Reflexiones sobre cuerpo, poder y discernimiento en la práctica budista
Por Gabriela Moreno Valle
A medida que mi práctica del Dharma se ha ido profundizando, comenzaron a emerger observaciones que no pude ignorar. No nacieron desde la crítica ni desde una posición de superioridad moral, sino desde la experiencia directa y una escucha cada vez más honesta de aquello que, de forma sutil pero persistente, empezó a generar fricción interna.
En distintos espacios —enseñanzas, charlas, intercambios informales— he observado cómo ciertos discursos espirituales pueden desplazarse casi imperceptiblemente hacia lugares donde el cuerpo, la ética relacional y la humanidad concreta quedan relegados.
No siempre por mala intención, sino por comprensiones que aún no han terminado de integrarse.
Este texto no apunta a personas. Habla de dinámicas. Y, sobre todo, de preguntas que considero necesarias.
El Camino Medio y el cuerpo como morada
En las primeras enseñanzas del Buda no se establecieron dietas ideológicas ni se jerarquizaron los alimentos en términos morales. Su enseñanza fue clara y directa: moderación, atención plena y no causar daño.
Tras años de ascetismo extremo —reduciendo su alimento a casi nada y debilitando su cuerpo hasta el límite— Siddhartha Gautama comprendió que el cuerpo no es un obstáculo, sino el soporte de la práctica consciente. Forzarlo hasta la extenuación no conduce a la liberación, pero tampoco lo hace descuidarlo.
Así nació el Camino Medio, no como una postura cómoda o ambigua, sino como una comprensión directa: el cuerpo es el campo donde el sufrimiento se manifiesta y donde puede ser plenamente reconocido y liberado.
Cuando el veganismo —o cualquier dieta— se presenta como señal de superioridad espiritual, o cuando se resta importancia al cuidado del cuerpo en la práctica, el Dharma deja de ser camino compartido y se convierte en interpretación individual.
La relación con la comida toca fibras profundas; no es un asunto menor. Atraviesa cuerpo, mente y memoria. Cuando su impacto se trivializa o se utiliza como herramienta pedagógica sin cuidado, la conciencia no se expande: se quiebra.
El Dharma no florece a costa del cuerpo; se encarna en él, respira en él y, desde ahí, se despliega como experiencia viva.
El Buda recorrió el sendero de la mortificación hace más de 2.500 años. Lo llevó hasta el límite y lo abandonó. Recordarlo no es un dato histórico: es honrar una comprensión viva.
La práctica consciente florece cuando el cuerpo recibe lo necesario para sostener la vida con equilibrio y presencia.
Cuando la autoridad deja de estar en el Dharma
El desplazamiento hacia los extremos no ocurre solo en relación con el cuerpo; también aparece cuando el centro de gravedad de la enseñanza se desajusta.
En la tradición budista, incluso los grandes maestros reconocen linajes, influencias y comunidades que sostuvieron su comprensión. La realización nunca se presenta como un logro aislado ni como una cualidad que coloque a alguien por encima de los demás, sino como una expresión de interdependencia.
Cuando alguien se sitúa como excepción, el Dharma deja de ser camino compartido y se organiza en torno a una interpretación personal. Allí suelen aparecer dinámicas de lealtad y espacios donde el cuestionamiento se vuelve incómodo.
Por eso, afirmaciones como “no tuve maestros” o “comprendí los textos por mi cuenta” no son detalles menores: señalan un movimiento que entra en tensión directa con tres pilares fundamentales del budismo —la humildad, la interdependencia y la Sangha como espacio vivo de contraste y ajuste.
Cuando esto ocurre, la enseñanza se contrae. Y esa contracción suele sentirse primero en el cuerpo y en la intuición, mucho antes de que la mente logre formularla.
Cuando la enseñanza se encierra en sí misma
He conocido practicantes sinceros que adoptan ideas profundas como “todo es conciencia” o “la realidad es una ilusión” y se obsesionan con capturarlas intelectualmente, explicarlas y cerrar su significado.
La paradoja es clara: conceptos destinados a flexibilizar la mente terminan fijándose como certezas, generando nuevos juicios y comparaciones, menos escucha y menos empatía.
No se trata de una falta moral, sino de una señal de integración incompleta.
Si todo es ilusión, ¿por qué una perspectiva se vuelve superior a otra?
Si no hay identidad fija, ¿qué es lo que se defiende con tanta vehemencia?
Estas preguntas no buscan desacreditar, sino reabrir la investigación. Cuando una idea deja de dialogar, deja también de liberar; y cuando se sostiene colectivamente sin contraste, el Dharma corre el riesgo de convertirse en identidad y, desde ahí, en lugar de certeza.
