cantaba amorfinos para no perder la cordura mientras la tierra seguía moviéndose bajo sus pies.

Los encontró vivos. Los estrechó hasta que le dolieron los huesos. Años después confesaba que ese abrazo fue lo único que le impidió arrojarse al mar.

Muchos otros no volvieron a levantarse. Barrios enteros se quedaron sin agua, sin horizonte. Las grietas que ya existían se volvieron abismos irreversibles.

Esa capacidad de seguir, de inventar salida donde no la hay, se repite en cada rincón del país.

En Guayaquil, una vendedora de ceviche parte cebolla con una destreza que viene de años y murmura sin mirar al frente: «Cuando el estómago ruge, uno aprende cómo acallarlo.»

Sus clientes no compran solo comida. Depositan fragmentos de vida en esa carretilla: hijos que no están, ilusiones deshechas por la dolarización del 2000, que cambió el precio de todo menos el del dolor.

Pero ese ingenio hoy tiene que abrirse paso en un país más oscuro. Las calles se vacían antes de que oscurezca. El crimen organizado no negocia: extorsiona hasta quebrar familias, secuestra por rescate, mata a plena luz del día.

Más de 9.200 vidas segadas en 2025. El año más sangriento de nuestra historia, dicho así, en frío, como si los números pudieran contener lo que significan.

Madres que entierran hijos. Niños que crecen preguntando por un padre que una bala perdida se llevó antes de que pudieran memorizar su voz.

Aun así, en esos mismos barrios, los vecinos se turnan para vigilar las esquinas. Porque soltar el lazo, en este país, equivale a morir antes de tiempo.

—

Más arriba, donde el aire escasea y el frío no avisa, la historia es la misma contada con otras palabras.

En los Andes, los mayores quichuas suben al páramo cargando siglos de promesas rotas. Cuando la vida aprieta —y aquí siempre aprieta— convocan mingas: ollas compartidas que alimentan cuerpos y también algo más difícil de nombrar.

Una abuela le dice al nieto que volvió de la ciudad con el alma hecha trizas: “La tierra no olvida.”

Él llora.

No porque lo ignore, sino porque comprende que esa memoria también lo nombra a él. Y que nombrarlo duele tanto como olvidarlo.

Más al oriente, donde la tierra se vuelve selva y el tiempo funciona distinto, esa misma conversación entre lo que se pierde y lo que resiste toma otra forma.

La Amazonía es silencio y clamor al mismo tiempo. Una shamana prepara una ceremonia de ayahuasca bajo la lluvia que no para, en una choza al borde del río.

Allí llegan hombres y mujeres que ya no pueden fingir que el veneno de la minería ilegal no les está matando el agua, los peces, la medicina misma de la selva.

Con las manos desnudas y cantos antiguos bloquean caminos, para que el ruido de las motosierras no borre del todo el rumor del bosque.

Saben que cada árbol que cae es un pedazo de su propia piel que se pierde, y que con él se desplazan comunidades que habitan ese suelo desde antes de que existiera el concepto de frontera.

Porque defender la selva no es solo resistir: es seguir existiendo como parte de algo que respira.

—

Y al otro extremo, donde el país termina en océano abierto, la misma historia se juega en otro escenario.

En Galápagos, Alicia Ayala alquila departamentos para que familias modestas accedan al paraíso sin destruirlo. El turismo masivo trae lo que nunca debería haber llegado: plásticos, ruido, especies invasoras, huellas que no se borran

Los océanos se calientan. Las costas retroceden. El equilibrio se fractura día tras día, casi en silencio.

Y aun así, jóvenes restauran manglares con una terquedad que ya debería haberse agotado. Siguen plantando. Raíz tras raíz. Como si cada planta nueva fuera una promesa de que el paraíso, aunque herido, todavía puede sostenerse.

Y cuando cruzas la frontera, el mundo no te espera. Las puertas no se abren solas, las visas se niegan, y el nombre del país que llevas encima pesa diferente del otro lado.

Nadie te lo advirtió. Pero tampoco te detuviste.

—

Y ese es el verdadero milagro de este peso: que quien lo lleva termina llegando.

No siempre al lugar que soñó. No siempre entero. A veces con menos familia, con menos nombre, con más cicatrices.

Pero llega.

Con las uñas rotas y el pecho abierto. Con el eco de los que no volverás a ver todavía en la garganta.

Llega porque en algún rincón de este país diminuto entendió que rendirse no es una opción que le pertenece.

Y mientras alguien siga llegando, Ecuador sigue aquí.

Continúa en la Parte 2

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