Por Juan Carlos Diez, para La Voz Internacional de New York
3 de diciembre de 2025
Fuente: Facebook – La Casa del Saber
En 1835, los críticos literarios se ríeron de él.
En 1845, tenía en sus manos el corazón de medio mundo.
La élite cultural de la Dinamarca del siglo XIX era estricta hasta la rigidez.
Los libros para niños —decían— debían ser herramientas de disciplina: textos secos, moralistas, escritos para corregir, no para imaginar.
La literatura infantil era un sermón, no un refugio.
Hans Christian Andersen, hijo de un zapatero pobre y de una lavandera, no pertenecía a ese círculo cerrado.
Era un joven demasiado alto, demasiado delgado, demasiado extraño para encajar en los salones literarios donde brillaban los apellidos ricos y la educación clásica.
Su estilo —decían los críticos— era demasiado coloquial. «Escribe como si hablara», murmuraban con desprecio.
Pero Andersen comprendía algo que muchos académicos no veían: que ciertas verdades solo pueden decirse con la voz de la inocencia.
El 1 de diciembre de 1835, decidió ignorar las normas y publicó un pequeño folleto que pocos esperaban que cambiara nada: Tales, Told for Children.
Incluía sus primeras cuatro historias: “El yesquero”, “El porquerizo”, “El pequeño Claus y el gran Claus”… relatos que parecían simples, casi ingenuos, pero que escondían una profundidad emocional inusual para la época.
Las ventas fueron modestas.
Los críticos lo consideraron un divertimento menor.
Algunos afirmaron que Andersen estaba “rebajando” la literatura al hablarles a los niños como si fueran personas completas.
Pero los cuentos empezaron a correr de mano en mano.
Andersen había hecho algo radical: no predicaba a los niños, les hablaba.
No les imponía lecciones abstractas, sino que tejía historias donde el sufrimiento, la esperanza, la dignidad y el anhelo de pertenecer se mezclaban con elementos de fantasía accesibles para todo tipo de lectores.
Escribía para los marginados.
Escribía para quienes soñaban desde el borde del camino.
Escribía para cualquiera que alguna vez hubiera sentido que no encajaba.
Y entonces, el mundo entendió lo que él siempre había querido decir:
“El patito feo” no era solo un pato.
Era la historia universal de una criatura que busca un lugar donde pueda reconocerse.
En pocos años, sus folletos se convirtieron en libros, y los libros se transformaron en un fenómeno que hizo olvidar a los críticos que se habían burlado de él.
Relatos como “La sirenita”, “El traje nuevo del emperador” o “La reina de las nieves” se integraron en la cultura europea hasta volverse parte del imaginario colectivo.
Andersen demostró que un cuento sencillo puede tener más fuerza que un tratado entero, y que una historia narrada con empatía puede atravesar generaciones enteras.
Durante su vida, viajó por Europa y fue recibido por intelectuales, artistas y monarcas. Aun así, nunca dejó de recordar sus orígenes humildes ni de escribir con la misma voz que lo había distinguido desde el principio: directa, compasiva y profundamente humana.
Hoy, sus obras están traducidas a más idiomas que casi ningún otro autor en la historia. Se estudian en escuelas, se adaptan al teatro, al cine y al ballet, y siguen inspirando a lectores que encuentran en ellas un eco de sus propias alegrías y heridas.
Su recorrido recuerda una verdad simple y luminosa: los comienzos humildes no impiden finales extraordinarios.
A veces, la mayor transformación del mundo empieza con alguien que se atreve a escribir desde el lugar donde todos le dijeron que no pertenecía.