Si no hay identidad fija, la cuestión no es qué se comprende, sino qué se protege cuando una visión deja de ser interrogada.
Incomodar no siempre es enseñar
Existe una diferencia sustancial entre confrontar con cuidado y generar malestar desde una posición de poder.
En la ética budista, observar la mente no implica humillar ni manipular para “ver cómo alguien reacciona”. El sufrimiento se atiende cuando surge de forma natural; no se provoca deliberadamente sin consentimiento ni compasión.
Es cierto que la mente es raíz del sufrimiento. Pero esa comprensión requiere madurez, contexto y un proceso de integración gradual. No puede usarse como argumento para invalidar la experiencia de quien aún aprende a sostener lo que le duele.
El sufrimiento no es un medio de enseñanza neutral. Usarlo sin cuidado no ilumina la mente ajena; revela la posición desde la cual se enseña. Que alguien se sienta incómodo no es prueba de transformación: a veces es confusión, otras una herida que se reactiva.
Cuando la incomodidad se normaliza como método sin un marco ético claro, algo esencial se desplaza. Enseñar —y ejercer influencia— es una responsabilidad profunda. El Dharma no la suaviza ni la justifica: la vuelve más precisa.
Discernimiento que libera

Frente a estas tensiones, la intuición —cuando se cultiva con honestidad— no se opone al Dharma: lo afina y, con el tiempo, se convierte en discernimiento sostenido por cualidades vivas como amor, compasión y aceptación.
Este énfasis no es moderno ni individualista. El propio Buda lo expresó al dirigirse a los Kālāmas, una comunidad confundida por la diversidad de enseñanzas:
“No vayan únicamente sobre lo que se dice por repetición, ni por tradición, ni por rumores, ni por escrituras, ni por razonamientos elaborados…Cuando ustedes mismos saben que algo conduce al bienestar y no al daño, entonces practíquenlo.”
Kālāma Sutta (AN 3.65)
Esta enseñanza no autoriza el relativismo ni el aislamiento. Exige algo más incómodo: asumir la responsabilidad de los efectos reales de lo que se practica.
Cuando esa responsabilidad se delega en la fidelidad a un maestro o a una narrativa, muchos practicantes comienzan a cerrarse —no solo a personas o experiencias— sino a la vida misma.
El Dharma no se valida por carisma, autoridad o sofisticación conceptual, sino por su capacidad de aliviar el sufrimiento.
Cuando una enseñanza necesita situarse por encima de la experiencia del otro para sostenerse, deja de señalar libertad y se convierte en poder.
Gratitud, distancia y continuidad
Reconocer estas tensiones no invalida la gratitud por lo recibido. Honrar a maestros, comunidades y compañeros de Dharma que ofrecieron guía es parte del proceso. También lo es saber cuándo algo deja de acompañar el propio recorrido y cuándo conviene tomar distancia.
La integración no se mide por la fuerza de un discurso, sino por la humanidad que conserva: la capacidad de sostener ritmos y límites sin convertir la espiritualidad en una nueva exigencia.
Una práctica viva no separa del mundo ni de los demás. Afina la sensibilidad, profundiza la responsabilidad y ensancha la presencia.
Con el tiempo entendí que el Dharma no consiste en acumular ideas correctas ni en pulir una identidad espiritual más refinada.
Consiste en observar con honestidad y compasión, agradecer lo recibido sin quedar atrapada en ello, y reconocer cuándo un maestro, una persona o una comunidad —por valiosa que haya sido— ya no acompaña la propia práctica.
No porque haya fallado, sino porque cumplió su función.
Honrar lo aprendido no exige permanecer. A veces, el respeto más profundo consiste en alejarse sin resentimiento ni expectativas. El crecimiento también incluye soltar lo que alguna vez sostuvo.
Quizá esa sea una de las lecciones más exigentes: avanzar con el corazón abierto, sin entregar la propia lucidez a ninguna autoridad, tradición o teoría.
Al final, el Dharma tiene un solo propósito: aliviar el sufrimiento.
Y cuando deja de hacerlo, deja de ser Dharma.
______________________________________________________________________________
Referencias
- Dhammacakkappavattana Sutta (SN 56.11) — La enseñanza del Camino Medio
- Majjhima Nikaya 36 — El abandono del ascetismo extremo
- Kalama Sutta (AN 3.65) — Discernimiento personal y crítica a la autoridad ciega
- Vinaya Pitaka — Ética y responsabilidad en la transmisión del Dharma
- Bhikkhu Bodhi, In the Buddha’s Words
- Walpola Rahula, What the Buddha Taught

