Por Juan Carlos Diez
15 de diciembre de 2025
Fuente: Facebook: Datos Históricos
Un día cualquiera, en el andén de la estación de Tula, León Tolstói esperaba el tren como un pasajero más. Vestía con sencillez, parecía un anciano cualquiera entre el humo, las maletas y el murmullo del hierro sobre los rieles.
Un tren de mensajería se detuvo brevemente. De un vagón de primera clase bajó apresurado un caballero elegante que corrió directo al bufé. Instantes después, una mujer descendió del mismo vagón y lo llamó con urgencia:
“George. George”.
Él no escuchó.
Apurada, nerviosa por la inminente partida, la mujer miró alrededor y vio a Tolstói. No vio al escritor más famoso de Rusia. Vio a un anciano cualquiera. Se acercó y le habló con naturalidad:
“Buen hombre, ¿podría traer a ese caballero de allí? Le daré un centavo”.
Tolstói sonrió para sí. Asintió. Caminó hasta el bufé, llamó a George y lo llevó de regreso junto a la señora. Ella, agradecida, cumplió su promesa y le entregó el centavo.
En ese momento, algo cambió en el ambiente.
En el andén comenzaron los susurros, primero tímidos, luego emocionados:
“Es Tolstói”. “Miren. Es León Tolstói”.
La mujer giró la cabeza, confundida.
“¿Dónde? ¿Dónde está?”, preguntó.
Cuando le señalaron al anciano que tenía delante, palideció. Corrió hacia él, avergonzada, y exclamó:
“Conde Tolstói, por favor, perdóneme. No sabía…”.
Luego, incómoda, pidió que le devolviera el centavo.
Tolstói rió con ganas y respondió con calma:
“No, no voy a devolverlo. Puede que sea el único centavo que he ganado honestamente en toda mi vida”.
La tercera campana sonó. El tren partía. La mujer volvió a su vagón, aún ruborizada.
Tolstói se quedó en el andén, guardó el centavo y siguió esperando, como si nada extraordinario hubiera ocurrido.
La escena no habla de fama, ni de títulos, ni de prestigio.
Habla de algo más raro y más valioso: la humildad de quien no necesita ser reconocido para saber quién es.
Porque incluso los gigantes, cuando son verdaderos, caminan como hombres comunes.
Y a veces, la grandeza se revela en algo tan pequeño como aceptar un centavo con una sonrisa.

