Por Arturo Alejandro Muñoz
Sí, a usted que desea instalarse en mi país, no crea que con un par de meses en él tendrá derecho a pontificar respecto a cómo debemos ser, cómo debemos vivir, cómo debemos pensar, cómo debemos votar… y peor aún si lo hace comparando nuestra realidad con la de su propia nación, aquella de la que usted viene escapando por razones variopintas, desde la económica y política a la aventurera, porque escuchó que acá la cosa estaba mejor que allá.
O porque alguien de acá le aseguró que en estos lares usted tendría, ipso facto, casa, comida, trabajo y… ojo con esto… y también tendría admiradores y seguidores encantados por el tipo de vida y costumbres ‘alegres’ (jaraneras) de sus compatriotas.
La verdad es que quienes así le engatusaron, sólo se interesaban en contar con usted como mano de obra barata, una mano de obra que no jodiera con eso de los sindicatos, de la jubilación ni de las exigencias laborales puristas.
Pero, nadie le informó que este es un país que escapa –y por mucho- de las características de todas aquellas naciones que en el continente americano se ubican desde el sur de México hasta la Línea de la Concordia.
No hay selvas ni Amazonia por acá. Tampoco hay ríos caudalosos de aguas tibias y tranquilas, ni calores permanentemente escandalosos, ni transculturación africana, ni idiosincrasia fiestera, ruidosa, desordenada, caótica, al grado de no respetar leyes de ningún tipo que estén dirigidas a la buena convivencia y al respeto a su prójimo.
No, nada hay de eso. Ni lo ha habido nunca. Es sano y oportuno que usted sepa, amigo extranjero, que a Chile no llegó aquella invasión de vagabundos y delincuentes escapados del garrote de la justicia real hispana buscando el ansiado oro que Cortés y Pizarro encontraron en sus invasiones. Esas personas fueron quienes estructuraron socialmente muchas de las actuales naciones latinoamericanas, la suya entre ellas.
No fue el caso de Chile. Por el contrario, la corona española hubo de enviar funcionarios y soldados para instalarse en este territorio del finis terra donde escaseaban oro y plata, pero abundaba bravura en sus etnias locales, y donde había un vital paso interoceánico que era aprovechado por la piratería inglesa, lo que constituía el principal problema para la corte de Carlos V.
Chile, entonces, fue colonizado primigeniamente por soldados, al estilo de un regimiento… ordenado, austero, trabajador y guerrero, obediente (a la fuerza) a las leyes, edictos y ordenanzas de comandantes y autoridades representantes del rey.
Además, la clase aristocrática chilena (racista y soberbia) ha vivido sin mezcla indígena directa, lo que no la excluye como receptáculo de la influencia nativa que supo trasvasijarle su mentalidad, sea por contagio simple, sea por una oscura sobrevivencia del espíritu nativo allí donde la materia ya había perdido su influencia. ¿Se da cuenta, entonces, de las diferencias que nos separan?
Chile ha sido construido por su gente a pulso, a golpe de hacha y chuzo, con chorros de sangre de su pueblo en la lucha por la igualdad y la justicia social. Nos gusta el orden, el cumplimiento y acatamiento de las leyes, el respeto al prójimo, la paz y tranquilidad, el silencio más que el bullicio… y detestamos el totalitarismo (del color que sea), el desorden y las incivilidades. Amamos nuestras tradiciones, nuestro folclor, nuestros patrimonios culturales y geográficos. Somos orgullosos de nuestra historia, del desarrollo sociocultural alcanzado y de nuestras luchas por la libertad, la democracia y la justicia social. En ello no transamos ni siquiera un milímetro.
A un país como el descrito llega usted, y será muy bienvenido si respeta lo ya mencionado. Pero, si por el contrario, le desagradan nuestras costumbres y nuestra idiosincrasia, entonces me permito recomendarle abstenerse de venir. De usted depende.

